Fuego entre Enemigos

Capítulo 1: El precio de la sangre fría

La ciudad de cristal se extendía a sus pies como un cadáver brillante, pero Elena Castel solo tenía ojos para el hombre que ocupaba la cabecera de la mesa.

Había pasado tres años diseñando la caída de los Vane, y ahora que los tenía acorralados en el piso sesenta de su propio imperio, el sabor de la victoria era extrañamente metálico. No era triunfo. Era adrenalina pura, de esa que te quema las venas antes de que todo estalle.

—Llegas tarde, Elena —la voz de Julian Vane cortó el aire con la precisión de un bisturí.

Él no se levantó. No era necesario. Su presencia llenaba la sala de juntas con una arrogancia que el dinero no podía comprar, pero que el poder absoluto perfeccionaba. Llevaba un traje a medida de tres piezas, tan oscuro como sus intenciones, y una expresión de aburrimiento que ella sabía que era una mentira absoluta.

—Los ganadores no llegan tarde, Julian —replicó ella, dejando caer su maletín de cuero sobre la caoba pulida con un golpe seco—. Se hacen esperar.

Elena se sentó frente a él. La tensión en la sala era tan espesa que los abogados presentes apenas se atrevían a respirar. Durante décadas, los Castel y los Vane habían sido los depredadores alfa de la industria. Pero esta noche, las reglas habían cambiado.

—He leído tu propuesta de fusión —Julian deslizó una carpeta negra sobre la mesa. Sus dedos, largos y fuertes, se detuvieron un segundo más de lo necesario sobre el papel—. Es un insulto. O una declaración de guerra.

—Es una oferta de rescate —corrigió ella con una sonrisa gélida—. Tu banco está sangrando liquidez y yo tengo el torniquete. Si no firmas, para el lunes los Vane serán solo un pie de página en la historia financiera.

Julian se inclinó hacia adelante. Por un instante, el barniz de frialdad se agrietó y Elena vio lo que había debajo: un hambre voraz que no tenía nada que ver con los negocios. Él la odiaba por ser su igual. La odiaba porque era la única persona en el mundo capaz de anticipar su siguiente movimiento.

—¿Y qué es lo que realmente quieres, Elena? —preguntó él en un susurro que solo ella pudo oír—. ¿Mis acciones, mi edificio… o verme de rodillas?

—Quiero que sientas lo mismo que sintió mi padre cuando tu familia le robó el honor —respondió ella, con los ojos clavados en los de él—. Quiero que mi apellido sea lo último que veas antes de que el sol se ponga sobre tu imperio.

Julian soltó una carcajada corta, sin rastro de humor. De repente, se puso en pie y rodeó la mesa con la elegancia de un depredador que ya ha decidido dónde morder. Se detuvo justo detrás de la silla de Elena. Pudo sentir el calor de su cuerpo, el aroma a cedro y tormenta que siempre la perseguía en sus pesadillas.

Él se inclinó, apoyando las manos en los reposabrazos, atrapándola.

—Firmaré —dijo él cerca de su oído. Elena contuvo el aliento, el corazón martilleando contra sus costillas en una traición biológica—. Pero bajo una condición que no está en este papel.

Ella giró la cabeza, desafiante, quedando a milímetros de sus labios. La chispa fue inmediata, violenta.

—No acepto condiciones de perdedores.

—Oh, esta la aceptarás —Julian sonrió, y en sus ojos bailó una oscuridad peligrosa—. Porque si quieres mi empresa, tendrás que aceptar el paquete completo. La fusión no es solo corporativa, Elena. Para salvar a los Vane, el contrato exige que nos casemos en treinta días. O dejo que todo se queme conmigo dentro.

El silencio que siguió fue absoluto. Elena sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. No era una derrota, era una trampa.

—Estás loco —susurró ella, aunque su pulso decía lo contrario.

Julian se apartó, recuperando su máscara de hierro, y le extendió una pluma de oro.

—Elige, Elena. ¿Prefieres destruirme y perderlo todo, o tenerme tan cerca que no sepas dónde termina tu odio y empieza el mío?

¿Firmará Elena el contrato que la unirá de por vida a su mayor enemigo? El juego de poder acaba de volverse personal.




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