Fuego cruzado

Epílogo

Si hace un año alguien me hubiera dicho que iba a terminar saliendo con “el enemigo del frente”, probablemente me habría reído en su cara, le habría ofrecido un café por las risas y le habría pedido que dejara de ver tantas series románticas.

Si un vidente me hubiera descrito la escena completa —yo, dueña de Lys Garden, viviendo con Cassian Dumont, chef estrella de Lumé, cocinando en la misma cocina, compartiendo cama, cuentas, domingos familiares y planes a futuro— le habría dicho que cambiara de trabajo.

Pero aquí estoy.

Vivo con el hombre que un día me cerró la puerta de mi propio restaurante con candados.
Y con el mismo hombre al que, orgullosamente, le dejé el local a oscuras cuando mis reformas le apagaron la fachada por tres noches seguidas.

Nunca fue una historia delicada.
Fue guerra, fue orgullo, fue competencia, fue fuego.
Y, poco a poco, se volvió otra cosa:
el hilo rojo que no sabía que estaba buscando.

Desde que estamos juntos, la vida fluye distinto.
Lys sigue siendo mi territorio, Lumé sigue siendo el suyo, pero hay un puente constante entre ambos: mensajes durante el servicio, llamadas rápidas para insultar precios de proveedores, pasar a dejarle un postre “en prueba” que en realidad es excusa para verlo cinco minutos más, verlo cruzar la calle solo para comprobar que mi rodilla ya no duele cuando el clima cambia.

Hemos salido a bares donde terminamos riendo más de nosotros que de la música, a noches de cine en las que comento demasiado el guion y él asegura que eso me convierte en “la peor y la mejor compañera de película del mundo”.
Hemos patinado fatal, nos hemos caído, nos hemos levantado.
Hemos escapado a la playa y regresado oliendo a sal y papas fritas baratas, felices.

Nuestras familias se mezclan en almuerzos caóticos donde mi madre y Claire discuten sobre crianza, astrología y estofados, Lavinia opina de todo y Matt hace comentarios desde la cabecera como si narrara un reality.

Lys y Lumé están llenos.
Nosotros también.
De trabajo, de cansancio… y de una calma que nunca imaginé encontrar en medio de tanto ruido.

A veces, cuando me despierto con el olor a café y lo veo moverse por nuestra cocina, descalzo, despeinado, tarareando algo en francés, pienso en la primera vez que vi el letrero de Lumé encenderse frente a mi puerta.

Y me río.

Porque ese día solo pensé:
“Este hombre ha venido a complicarme la vida.”

Tenía razón.
Solo que no sabía que la iba a complicar para bien.

Lo que no ha cambiado es nuestra capacidad para provocarnos.

A pesar de las declaraciones, los “te amo” y la convivencia, seguimos siendo dos criaturas profundamente competitivas.
Nos encanta.
Nos alimenta.

Y, de vez en cuando, el universo nos recuerda el origen de todo:
ese juego peligroso de “a ver quién desestabiliza a quién primero”.

La semana en que todo el edificio tuvo problemas eléctricos, Cassian decidió “aprovechar” para hacer unas pruebas en la instalación de casa.
Todo muy responsable.
Hasta que, milagrosamente, el corte “programado” dejó sin luz solo a mi lado de la casa unas horas, justo cuando yo tenía que terminar una propuesta de menú y revisar inventario online.

—No fue a propósito —dijo, apoyado en el marco de la puerta, con una linterna en la mano y la sonrisa de alguien que disfruta más de la escena que de la electricidad—.
Te lo juro.

—Claro —replicé—.
Se fue la luz solo en mi mitad de la casa por obra del Espíritu Santo de la competencia.

—Toma esto como entrenamiento —añadió—.
Tú naciste para cocinar incluso en la oscuridad.

No lo maté por dos razones:
una, lo amo;
dos, me debía una venganza como Dios manda.

Y yo no olvido las deudas.

La oportunidad llegó tres días después.

Noche de viernes.
Lumé a punto de entrar en su pico de servicio.
La calle llena.
Cassian, concentrado en su reino blanco y luminoso, convencido de que yo estaba en Lys revisando reservas.

La verdad: llevaba veinte minutos caminando en modo sigilo por la parte trasera de su restaurante, con una gorra, sudadera amplia y el corazón marcando un ritmo que no tenía nada que ver con la subida de escaleras.

Conocía la estructura del edificio mejor de lo que él creía.
Había visto los planos cuando todo esto era solo un enemigo arquitectónico frente a mi sueño.
Sabía dónde estaban los sensores de humo, dónde terminaba el ducto de aire, dónde el sistema contra incendios era especialmente sensible “porque aquí no escatimamos en seguridad, Elodie”, frase textual de él.

A veces, la ironía se escribe sola.

Entré por la puerta de servicio como si fuera una proveedora más.
La cocina hervía: comandos de órdenes, platos saliendo, grill encendido, vapores.
Nadie me miraba demasiado; la noche estaba demasiado viva para detalles.

Con la cabeza gacha, avancé hacia el punto exacto que recordaba:
uno de los sensores, sobre una de las columnas cerca del lavaplatos, justo donde el vapor sube más rápido.

Saqué un pequeño mechero del bolsillo.
Nada dramático, nada peligroso: suficiente para generar humo justo debajo del detector, durante unos segundos.

—Solo un sustito —me dije a mí misma—.
Para el hombre que cree que cortar la luz es romántico.

El sensor parpadeó.
Yo contuve el aire.
Durante un latido, pensé que no pasaría nada.

Y entonces todo ocurrió a la vez.

La alarma contra incendios chilló con un sonido agudo que atravesó la cocina entera.
Un segundo después, los rociadores del sistema se activaron con un chasquido metálico y empezó a llover adentro.

Agua, vapores, gritos.
Alguien soltó una bandeja.
Otro maldijo en francés, inglés y un idioma que no reconocí.
Los clientes en el salón empezaron a levantarse, confundidos, mientras el sistema lanzaba chorros generosos sobre el acero reluciente de Lumé.




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