El papel bajo sus dedos se sentía como una hoja de afeitar. Elena observó su propia firma, esa rúbrica elegante y decidida que acababa de vender su libertad al diablo, y sintió una náusea gélida subir por su garganta. Pero no fue la firma lo que le heló la sangre, sino la imagen en su teléfono.
En la pantalla, la fotografía granulada mostraba a Julian Vane —el hombre que hacía apenas cinco minutos la había besado con una furia casi religiosa— estrechando la mano de Marcus Sterling.
Sterling no era solo un rival; era el hombre que había orquestado la caída legal del padre de Elena. Si Julian estaba aliado con él, la propuesta de matrimonio no era una balsa de salvamento. Era una jaula de oro diseñada para asfixiarla desde dentro mientras ellos se repartían los restos de su imperio.
—Maldito seas, Julian —susurró Elena al vacío de la sala.
El juego de espejos
Elena no salió del edificio por la puerta principal. Necesitaba pensar, y el aire viciado de los Vane la estaba asfixiando. Bajó por el ascensor de servicio y se sumergió en la noche de Nueva York. Mientras su chófer la conducía hacia su ático en el Upper East Side, Elena no llamó a sus abogados. Llamó a su contacto en la sombra, un hombre que se movía en los bajos fondos de la información corporativa.
—Necesito todo sobre los movimientos de Julian Vane en las últimas setenta y dos horas —ordenó ella, con la voz tan afilada como un diamante—. Especialmente sus vínculos con Sterling. Si hay una sola grieta en su armadura, la quiero abierta antes del amanecer.
—Es peligroso, Elena —advirtió la voz al otro lado—. Vane no juega a ganar, juega a aniquilar.
—Yo también.
Al llegar a su casa, el lujo que normalmente la reconfortaba le pareció estéril. Se sirvió un whisky puro y caminó hacia el ventanal que daba a Central Park. El sabor de Julian todavía persistía en sus labios, una mezcla de pecado y poder que la enfurecía. Lo que más le dolía no era la traición —en su mundo, la traición era la moneda de curso legal—, sino que por un segundo, en el fragor de ese beso, ella se había permitido olvidar quién era él.
La visita inesperada
El timbre de su ascensor privado sonó a las dos de la mañana. Elena no se sorprendió. Sabía que él no dejaría que la noche terminara sin marcar su territorio.
La puerta se abrió y Julian entró sin invitación. Se había quitado la chaqueta y la corbata, y los primeros botones de su camisa blanca estaban desabrochados, dándole un aire de peligro relajado que era mil veces más intimidante que su armadura de negocios.
—Has firmado —dijo él, sin preámbulos. Llevaba la carpeta negra en la mano.
—He firmado mi declaración de guerra, Julian —respondió ella, dándose la vuelta sin soltar su vaso—. ¿O debería decir que he firmado mi sentencia de muerte, según tu plan con Sterling?
Julian se tensó. Fue un milisegundo, casi imperceptible, pero Elena lo vio. La máscara de hierro volvió a caer sobre sus facciones.
—Veo que tus espías siguen siendo eficientes —dijo él, caminando hacia ella con pasos lentos y pesados—. Pero tus conclusiones son, como siempre, impulsivas.
—¿Impulsivas? Te vi, Julian. Te vi dándole la mano al hombre que destruyó a mi familia. ¿Qué sigue? ¿Me vas a decir que era una reunión de caridad?
Julian se detuvo a pocos centímetros de ella. El calor que emanaba su cuerpo era una provocación física. Le arrebató el vaso de whisky de la mano y lo dejó sobre una mesa lateral, sin apartar la vista de sus ojos.
—Sterling tiene algo que yo necesito para que esta fusión funcione —dijo Julian, su voz era un murmullo bajo que vibraba en el aire—. Documentos que limpian el nombre de tu padre, Elena.
Ella se quedó paralizada. El aire pareció abandonar la habitación.
—Mientes. Estás usando eso para manipularme, para que baje la guardia antes de la boda.
—No necesito que bajes la guardia —él la tomó por la cintura, atrayéndola bruscamente hacia sí. El contacto fue como una descarga eléctrica que recorrió la columna de Elena—. Te quiero alerta. Te quiero luchando. Porque cuando te rompas, quiero ser el único que esté allí para ver qué hay debajo de esa armadura de hielo.
—No me vas a romper —desafió ella, aunque su cuerpo traidor se inclinaba hacia el suyo.
—Ya lo estás haciendo —murmuró él, bajando la mirada hacia sus labios—. Estás temblando, Elena. Y no es de miedo. Es de hambre.
El pacto de sangre
Julian sacó una pequeña daga de adorno que Elena tenía sobre su escritorio, una antigüedad de su abuelo. Con un movimiento rápido y preciso, se hizo un corte superficial en la palma de la mano.
—Un matrimonio por contrato no es suficiente para ti, ¿verdad? —dijo él, extendiendo la mano ensangrentada—. Quieres seguridad. Quieres saber que si yo caigo, tú no caerás conmigo.
Elena miró la sangre, roja y real, contrastando con el lujo impecable del ático. Ella tomó la daga y, sin apartar la mirada de los ojos de Julian, repitió el gesto en su propia mano.
—Esto no es amor, Julian —dijo ella, con la voz quebrada por la intensidad del momento—. Esto es un pacto de destrucción mutua.
—Lo sé —respondió él.
Unieron sus manos, mezclando su sangre en un apretón que sellaba un destino oscuro. En ese momento, la rivalidad no desapareció; se transformó en algo mucho más peligroso: una lealtad forjada en el odio y la pasión.