El silencio en la sala de juntas no era pacífico; era el vacío que queda justo después de una detonación. Elena Castel observaba la pluma de oro en la mano de Julian como si fuera un arma cargada.
—Un matrimonio —repitió ella, y su risa sonó como cristales rotos—. Tu ego finalmente ha asfixiado tus neuronas, Julian. No soy una moneda de cambio en una transacción medieval.
Julian no se inmutó. Volvió a su asiento con una parsimonia exasperante, cruzando las piernas con la elegancia de quien acaba de dar un jaque mate.
—No es ego, Elena. Es estrategia. Mis inversores necesitan estabilidad y los tuyos necesitan el control que solo mi infraestructura puede darles. Un contrato matrimonial de un año blinda la fusión contra cualquier intento de opa hostil. —Hizo una pausa, sus ojos recorriendo el rostro de ella con una intensidad que la hizo sentir desnuda—. Además, ambos sabemos que la única forma de vigilarnos es teniéndonos en la misma cama.
—Prefiero dormir en un nido de víboras —espetó ella, poniéndose en pie. Sus manos temblaban de furia contenida, así que las apoyó con fuerza sobre la mesa.
—Las víboras son predecibles. Yo no lo soy.
Julian se levantó y caminó hacia el ventanal, dándole la espalda. Era una muestra de confianza insultante.
—Tienes hasta medianoche. Si no firmas, mañana a las nueve de la mañana ejecutaré la cláusula de quiebra técnica. El mercado entrará en pánico, las acciones de Castel se desplomarán por asociación y ambos terminaremos en las cenizas. Yo estoy dispuesto a arder. ¿Y tú?
Elena caminó hacia él, sus tacones resonando como disparos en el suelo de mármol. Se detuvo a su lado, mirando el reflejo de ambos en el cristal. Parecían la pareja perfecta: poderosos, hermosos, letales. Una mentira grabada en oro.
—Me odias tanto que estás dispuesto a encadenarte a mí solo por el placer de no dejarme ganar —susurró ella, girándose para enfrentarlo.
Julian se giró con una rapidez que le robó el aliento. La acorraló contra el ventanal, sus cuerpos casi rozándose. La tensión eléctrica que habían evitado durante años estalló en ese espacio mínimo.
—No te confundas, Elena —su voz bajó a una octava peligrosa, vibrando en el pecho de ella—. Te odio porque eres la única que me hace sentir algo que no puedo controlar. Y voy a domar ese sentimiento, aunque tenga que pasar un año entero viendo cómo te mueres por tocarme.
—Nunca —desafió ella, aunque su respiración se volvía errática.
—Mientes. Lo huelo en tu piel.
En un movimiento impulsivo, cargado de rabia y un deseo que ambos habían enterrado bajo capas de cinismo, Julian acortó la distancia. No fue un beso romántico; fue una colisión. Un reclamo de propiedad y un desafío de guerra. Sabía a café amargo, a poder y a una desesperación que los asustó a ambos.
Elena respondió con la misma ferocidad, tirando de su corbata para atraerlo más, odiándose a sí misma mientras sus sentidos se rendían al hombre que juró destruir.
Cuando se separaron, ambos estaban agitados, con los labios encendidos y los ojos llenos de una chispa salvaje. Julian recuperó la compostura primero, aunque sus pupilas seguían dilatadas.
—Medianoche, Elena. El contrato o el abismo.
Él salió de la sala sin mirar atrás, dejándola sola frente al abismo de la ciudad. Elena se limpió la boca con el dorso de la mano, pero el sabor de él seguía ahí. Caminó hacia la mesa, tomó la pluma y, con un trazo violento, firmó su sentencia.
Justo cuando cerraba la carpeta, su teléfono vibró. Era un mensaje de un número desconocido con una sola foto: Julian Vane entrando en un edificio discreto hace apenas diez minutos, estrechando la mano de la única persona que Elena temía más que a él.
El matrimonio no era para salvar las empresas. Era el inicio de una ejecución.