Forzados a decir "Sí"

Capitulo 13

La noticia del compromiso era el tema principal en la ciudad desde muy temprano. Los periódicos habían corrido para sacar la historia: ¡El Compromiso del Siglo!. Fotos de la sesión inundaban las pantallas de la ciudad, las portadas de las revistas de chismes y, sobre todo, las redes sociales, donde el hashtag con sus nombres era lo más comentado del mundo.

La foto principal era súper ambigua. Max abrazaba a Isabella por la cintura de una forma que, para quien no supiera, parecía puro amor. Ella, con la cabeza un poco inclinada y el cuello al descubierto, se veía vulnerable, aunque sus ojos mostraban todo lo contrario. Para el público, eran almas gemelas; en realidad, era la imagen de una tensa calma que estaba a punto de explotar.

En la habitación de Vanessa, solo se escuchaba el sonido principal del papel arrugado. Vanessa apretaba la revista con tanta fuerza que había roto la foto de Isabella en la portada. No podía creer lo que veía. Había estado ahí, había notado la tensión entre ellos, pero la cámara había captado algo más profundo que ella no podía controlar.

—No puede ser —dijo en voz baja, con rabia—. Se miran como dos malditos enamorados.

El miedo que sentía se transformó en una idea fija muy oscura. Vanessa sabía que su lugar dependía del rencor de Max. Si él perdonaba a Isabella, o si admitía que aún sentía algo por ella, su vida de lujos se acabaría.

—La seguirás odiando, Max —prometió en voz alta, mientras hacía una bola con la revista—. Me aseguraré de que cada vez que la veas, solo recuerdes lo que te hizo. Voy a envenenar todo para que no veas a la mujer, solo al monstruo que te rompió el corazón.

Vanessa no se iba a dar por vencida. Si su amor era una llama, ella la apagaría con las mentiras que había estado sembrando.

En el jardín de la mansión Williams, las madres de los dos implicados en un compromiso forzado, caminaban entre las flores, preocupadas.

—Esto es peligroso, Victoria —dijo la madre de Max, cruzada de brazos—. Mi hijo no está feliz; está al límite. Estas fotos solo empeorarán las cosas.

—Lo sé —dijo la madre de Isabella—. Mi hija regresó con una coraza, pero sigue siendo la misma niña que sufrió cuando todo se arruinó. Obligarlos solo hará que se hagan daño. Terminarán odiándose por culpa de este compromiso.

Se detuvieron frente a un rosal. Sabían que sus opiniones no importaban frente a la decisión de los patriarcas. Para los hombres que controlaban esas familias, los sentimientos no importaban; solo querían el resultado final.

—No hay forma de convencerlos —añadió la madre de Isabella—. Para ellos, lo único importante es que ambos sepan el verdadero motivo por el cual se separaron.

***

El comedor en el penthouse estaba en total silencio. El único sonido es era 2026-01-22de los cubiertos y las copas de vino.

—Max, mi vida, casi no has probado bocado. Mira este filete, está en el punto exacto que te gusta —dijo Vanessa, con una voz que pretendía ser dulce pero que resonaba con una intención afilada.

Se inclinó hacia él, dejando que su perfume inundara el espacio personal de Max. Con una mano, acarició su hombro y bajó lentamente por su brazo, una caricia posesiva diseñada para marcar territorio. Max, sin embargo, tenía la mirada clavada en el extremo opuesto de la mesa.

Isabella sostenía su copa de vino con una elegancia que parecía tallada en hielo. No miraba a la pareja; observaba el color del líquido como si fuera lo más interesante del mundo. Por dentro, sentía una opresión en el pecho, un peso físico que le dificultaba pasar el aire, pero no permitió que sus manos temblaran ni que un solo músculo de su rostro la traicionara.

—Está delicioso, Vanessa. Gracias —respondió Max, aunque sus palabras sonaban mecánicas. Su atención seguía fija en Isabella—. ¿Nada que decir, Isabella? Pareces muy concentrada.

Ella levantó la mirada lentamente. Sus ojos, profundos y gélidos, chocaron con los de él. Tomó un sorbo pausado, dejando que el silencio se alargara hasta volverse incómodo.

—Es un buen vino, Max. Deberías probarlo, tal vez te ayude a despertar —respondió ella con una calma absoluta.

La indiferencia de Isabella actuó como una chispa en un barril de pólvora. Max sintió que la rabia le subía por el cuello. No buscaba paz; buscaba una reacción, un grito, una lágrima... cualquier cosa que le confirmara que ella aún sentía algo, aunque fuera odio. Al no encontrar nada, la frustración lo superó.

Se levantó de golpe, haciendo que su silla chirriara violentamente contra el suelo de mármol.

—Se me quitó el apetito. Tengo cosas que hacer —soltó con la voz ronca.

—¡Max! Pero si íbamos a salir de compras después —exclamó Vanessa, estirando la mano para detenerlo, pero él ya caminaba hacia la salida sin dedicarle ni una mirada.

El gimnasio era un refugio de concreto y sombras. Max no se había molestado en ponerse los guantes; solo se había vendado las manos con furia. Cada golpe contra el saco de boxeo retumbaba en el recinto vacío, un eco sordo que acompañaba su respiración agitada.

—Vas a terminar rompiéndote las manos, no solo el saco —dijo Héctor, apoyado contra una columna, observando el frenesí de su amigo.

Max no se detuvo. Sus nudillos ya empezaban a arder a través de la tela.

—No es asunto tuyo, Héctor.

—Te vi en las fotos del periódico —continuó Héctor, ignorando su mal humor—. Te ves muy convincente. O eres el mejor actor del mundo, o ese abrazo en la sesión de fotos no fue tan forzado como quieres creer.

Max se detuvo en seco, apoyando la frente contra el saco frío y sudoroso.

—Es una cínica. Está ahí sentada, viendo cómo Vanessa me toca, y no dice nada. Solo toma su maldito vino como si yo fuera un extraño. Es una interesada, Héctor. Solo volvió por el dinero y por lo que mi apellido puede hacer por su familia.

Héctor suspiró y se acercó un poco más.

—Si hablamos de interés, Max, deberías mirar hacia otro lado. Para mí, la que está jugando sus cartas con el bolsillo en la mano es Vanessa. Isabella siempre fue distinta, tú lo sabes mejor que nadie.




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