La gala se convirtió en un campo de batalla de miradas y tensiones subterráneas. Isabella se movía por el salón con la fluidez del mercurio, dejando a su paso una estela de hombres hipnotizados. Maximilian, obligado a mantener su brazo unido al de ella, sentía cómo la sangre le hervía cada vez que un heredero o un magnate se acercaba para besar la mano de su prometida.
—Estás atrayendo demasiada atención —le siseó Max al oído, apretando el agarre sobre su brazo.
—¿Te molesta, querido? Pensé que querías que todos creyeran que somos la pareja perfecta. Un hombre afortunado debería estar orgulloso —replicó Isabella, regalándole una sonrisa falsa a un fotógrafo.
En un rincón del salón, Vanessa intentaba avanzar hacia ellos, pero dos hombres de seguridad, vestidos de traje negro y con la insignia de los Von Borja, le cortaron el paso con una frialdad militar.
—Por favor, déjenme pasar. Soy la invitada personal del señor Maximilian —exigió Vanessa, alzando la voz.
—Señorita, no está en la lista de protocolo cerca de los herederos. Manténgase en la zona general —respondió uno de los guardias, con un tono que no admitía réplicas.
Vanessa veía con desesperación cómo su "novio" estaba siendo arrastrado por el torbellino de Isabella. Pero lo peor estaba por venir.
De pronto, un estruendo de risas y voces animadas llegó desde la entrada. Tres hombres jóvenes, impecablemente vestidos y con ese aire de despreocupación que solo da el dinero viejo de Europa, caminaron directamente hacia Isabella.
—¡Bella! Ma chérie! ¡No puedo creer que nos hayas ocultado que estabas aquí! —exclamó un rubio de ojos verdes, un conde italiano conocido por ser uno de los solteros más codiciados de Londres.
Sin pedir permiso, el hombre rodeó la cintura de Isabella y la levantó en un abrazo efusivo, plantándole dos besos sonoros en las mejillas. Los otros dos se unieron al recibimiento, rodeándola, riendo y hablándole en francés sobre fiestas pasadas y planes futuros.
Maximilian sintió un golpe de furia ciega. El espacio personal de Isabella estaba siendo invadido por tipos que la miraban con un hambre que él conocía demasiado bien.
—Suéltala —dijo Max, su voz sonando como un gruñido bajo.
—¡Oh! Debes ser el prometido —dijo el italiano, soltando a Isabella pero manteniendo una mano apoyada de forma posesiva en su hombro—. Maximilian, ¿cierto? Tienes mucha suerte. Isabella fue la reina de Londres. Casi tuvimos que declarar luto nacional cuando decidió volver.
—Isabella está conmigo ahora —sentenció Max, dando un paso al frente y apartando la mano del hombre del hombro de su mujer—. Y estamos en medio de un evento oficial.
Isabella soltó una carcajada cristalina, disfrutando de cada segundo de la tortura de Maximilian.
—No seas tan rudo, Max. Son solo amigos. Aunque admito que los extrañaba mucho más de lo que imaginaba —dijo ella, acariciando el brazo del italiano con una coquetería calculada.
Vanessa, viendo que Max ni siquiera la miraba y que estaba completamente absorbido por los celos, perdió los papeles. Logró escabullirse por un lateral y llegó hasta el círculo, gritando para llamar la atención.
—¡Max! ¡Diles que me dejen pasar!
El silencio cayó sobre el grupo. Los invitados empezaron a susurrar, viendo a la mujer del vestido rojo hacer una escena en medio de la gala más prestigiosa del año. Los abuelos, desde la mesa presidencial, observaban la escena con ojos de halcón.
Maximilian miró a Vanessa y luego a Isabella, quien lo observaba con una ceja levantada y una sonrisa de absoluta superioridad.
—Tu novia está dando un espectáculo, Maxie —susurró Isabella—. ¿Vas a controlarla tú o dejo que mis amigos le enseñen cómo se comporta una dama en estos eventos?
Max se sintió acorralado entre el deseo de proteger a Vanessa y la rabia de ver a Isabella siendo cortejada por otros. El desastre era inminente.
Maximilian sintió que el aire del salón se volvía irrespirable. La risa de los amigos de Isabella y la mirada desafiante de ella eran dagas para su orgullo. No podía permitir que ella viera cuánto le afectaba ese despliegue de libertad.
Se inclinó hacia el oído de Isabella, lo suficiente para que el calor de su aliento la hiciera tensarse, aunque ella fingiera indiferencia.
—Disfruta de tus "amigos", Isabella —le susurró con una voz cargada de un hielo fingido—. Haz lo que quieras, bésalos a todos si te place. A mí me da exactamente igual. Al final del día, esto es solo un contrato y tú no eres más que un nombre en un papel para mí.
Isabella no pestañeó, pero el brillo en sus ojos se endureció. Max se apartó de ella con una frialdad ensayada y caminó hacia la barra, pasando cerca de Vanessa. Sin detenerse, le hizo una señal casi imperceptible con la cabeza hacia el pasillo que conducía a las terrazas traseras, un lugar alejado del escrutinio de los abuelos y la prensa.
Vanessa, con el corazón latiéndole con fuerza y el vestido rojo balanceándose con urgencia, lo siguió.
Minutos después, se encontraron en un rincón oscuro de la terraza, donde el ruido de la orquesta llegaba apenas como un eco lejano. En cuanto Vanessa cerró la puerta tras de sí, Max se giró hacia ella. Su rostro ya no mostraba indiferencia, sino una furia contenida.
—¿En qué estabas pensando, Vanessa? —le reclamó, su voz baja pero cortante como una cuchilla—. Te dije que te quedaras en casa. Te dije que los abuelos tienen ojos en todas partes.
—¡Me dejaste sola, Max! —exclamó ella, tratando de acercarse para rodearle el cuello, pero él se mantuvo rígido—. Me dejaste en ese apartamento mientras tú te lucías con ella. ¿Viste cómo iba vestida? ¡Parecía una modelo! Estaba restregándome en la cara que ella es la heredera y yo nada. ¡No pude aguantarlo!
—¡Hiciste un espectáculo! —la interrumpió él, señalando hacia el salón—. Te pusiste a gritar frente a la seguridad. Si mi abuelo decide que eres una distracción para la imagen de la empresa, no me va a dejar otra opción que sacarte de la ciudad. ¿Eso es lo que quieres?