Fuego entre Enemigos

Capítulo 4: Máscaras de Cristal y Veneno Dorado

El amanecer sobre Manhattan no trajo claridad, sino una luz cruda que desnudaba las mentiras de la noche anterior. Elena Castel se despertó con el sabor del whisky y el eco del beso de Julian todavía vibrando en sus sentidos. Se miró la palma de la mano; el pequeño corte de la daga había dejado una línea escarlata, una cicatriz en potencia que le recordaba que no había sido un sueño. Había unido su sangre a la del hombre que juró destruir.

El anuncio del compromiso se disparó a las seis de la mañana a través de las terminales de Bloomberg y las portadas digitales de The Wall Street Journal. Para el mundo, era la "Boda del Milenio", la unión de dos deidades del capitalismo. Para Elena, era el inicio de un asedio.

El primer asalto: El vestidor de la guerra

A las ocho, su ático estaba invadido por estilistas, asistentes y expertos en relaciones públicas. En el centro de todo, Julian Vane estaba sentado en su sillón favorito, leyendo el informe de apertura de los mercados como si fuera el dueño del aire que ella respiraba.

—¿Qué haces aquí, Julian? —preguntó Elena, saliendo de su habitación envuelta en una bata de seda color perla, su cabello oscuro cayendo en cascada sobre sus hombros.

Julian bajó el periódico. Su mirada recorrió el cuerpo de ella con una lentitud deliberada que la hizo tensarse. No había rastro del hombre vulnerable que se había cortado la mano horas antes; frente a ella estaba de nuevo el depredador de hierro.

—Tenemos nuestra primera aparición pública en tres horas —dijo él, su voz era un barítono profundo que llenaba la estancia—. La Gala Benéfica del MET ha adelantado su evento de prensa. El mundo quiere ver si nos hemos matado ya o si realmente estamos "enamorados".

—Podrían ver ambas cosas y no notarían la diferencia —replicó ella, aceptando una taza de café negro de su asistente.

—Exacto. Por eso, hoy llevarás esto.

Julian señaló una caja de terciopelo negro sobre la mesa de café. Elena la abrió con cautela. Dentro descansaba un collar de diamantes y esmeraldas que parecía sacado de la colección privada de una emperatriz rusa.

—Son las Esmeraldas de la Viuda —susurró Elena, reconociendo la joya histórica de la familia Vane—. Se dice que traen desgracia a quien las usa sin amor.

—Entonces son perfectas para ti, Elena —sonrió Julian, una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Ponértelas es decirle al mundo que los Castel ahora pertenecen a los Vane.

—O que los Vane han tenido que entregar sus tesoros más preciados para que yo no los borre del mapa —ella cerró la caja con un golpe seco—. No las usaré. Usaré mis propios diamantes. Mi apellido no necesita tu historia para brillar.

Julian se levantó y caminó hacia ella. Los asistentes retrocedieron instintivamente, detectando la carga estática entre ambos. Él le quitó la taza de café y la dejó a un lado, acortando la distancia hasta que sus zapatos de cuero pulido tocaron los pies descalzos de ella.

—Hoy no eres solo una Castel. Eres mi prometida. Y en mi mundo, mis mujeres usan mis marcas —le susurró al oído, su aliento rozando su piel—. No me obligues a ponértelas yo mismo delante de todos estos testigos.

Elena lo miró fijamente, sus ojos oscuros chispeando con un odio que quemaba.

—Pruébalo, Julian. Intenta marcarme y verás lo rápido que este compromiso se convierte en un funeral.

La Gala: El desfile sobre el abismo

El Lincoln Center estaba rodeado de un mar de flashes. Cuando la limusina blindada se detuvo, Julian bajó primero y extendió la mano hacia Elena. Ella la tomó, sintiendo la aspereza de la venda oculta bajo el puño de la camisa de él, donde el corte de la noche anterior seguía fresco.

Elena lucía espectacular con un vestido de alta costura negro mate que se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel, con una abertura que revelaba sus piernas infinitas en cada paso. Y, desafiante, no llevaba las esmeraldas de Julian. En su lugar, lucía una gargantilla de platino minimalista que gritaba independencia.

—Estás deliciosa cuando eres rebelde —murmuró Julian mientras posaban para los fotógrafos, su mano rodeando la cintura de ella con una presión que rayaba en lo posesivo—. Pero todos se preguntan por qué no llevas el regalo de la familia.

—Diles que me pareció demasiado pesado para una mujer que planea correr lejos de ti en cuanto tenga lo que quiere —sonrió ella para la cámara, sus labios rojos curvándose en una parodia de felicidad.

Dentro, el aire olía a perfumes caros y traiciones baratas. Marcus Sterling apareció entre la multitud como un espectro. Su sonrisa era un tajo en su rostro pálido.

—Julian, Elena. Felicidades —dijo Sterling, alzando una copa de champagne—. Nunca pensé que vería a los dos lobos compartiendo la misma madriguera.

—A veces, Marcus, es más fácil vigilar al lobo si lo tienes en tu propia cama —respondió Julian, su voz era puro hielo.

Elena sintió que el agarre de Julian en su cintura se tensaba. Miró a Sterling y recordó la foto del mensaje anónimo. La desconfianza volvió a enroscarse en su estómago como una serpiente. ¿De qué lado estaba Julian realmente?

—Elena, querida —dijo Sterling, ignorando la hostilidad de Julian—, espero que tu padre se sienta orgulloso desde su retiro. Ser una Vane... quién lo hubiera dicho.

—Seguiré siendo una Castel hasta el día que muera, Marcus. Y tú deberías estar más preocupado por tus propias cuentas que por mi apellido —replicó ella con una frialdad que hizo que Sterling perdiera un ápice de su compostura.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.