Forzados a decir "Sí"

Capitulo 11

La noche anterior aún resonaba en la cabeza de maximilian. Podía sentir los dedos de Isabella presionando su cuello, ese aliento cálido cerca de su oreja y, sobre todo, el recuerdo de sus labios a punto de tocar los suyos.

Creía que todo había sido planeado. Una trampa perfecta, una provocación en toda regla. La verdad era que su cuerpo no reaccionaba a esas tácticas. Reaccionaba a ella.

—Maldita sea—masculló, enterrando la cara en la almohada.

El aroma de Isabella persistía en el aire, o quizás solo en su mente. Hacía mucho que no sentía ese vacío en el estómago, esa mezcla extraña de deseo y derrota. La odiaba por lo que él creía que ella le había hecho, por esa ambición que creía ver en sus ojos, por esa mirada fría que le dedicaba ahora. Tenerla cerca lo dejaba sin defensas. Lo que sintió en la pista no fue la satisfacción de haber cerrado un trato, sino el anhelo de un hombre que reconoce el lugar al que pertenece y se da cuenta de que no puede entrar.

Se levantó despacio, se sentó en la cama con el pelo revuelto y la mirada clavada en la pared. Recordó el momento en que ella se alejó al acabar la canción. Esa fachada que Isabella siempre mostraba era lo que más le dolía, ese muro que le decía que no tenía acceso a la persona que se escondía detrás.

Oyó unos pasos acercándose a la puerta y apretó los puños. Era Vanessa. Conocía sus pasos, pero en ese momento, solo pensar en verla, en escuchar sus lamentos, en oler su perfume, lo sacaba de sus casillas.

Maximilian se levantó rápido, decidido a plantarle cara al día. Sabía que por más que se arreglara y saliera de esa habitación, una parte de él se quedaría atrapada en ese casi beso.

—Buenos días, mi amor —la voz de Vanessa, suave y cargada de una intención obvia, rompió el silencio. Se acercó a él envuelta en una bata de seda, intentando rodearle el cuello con los brazos—. Te noté tenso anoche. ¿Quieres que te ayude a relajarte?

Max se apartó antes de que ella pudiera cerrar el contacto. Su cuerpo rechazaba su cercanía como si fuera un instinto de supervivencia.

—Tengo una reunión importante con mi padre. No tengo tiempo para esto, Vanessa —dijo él, dándole la espalda para servirse un café cargado.

Mientras lo hacía observó una nota en el refrigerador.

"PUEDEN ESTAR TRANQUILOS, SALÍ CON MIS AMIGOS Y VUELVO TARDE. I.W"

Arrugó el papel y lo lanzó a la basura con un gesto de rabia de celos e impotencia.

—¿No tienes tiempo para mí? —el tono de Vanessa se elevó, perdiendo la dulzura—. Maximilian, desde que Isabella regresó, ni siquiera me has tocado. Ni un beso, ni una mirada. ¡Parece que yo no existiera!

Max dejó la taza sobre la encimera con un golpe seco. Se giró, y la frialdad en sus ojos la hizo retroceder un paso.

—¿Y de quién es la culpa? —espetó él—. Yo quería rechazar este acuerdo. Quería mandar a mi abuelo y su herencia al demonio con tal de no verla. Fuiste tú la que insistió en que aceptara, la que dijo que podíamos manejarlo. Así que ahora quédate quieta y no me molestes. Tú elegiste este juego, ahora aguanta.

Sin esperar respuesta, tomó su chaqueta y salió del apartamento, dejando la puerta vibrando tras de sí. Vanessa se quedó de pie en medio de la cocina, con las manos temblando de rabia. La seguridad que sentía se estaba desmoronando; si Max descubría que el fuego por Isabella nunca se había apagado, su castillo de naipes caería sobre ella.

—Maldita Isabella. Estás jugando con nosotros.

El club de golf era un mar de verde impecable bajo el cielo azul. Isabella reía, una risa que por primera vez era genuina. Estaba rodeada de su familia, la familia de Max y los amigos más allegados, pero era Lorenzo quien acaparaba su atención.

—No, no, Isa. El agarre es más suave —dijo el italiano, posicionándose detrás de ella.

Lorenzo colocó sus manos sobre las de Isabella, guiando el movimiento del palo de golf. Los abuelos, sentados en la terraza con sus whiskys, intercambiaron una mirada de complicidad. Maximilian había sido citado en ese lugar su padre y sabían perfectamente que la demora de Maximilian solo haría que la mecha fuera más corta.

—¡Así! —exclamó Isabella cuando la bola voló por el aire—. ¡Lorenzo, eres un maestro!

—Soy un hombre de muchos talentos, cara —susurró él, bajando la voz lo justo para que ella sonriera.

—Espero que el talento de respetar a las mujeres comprometidas esté entre ellos.

La voz de Maximilian cortó el aire como un látigo. Había llegado caminando a zancadas por el césped, con el traje desajustado y una expresión que prometía violencia.
Los amigos de Isabella guardaron silencio de inmediato ocultando una risa.

—Maxie —dijo Isabella, sin soltar el palo de golf ni apartarse de Lorenzo—. Pensé que estarías ocupado en el apartamento...

—Suéltala. Ahora —ordenó Max, ignorándola.

—Solo estamos practicando, amigo. No hay necesidad de...

—No soy tu amigo —lo cortó Max, poniéndose a centímetros de su cara—. Y ella, te guste o no, llevará mi apellido. Ten un poco de respeto por el lugar donde estás y por la familia que te está mirando.

Isabella soltó el palo, que cayó sobre el césped con un sonido sordo. Se plantó frente a Maximilian, obligándolo a mirarla a ella y no a Lorenzo.

—¿Respeto? ¿Tú me hablas de respeto? —preguntó ella con una calma que daba miedo—. No tienes derecho a decirme con quién hablo o quién me enseña a jugar.

—Tengo todo el derecho mientras sea mi prometida ante el mundo —rugió él, tomándola del brazo—. ¡Estás haciendo el ridículo frente a nuestros abuelos!

—¡El único que hace el ridículo aquí eres tú con tus celos de adolescente! —le gritó ella, zafándose del agarre—. No soportas que alguien más me mire porque sabes que ya no tienes poder sobre mí.

—¡Tengo más poder del que crees! —le devolvió él, con el rostro rojo de furia.

La discusión escaló tanto que los socios del club empezaron a girar las cabezas. Isabella, con el pecho agitado y los ojos llenos de una mezcla de odio y deseo, se dio la vuelta.




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