Fuego entre Enemigos

Prólogo: La arquitectura del incendio

El mundo no se acaba con una explosión, sino con un ajuste de cuentas en el piso sesenta y ocho de un rascacielos de cristal.

Antes de las cenizas del Sáhara, antes de la estática de las islas griegas y antes de que sus nombres fueran borrados de la memoria del silicio, Julian Vane y Elena Castel eran los ejes sobre los que giraba el hambre del planeta. No eran simples herederos; eran las armas biológicas de dos imperios que habían pasado un siglo perfeccionando el arte de la destrucción mutua asegurada.

En Manhattan, el aire siempre ha tenido un sabor metálico, el gusto del dinero oxidado y la ambición sin oxígeno. Allí, el odio entre los Vane y los Castel no era una emoción, era un activo financiero. Se heredaba como un título de propiedad o una malformación genética. Julian, con su frialdad de algoritmo y su mirada de acero, fue diseñado para ser el verdugo de las esperanzas de Elena. Elena, con su inteligencia de bisturí y su voluntad de incendio, fue forjada para ser la tumba de la arrogancia de Julian.

Este libro no es la crónica de un romance, porque el amor es un lujo que los dioses del capital no pueden permitirse. Es la autopsia de una colisión.

Es el registro de cómo dos personas que fueron entrenadas para odiarse descubrieron que el sistema que los alimentaba era, en realidad, una jaula de oro diseñada por sus propios padres. Es la historia de cómo el fuego entre enemigos dejó de ser un arma de guerra para convertirse en la única luz capaz de iluminar el camino hacia la salida.

Desde las salas de juntas de Nueva York hasta los búnkeres olvidados del Atlas, Julian y Elena aprendieron que para ser libres, primero tenían que morir. No solo físicamente, sino semánticamente. Tenían que dejar de ser señales para convertirse en ruido. Tenían que quemar el cielo para poder, por fin, tocar la tierra.

Lo que sigue es la cartografía de ese incendio. Una trayectoria que comienza con un brindis de veneno en una gala de caridad y termina en el silencio absoluto de una montaña mediterránea.

Pasen las páginas y observen cómo el imperio de cristal se hace añicos. Porque en el mundo de los Vane y los Castel, la única forma de ganar el juego era, simplemente, destruir el tablero.

Bienvenidos al grado cero de la existencia.




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