Cinco meses después, todo parecía distinto y, al mismo tiempo, peligrosamente natural.
Como si el caos que nos rodeó al principio solo hubiera sido el prólogo irritante antes de que empezara la parte buena del libro.
Cassian y yo nos habíamos vuelto expertos en hacer malabares entre servicios, agendas y vida.
Hubo noches de bar con luces bajas y jazz en vivo, donde él se reía de mi gusto por los tragos dulces y yo lo acusaba de tener un affair con el whisky ahumado.
Hubo tardes de cine, sentados en la última fila, en las que terminábamos comentando la fotografía, los diálogos y lo mal escrito que estaba cierto personaje, mientras el resto del público solo se preocupaba por las explosiones.
Hubo intentos desastrosos de patinar —porque Matt convenció a todo el grupo de que “era divertido”— y terminé con la rodilla vendada otra vez, mientras Cassian juraba solemnemente que el hielo era su enemigo natural y no pensaba traicionarse cocinando con él ni bajo amenaza.
Hubo escapadas a la playa un lunes cualquiera, donde el mar nos llegaba a la cintura y él se colocaba detrás de mí, manos en mi cintura, solo para “asegurar que la corriente no te lleve… aunque si te lleva, voy detrás”.
Y, poco a poco, la idea loca empezó a volverse sensación lógica:
éramos hilo rojo el uno del otro.
No porque todo fuera perfecto, sino porque, incluso en lo imperfecto, había un ajuste que encajaba demasiado bien.
Yo era fuego directo, terco.
Él era fuego controlado, preciso.
Entre los dos, no nos apagábamos: nos dábamos temperatura.
Las familias… ayudaron a probarlo.
La primera vez que mi familia y la de Cassian se juntaron en serio fue un sábado que todavía estoy convencida de que los astros escogieron a propósito para probar el aguante acústico del universo.
Vivienne insistió en que tenía que ser en casa de mi tío Raúl, “porque la mesa grande fue hecha para esto”.
Mi padre se encargó de la parrilla.
Lavinia, se coló y llegó con una libreta mental de preguntas y críticas.
Del lado Dumont:
Claire, impecable, con una ensalada que parecía recién salida de una revista francesa.
Matt, con dos botellas de vino y una sonrisa de “esto va a ser un espectáculo”.
Cuando Cassian y yo llegamos, la casa ya vibraba.
—¡Mi niña! —gritó mi madre apenas cruzamos la puerta—.Y mi yerno favorito, pasen adelante.
—Mamá —murmuré, dándole un codazo suave.
—¿Qué? —se hizo la inocente—. Los astros hablan claro. Yo solo traduzco.
Claire se acercó a saludar con educación cálida.
—Gracias por invitarnos —dijo—. La casa se siente… viva.
—Eso es una forma elegante de decir “ruidosa” —comentó mi prima desde la cocina.
—Lo ruidoso no me molesta —respondió Claire—. Me tranquiliza más el ruido honesto que el silencio que esconde cosas.
Lavinia apareció en ese momento, con ese radar que Dios le dio para detectar escenas interesantes.
—Así que usted es la madre de Cassian —dijo, evaluándola de arriba abajo—.Yo soy Lavinia, la tía de Elodie.La que dice las cosas como son, para que nadie se confunda.
—Encantada —dijo Claire, sin inmutarse—.Yo soy la que las piensa antes de decirlas, pero al final igual las digo.
Se midieron un segundo en silencio.
Yo estuve a dos segundos de levantar un cartel que dijera “round uno”.
Matt, con una bandeja en las manos, se inclinó hacia mí.
—Si esto fuera un programa, yo lo vería —susurró—.“Madres alfa: batalla final”.
—Cállate —respondí, tratando de no reír.
La comida fue una coreografía ruidosa: voces cruzadas, platos pasando de mano en mano, alguien riendo siempre, alguien interrumpiendo a alguien con otra anécdota más escandalosa.
Mi padre, que suele ser más observador que hablador, se entendió sorprendentemente bien con Claire.
Discutieron cortes de carne, vinos, y terminaron compartiendo historias de cómo es criar hijos que creen que el mundo es su proyecto personal.
—El problema con estos dos —dijo mi padre, señalándonos a Cassian y a mí con el tenedor— es que no saben hacer las cosas a medias. O las hacen al cien… o no las hacen.
—Ahí salieron a mí —admitió Claire—.La parte obstinada no la niego.
Mi madre levantó su copa.
—Eso se llama armonía —anunció—.Cuando dos familias se reconocen en los defectos que comparten.
Lavinia, por supuesto, tenía una opinión.
—A mí lo que me preocupa —dijo— es que cuando dos cabezas duras se juntan, alguien tiene que saber cuándo frenar.
—Para eso está el amor —respondió Vivienne, con calma peligrosa—.El verdadero, no el de novela corta.
Cassian apretó mi muslo por debajo de la mesa, un gesto pequeño que decía:
tranquila, esto lo tengo.
Y lo tenía.
Se movía con naturalidad entre mi familia y la suya, como si llevar años practicando este tipo de almuerzos mixtos. Escuchaba a mi padre, respondía a Claire, esquivaba con elegancia los dardos curiosos de Lavinia, hacía reír a mis primos… y, cada tanto, me miraba.
Solo me miraba.
Como si, en medio del caos, yo fuera el punto de referencia al que siempre volvía.
En un momento, Julia se inclinó hacia nosotros dos.
—Quiero que miren esto —dijo, señalando la mesa, el ruido, las risas, el desorden hermoso de platos a medio comer y copas a medio llenar—.Esto es lo que yo llamo buena armonía:caos, voces, diferencias…pero una base de cariño real. Si su relación sobrevive a esto, sobrevive a casi todo.
—Mamá, no somos un experimento —protesté.
—Todos lo somos —respondió—.Solo que algunos están mejor acompañados.
Cassian le guiñó un ojo.
—Gracias por el laboratorio, Vivienne.
Ella sonrió con esa satisfacción suya que siempre anuncia que viene algo más.
Yo no sospechaba cuánto.
La idea de vivir juntos no nació una noche con vino y promesas.
Nació como suele nacer lo serio en mi vida: en forma de insistencia.