Forzados a decir "Sí"

Capitulo 8

El mundo exterior contemplaba la fusión Williams-Von Borja como un hito histórico, el nacimiento de un titán económico que devoraría el mercado. Sin embargo, tras las paredes de cristal del penthouse, la noticia no se sentía como un éxito, sino como una sentencia de muerte dictada en papel sellado.

Maximilian veía el contrato como el último peldaño hacia su propio trono y a la venganza contra Isabella por un pasado que no estaba claro. No era una cuestión de ceros en la cuenta bancaria, sino de supervivencia jerárquica. Mantener la farsa del compromiso durante seis meses era el precio de su libertad; fallar significaba ser despojado del apellido y del respeto de un abuelo que solo valoraba los resultados. Para él, Isabella no era una mujer, era el obstáculo más hermoso y peligroso entre él y su legado.

Para Isabella, en cambio, el acuerdo funcionaba como una armadura de doble filo. Aunque gritaba a los cuatro vientos que solo buscaba el dinero para huir, la realidad era más oscura: la fusión era el único puente que le permitía respirar el mismo aire que el hombre que la destrozó. Era su campo de batalla, la oportunidad de obligar a Max a presenciar, día tras día, la mujer letal en la que se había convertido para no volver a romperse.

En el rincón más inestable de este triángulo, Vanessa observaba el imperio con la ansiedad de quien sabe que no pertenece a la estirpe. Para ella, la fusión era una bóveda de oro cuya llave se le escapaba de las manos. Se sentía en una carrera frenética contra el reloj, intentando asegurar su lugar como reina antes de que el contrato matrimonial —y la inevitable cercanía de Isabella— terminara por arrastrar a Max de vuelta a un pasado que ella no podía borrar.

Mientras tanto, en sus mansiones separadas, los abuelos movían los hilos con la frialdad de quien juega al ajedrez. Sabían que el dinero era el único lenguaje que sus nietos aún hablaban con fluidez, así que lo usaron como carnada. No era solo una estrategia corporativa; era un experimento de fuego. Diseñaron una jaula de oro con la esperanza de que, bajo la presión asfixiante de la convivencia y el escrutinio de la prensa, el odio se consumiera hasta que solo quedara lo que alguna vez los unió.

En última instancia, aquel documento no era un acuerdo de negocios. Era un duelo de voluntades donde el tablero era la economía del país y las piezas eran sus propios corazones. El primer error de cualquiera de los dos no solo significaría la ruina financiera; sería la destrucción total de lo poco que les quedaba de humanidad.

🌞🌞🌞

La entrada del hotel Savoy estaba sitiada por una horda de fotógrafos y periodistas. Era la noche de la fusión, el evento que paralizaría el mundo de las finanzas. Dentro del salón, Maximilian vestía un esmoquin a medida que resaltaba su porte atlético, pero su rostro reflejaba una impaciencia irritable.

—¿Dónde está Isabella? —preguntó Alejandro Von Borja, acercándose a su hijo con una copa de champán—. La prensa está preguntando. Los abuelos ya están sentados y no están nada contentos con su ausencia.

—No lo sé, padre —respondió Max, mirando obsesivamente hacia la puerta—. Salió del apartamento hace horas sin decir una palabra. Probablemente venga con su disfraz de pordiosera solo para humillarme frente a todos.

En ese momento, un grupo de mujeres de la alta sociedad entró al salón. En medio de ellas, tratando de mimetizarse con la elegancia del lugar, estaba Vanessa. Llevaba un vestido rojo estridente, demasiado ajustado para el protocolo de la gala, y caminaba con una sonrisa tensa, fingiendo una conversación animada con "amigas" que apenas conocía.

Max la divisó y sintió que el aire se le escapaba. Habían acordado que ella se quedaría en casa, pero ahí estaba, desafiando a los abuelos y arriesgándolo todo. Vanessa le lanzó una mirada triunfal desde la distancia, como diciendo: "Aquí estoy, mírame".

De repente, el murmullo del salón se extinguió.

El jefe de protocolo anunció los nombres que todos esperaban. Los Williams. Las puertas dobles se abrieron de par en par y un silencio sepulcral, seguido de un suspiro colectivo, inundó la estancia.

Isabella Williams había llegado.

No había rastro de la colegiala rebelde, ni del chicle, ni del cabello desordenado.

Caminaba con una gracia aristocrática que parecía innata, envuelta en un vestido de seda líquida color negro que abrazaba sus curvas como una segunda piel. El escote en la espalda bajaba hasta el límite de la decencia, revelando una piel de porcelana impecable.

Su cabello estaba recogido en un moño escultural que dejaba al descubierto su cuello, adornado con una gargantilla de diamantes que reflejaba la luz de las lámparas de cristal. Cada paso que daba sobre sus tacones de diseñador de doce centímetros resonaba con autoridad.

Maximilian se quedó petrificado. La copa de cristal estuvo a punto de resbalar de sus dedos. Sus ojos recorrieron a la mujer que tenía delante: los labios pintados de un rojo carmesí letal, la mirada fría y segura, y ese aura de poder que eclipsaba a cualquier otra persona en el salón.

—Dios mío... —susurró Alejandro, impresionado—. No cabe duda que Isabella es hermosa, hijo.

Isabella avanzó por la alfombra roja, ignorando los flashes que estallaban a su alrededor. Se detuvo frente a Maximilian, quien seguía boquiabierto, incapaz de articular palabra. Ella lo miró de arriba abajo con una mezcla de soberbia y diversión.

—Cierra la boca, Maximilian —le susurró Isabella, lo suficientemente cerca para que él sintiera el aroma de su perfume francés, el mismo que lo volvía loco años atrás—. No querrás que la prensa piense que nunca has visto a una mujer de verdad.

Max tragó saliva, sintiendo un calor violento subirle por el cuello. La atracción eléctrica que había intentado enterrar bajo capas de odio regresó con la fuerza de un tsunami.

—¿A qué juegas, Isabella? —logró preguntar con la voz ronca.




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