Forzados a decir "Sí"

Capitulo 14

Los días siguientes fueron una tregua de hielo. Maximilian se hundió en los balances. hasta la madrugada, usando el trabajo como un escudo para no enfrentar el vacío que sentía cada vez que la veía. Por su parte, Isabella retomó los hilos de sus negocios en Londres con una ferocidad renovada. En el penthouse, la convivencia se reducía a sombras que se evitaban; él se refugiaba en el whisky y el silencio, ella en la elegancia de su indiferencia.

Sin embargo, el calendario no perdonaba. La gala anual de la Confederación Empresarial era la cita obligatoria para los linajes más poderosos del país.

La preparación para el evento no era un ritual de belleza, sino el armamento de dos ejércitos antes de la batalla.

Vanessa entró en el vestidor de Maximilian mientras él terminaba de anudarse la corbata frente al espejo. Sus pasos eran cortos, vacilantes, buscando una apertura en ese muro de frialdad que Max había levantado.

—Max, amor… he estado pensando. He visto que hoy es la gala de la Confederación. Me gustaría ir contigo —soltó ella, forzando una sonrisa esperanzada—. Muchas de mis amigas estarán allí y me vendría bien socializar, sentir que soy parte de tu mundo oficialmente.

Maximilian ni siquiera se giró. Sus ojos, reflejados en el cristal, eran dos piedras oscuras.

—No es posible, Vanessa. Ya te lo dije —respondió con voz cortante—. Es un evento de protocolo estricto. Mi abuelo y mis padres estarán allí, y sabes perfectamente que no van a aceptar tu presencia en la mesa principal. No voy a crear un escándalo innecesario.

—Pero soy tu pareja, Max. No entiendo por qué tengo que esconderme como si fuera un secreto sucio, no te estoy pidiendo que me presentes como, tu novia como lo que soy. Solo quiero ir...

—No es el momento —la cortó él, su paciencia pendiendo de un hilo.

—Si el problema es la invitación, yo misma puedo darte una, Vanessa.

La voz de Isabella llegó desde el umbral de la puerta. Estaba apoyada contra el marco, ya vestida con un albornoz de seda negra, observándolos con una mezcla de aburrimiento y superioridad que sacó a Max de sus casillas.

—¿Qué dices? —rugió él, girándose por fin.

—Tengo pases adicionales por mi empresa en Londres. Si Vanessa tanto desea ir a "encontrar amigas", no veo el inconveniente —dijo Isabella, cruzándose de brazos—. Después de todo, es tu novia, ¿no? Sería cruel dejarla aquí encerrada.

Maximilian caminó hacia ella, invadiendo su espacio personal hasta que sus rostros quedaron a centímetros. La furia le hacía vibrar la mandíbula.

—¿A qué estás jugando, Isabella? ¿Qué demonios estás buscando con esto? —le siseó, ignorando por completo a una Vanessa que ahora se sentía pequeña entre los dos.

—No busco nada, Maximilian. Simplemente soy empática con ella —respondió Isabella, sosteniéndole la mirada sin parpadear, aunque por dentro celebra verlos desencajados—. Me pongo en su lugar. Debe ser horrible estar en una casa donde nadie la quiere, esperando las sobras de tu atención. Solo intento que no se sienta tan mal.

—¡Mientes! —Max golpeó la pared junto a ella con la palma de la mano—. Lo haces para provocarnos.

—Cree lo que quieras. La invitación está sobre la consola de la entrada. Si tiene el valor de aparecer en un lugar donde no es bienvenida, es su decisión.

Isabella se dio la vuelta y entró en su habitación, cerrando la puerta con un clic. Max se quedó allí, respirando con dificultad, sintiendo que Isabella le estaba ganando una guerra que él ni siquiera sabía cómo pelear.

Vanessa intentó tocarle el brazo, pero él la apartó con un gesto brusco.

—No vas a ir, Vanessa. Es una orden.

✨✨

—Arregla esa cara —susurró Isabella mientras bajaban de la limusina—. Los fotógrafos buscan una portada extraordinaria.

—No me jodas, Isabella —masculló Max, ofreciéndole el brazo.

Al contacto de su piel con la tela de su traje, una corriente eléctrica los sacudió, una que ambos se apresuraron a ignorar. Para el mundo, eran la pareja perfecta; para ellos, cada paso era una tortura.

Cuando la orquesta comenzó un vals lento, los patriarcas de ambas familias hicieron la señal. El abuelo de Max, con una sonrisa gélida, los empujó a la pista. Negarse era imposible.

En cuanto Max la tomó por la cintura, el contacto físico derribó las murallas que habían construido durante días. La cercanía era una tortura. El perfume de Isabella, esa mezcla de jazmín y algo metálico, lo golpeó con la fuerza de un recuerdo que no quería tener.

—Caminas demasiado rápido —siseó ella, manteniendo una sonrisa impecable para los invitados—. Siempre queriendo tener el control de todo, incluso de mis pasos.

—Y tú siempre tan rígida, Isabella. Como si tocarme fuera a contaminarte —respondió él, apretándola contra su cuerpo con una brusquedad que delataba su falta de aire—. ¿O es que tienes miedo de que alguien note que todavía tiemblas cuando estoy cerca?

—No es miedo, es asco, Maximilian. Asco de que creas que puedes comprar mi presencia y esperar que te sonría fuera de las cámaras.

—Te vigilo porque sé de lo que eres capaz. Te fuiste una vez sin mirar atrás, destrozando todo lo que construimos. ¿Qué te impide hacerlo ahora?

Isabella sintió que la garganta se le cerraba. El dolor de la traición que ella sentía —la que él creía haber cometido y la que ella le adjudicaba a él— burbujeaba como ácido.

—¡Yo no destrocé nada! —el susurro de Isabella fue un látigo—. Me fui para sobrevivir a tí. Y ahora vuelves con tus celos absurdos mientras tienes a Vanessa instalada en nuestra casa como un trofeo de consuelo. Es patético.

—Vanessa estuvo ahí cuando tú me dejaste vacío. Al menos ella no finge ser un bloque de hielo.

—Ella quiere tu apellido y tú eres demasiado cobarde para admitir que me odias tanto porque todavía me amas. Te mueres de rabia porque no puedes borrarme de tu piel, aunque lo intentes con mil mujeres como ella.




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