Forzados a decir "Sí"

Capitulo 12

El problemón en el club de golf se regó entre la gente importante. Los viejos, en vez de armar un escándalo, se relamían con el chisme como si fuera un vino carísimo. Para ellos, el odio era puro amor que salió mal, y el berrinche de Maximilian solo confirmaba que su plan iba viento en popa.

—Tenemos que tapar el sol con un dedo —dijo el abuelo de Max esa noche —. O mejor dicho, montar un buen show. Si la gente cree que se odian a muerte, les vamos a empalagar con miel.

La jugada maestra de los abuelos fue una sesión de fotos exclusiva para la revista más famosa del país. No era una sugerencia, sino una orden que Isabella y maximilian debían aceptar. El anuncio oficial de la boda vendría con fotos que gritaran amor y estabilidad por todos lados.

El día de las fotos, el lugar parecía un hormiguero lleno de estilistas y fotógrafos corriendo de aquí para allá. Isabella salió de su cuarto convertida en un sueño de seda verde esmeralda. El vestido le quedaba pintado, como una segunda piel, dejando ver su espalda y haciendo resaltar su cuello blanco. Caminaba con una seguridad increíble, sabiendo el impacto que causaba.

Vanessa, que insistió en ir y maximilian la llevó con la excusa de que era el trato solo para hacer malestar a Isabella. Observaba todo desde arriba. Tenía los nudillos blancos de tanto apretar el barandal. Ver a Isabella no era ver a una rival, sino un espejo de todo lo que ella nunca tendría: esa clase que no se compra con el dinero.

Cuando Maximilian entró al salón, todavía acomodándose las mancuernillas de la camisa, se quedó helado. Se le fue el aire. Isabella estaba de espaldas, hablando con alguien, y el movimiento de sus hombros y su cabello lo dejaron temblando. Sus ojos se oscurecieron, y por un segundo, el enojo desapareció, reemplazado por un deseo tan fuerte que lo asustó.

—Vaya —murmuró Vanessa, bajando las escaleras corriendo para alcanzarlo—. Estás tenso, cariño. ¿Quieres que te traiga algo?

Max ni la volteó a ver. Sus ojos seguían clavados en Isabella.

—No —respondió con voz ronca—. Quédate al margen, Vanessa. Te traje solo porque mi abuelo no viene.

Vanessa asistió con una sonrisa forzada. Pero dentro de ella solo había odio.

El fotógrafo, que tenía un ojo para el drama, los puso frente a una chimenea enorme de mármol.

—¡Felicidad, por favor! —gritó—. Quiero que todos los envidien. Maximilian, mano a la cintura. Isabella, míralo a él.

Se acercaron, y la tensión se podía cortar con un cuchillo. Apenas la mano de Max tocó la piel de su espalda, Isabella se tensó. Evitó mirarlo a toda costa, fijándose en el nudo de su corbata. El recuerdo del casi beso en la fiesta, la sensación de su aliento en los labios antes de que se pelearan, la golpeó como un golpe de calor.

—Mírame, Isabella —susurró Max, con un tono que no era una pregunta.

Ella levantó la barbilla, ignorándolo, regalándole a la cámara una sonrisa falsa y perfecta. Estaba tiesa, como una tabla.

—¿Te doy asco o solo tienes miedo de lo que vas a ver si me miras? —le soltó en un susurro que solo ella escuchó.

—Solo quiero que termine este circo, Maximilian —respondió ella entre dientes, manteniendo la sonrisa—. No te creas tan importante.

Molesto por su indiferencia, Max la jaló de la cintura con fuerza, pegándola a su cuerpo hasta que no quedó espacio. Escondió su cara en su cuello, fingiendo un abrazo para la foto, pero sus palabras fueron veneno:

—Te tiemblan las manos, Isa. ¿Te pone así tenerme tan cerca?

Isabella sintió el corazón latiéndole a mil por hora. Respiró hondo, relajó los hombros y lo miró con una altivez que lo desconcertó.

—No tiemblo por ti, Max. Tiemblo de ganas de que esto termine y puedas volver con tu novia. Solo estoy siendo buena con ella, para que no sufra tanto cuando vea que, aunque me odies, no puedes evitar tocarme.

El golpe fue directo al hígado. Max sintió el ardor de sus palabras. La soltó de golpe, haciéndola tambalearse, y salió del set sin decir nada, ignorando los gritos del fotógrafo que pedía una última foto.

—¡Ya está! —gritó Max mientras cruzaba el pasillo.

Pero el fotógrafo sonreía viendo la pantalla. Justo antes del desastre, había capturado la foto ideal: los dos pegados, las miradas llenas de un fuego inexplicable y una tensión que cualquiera juraría que era amor puro.

Vanessa corrió tras él hasta la entrada.

—¡Max! ¿A dónde vas? ¿Por qué estás así? Esa mujer te está volviendo loco, ¿no lo ves? ¡Solo quiere provocarte!

—¡Ya basta, Vanessa! —Max se volteó, con los ojos rojos—. No me preguntes nada. No me hables. No me sigas.

Salió de la casa, se subió a su coche y manejó sin rumbo hasta llegar al club de siempre. Ahí, en la oscuridad de la barra, encontró a su mejor amigo.

—Traes cara de haber visto un fantasma o de haber hecho algo malo —dijo, dándole un vaso de whisky solo.

—Es ella —confesó Max, escondiendo la cara entre sus manos—. No puedo estar en el mismo lugar sin querer romper algo... o sin querer besarla. Mi corazón se aloca. No es normal. Siento que me va a dar un infarto cada vez que me sonríe con esa arrogancia.

Héctor lo miró en silencio un rato, moviendo el hielo de su vaso.

—Max, hermano, deja de mentirte —dijo con calma—. Vanessa es solo un parche. Te la pusiste para no sentir tanto cuando Isabella se fue. Pero el vacío sigue ahí. Acepta de una vez: a la que quieres, con todo y sus problemas, es a ella.

Max se levantó de golpe, tirando casi todo el trago.

—No la quiero —dijo con un sabor amargo—. La odio por lo que hizo. La odio por irse y la odio por volver como si nada. No confundas el deseo con el perdón, porque yo no perdono.

Salió del club bajo la lluvia, con el enojo quemándole el pecho. Quería creer sus mentiras, pero mientras manejaba de regreso, la imagen de Isabella con ese vestido verde seguía en su cabeza recordándole que, por más que huyera, su corazón siempre le pertenecería a ella.




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