Forzados a decir "Sí"

Capitulo 7

La primera mañana en el hogar compartido no trajo la paz. El olor a café recién hecho se mezclaba con una tensión eléctrica que parecía hacer vibrar las paredes de cristal.

Vanessa, vestida con una bata de seda impecable y el cabello perfectamente peinado, servía el desayuno para Maximilian, quien revisaba su iPad con el ceño fruncido.

El sonido de unas pantuflas de peluche arrastrándose rompió el silencio. Isabella apareció en la cocina luciendo más desastrosa que el día anterior: llevaba una camiseta de una banda de rock vieja con agujeros, unos pantalones de pijama de cuadros que no combinaban y el cabello enredado en un nudo sobre la cabeza.

—Buenos días, "familia" —soltó Isabella con voz ronca, ignorando la mirada de asco de Vanessa.

Se acercó a la cafetera, se sirvió una taza y se sentó frente a ellos, poniendo los pies sobre la silla de diseño.

—¿No te enseñaron modales en Londres o es que te vestiste a oscuras? —espetó Vanessa, apretando los labios.

Isabella le lanzó una mirada burlona sobre el borde de su taza.

—Es el estilo "estoy por heredar millones y no me importa lo que piense la novia de mi prometido". Deberías probarlo, Vane, aunque te falta el primer requisito.

Maximilian iba a intervenir, pero el pitido simultáneo de sus teléfonos detuvo el aire. Isabella y Max tomaron sus dispositivos al mismo tiempo. Al leer el contenido, el rostro de Max se puso pálido, mientras que Isabella soltó una carcajada seca.

—Vaya, parece que los viejos se han despertado con ganas de guerra —dijo Isabella, girando el teléfono para que vieran el mensaje del abuelo Williams.

—Es del abuelo Benedict —susurró Max—. Anuncian la gala oficial de la fusión para mañana por la noche. Es la presentación pública.

Vanessa se iluminó de inmediato, enderezando la espalda con orgullo.

—¡Es perfecto, Max! Tengo el vestido ideal, uno rojo que te dejará sin aliento. Quiero ir, Max. Esta es mi oportunidad para que tu familia me acepte de una vez por todas.

Maximilian miró a Vanessa con duda, pero antes de que pudiera responder, Isabella intervino con una sonrisa letal.

—Oh, cariño, creo que no leíste la letra pequeña del mensaje —Isabella se inclinó hacia adelante, clavando sus ojos en Maximilian—. El abuelo dice que es una gala de "unidad familiar". Eso significa: Maximilian e Isabella, del brazo, sonriendo como dos idiotas enamorados frente a toda la prensa del país.

Max suspiró, frotándose las sienes.

—Ella tiene razón, Vanessa. Los abuelos fueron claros. Si apareces allí, o si alguien nos ve juntos, se acaba todo.

Vanessa golpeó la mesa con la palma de la mano, perdiendo la compostura.

—¡No es justo! ¡Yo soy tu novia! ¡Esa loca se viste como una indigente y tú vas a llevarla a ella a la gala más importante del año! Max, yo quiero ir. No me puedes dejar encerrada en este apartamento como si fuera un secreto sucio.

Isabella se levantó, terminando su café de un trago y lanzando un guiño a un Maximilian que se sentía cada vez más acorralado.

—Tranquila, Vane. Si quieres, te presto mi ropa de hoy. Quizás así pases desapercibida entre el personal de limpieza.

Isabella se retiró hacia su habitación dejando tras de sí el eco de su risita, mientras Vanessa comenzaba a llorar de rabia, exigiendo a un Maximilian agotado que buscara la forma de incluirla en un evento donde su sola presencia significaba la ruina.

Isabella cerró la puerta de su habitación de un portazo, ahogando los gritos de Vanessa que aún se filtraban por el pasillo. Se desplomó en la cama, soltando un suspiro que le quemaba el pecho. No era alegría lo que sentía, era una adrenalina amarga.

Sacó el teléfono y marcó el número de su madre. Al tercer tono, la voz elegante y pausada de Victoria resonó al otro lado.

—Hola, mamá.

—Esa voz... —Victoria suspiró de inmediato—. Ya tú abuelo le advirtió a tu padre, Isabella. La gala de fusión es mañana. Supongo que por eso llamas.

—Necesito un arma, mamá. Pero una que se pueda usar en una alfombra roja —Isabella se puso de pie, caminando de un lado a otro—. Quiero el vestido que Lagerfeld diseñó para mí, el negro con la espalda descubierta hasta la base de la columna. El que parece pecado, pero tan caro que nadie se atreve a decir nada.

Hubo un silencio prolongado. Isabella podía imaginar a su madre frotándose las sienes en él salón.

—Cariño... ese vestido es para una mujer que quiere incendiar el mundo, no para una nieta que busca la aprobación de un abuelo tirano.

—No busco aprobación, mamá. Busco que todos vean lo hermosa y peligrosa que puedo ser. Quiero que Max no pueda quitarme los ojos de encima y que Vanessa se sienta tan pequeña que desaparezca.

—Isabella —la voz de Victoria se volvió suave, casi triste—, esa sed de venganza te va a terminar secando el alma. Estás usando tu belleza como un escudo y tu apellido como una espada.

Isabella se detuvo frente al espejo, observando su cabello enmarañado y sus ojos inyectados en rabia.

—Ellos empezaron esta guerra. Envíame el vestido. Por favor.

—Está bien —cedió Victoria con otro suspiro cargado de resignación—. Pero recuerda una cosa, hija: cuando el fuego se apaga, lo único que queda son cenizas. Ten cuidado de no quemarte tú también.

Isabella colgó sin responder. Se quedó mirando su reflejo, imaginándose ya envuelta en seda, lista para el espectáculo.




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