El rugido del motor del Aston Martin de Julian era lo único que lograba silenciar el caos que habían dejado atrás en el Lincoln Center. Nueva York se convertía en un rastro borroso de luces de neón y sirenas que, poco a poco, se perdían en el espejo retrovisor. Ninguno de los dos había hablado desde que cruzaron el umbral de la gala, esquivando charcos de sangre y el brillo de los flashes que buscaban capturar el rostro de la "pareja del año" huyendo de la escena de un crimen.
Elena tenía las manos apoyadas en el regazo, todavía manchadas con una mezcla de sudor frío y el polvo del mármol. Sus nudillos estaban blancos de tanto apretar el bolso de seda. No era miedo lo que sentía —el miedo era un lujo que los Castel no podían permitirse—, era una rabia eléctrica que la hacía vibrar por dentro.
—La daga era la mía, Julian —soltó ella finalmente, su voz cortando el aire cargado del habitáculo—. Alguien entró en mi ático. Alguien nos vio.
Julian apretó el volante con tal fuerza que el cuero crujió. Su perfil, iluminado intermitentemente por las luces de la carretera, parecía tallado en granito.
—No solo nos vieron, Elena. Nos están enviando un mensaje. Ese asesinato no fue por dinero, ni por la división de tecnología. Fue una advertencia. Quienquiera que haya matado a Sterling sabe que nuestro pacto de sangre no fue un contrato, fue una declaración de guerra contra las sombras que manejan este maldito tablero.
—¿A dónde vamos? —preguntó ella, notando que ya habían cruzado los límites de Westchester y se adentraban en las zonas boscosas y oscuras del norte del estado.
—A un lugar que no figura en los registros de la familia. Mi padre lo llamaba 'El Santuario', pero para mí siempre fue el lugar donde se esconden los secretos que no deben morir —respondió él, girando bruscamente por un camino de tierra casi invisible entre la maleza.
El Santuario de los Secretos
La propiedad surgió de entre la niebla como una fortaleza de piedra y cristal, colgada de un acantilado sobre el río Hudson. No era una mansión de exhibición; era una estructura brutalista, fría y eficiente. Julian desactivó tres niveles de seguridad electrónica antes de que las pesadas puertas de roble se abrieran para dejarlos pasar.
El interior olía a aire cerrado, madera vieja y ese aroma a masculinidad austera que definía a Julian. No había servicio doméstico, ni cámaras conectadas a la red, ni rastro de la opulencia dorada de Manhattan.
—Aquí estamos a salvo de la policía y de la prensa —dijo Julian, cerrando la puerta y apoyando la espalda contra ella por un segundo, cerrando los ojos. Parecía agotado, una grieta humana en su fachada de invencibilidad—. Pero no estamos a salvo de nosotros.
Elena se quitó los tacones, sintiendo el frío del suelo de piedra en sus pies, y caminó hacia el centro de la estancia. Se giró para mirarlo, su vestido negro roto en la costura del muslo y su maquillaje ligeramente corrido, pero sus ojos seguían siendo dos pozos de ambición y desafío.
—Explícame lo de la daga —exigió ella—. Solo tú y yo sabíamos que estaba en mi escritorio. Mis sistemas de seguridad son los mejores del país. Nadie entra en mi casa sin que yo lo sepa.
Julian se acercó a ella, desabotonándose los puños de la camisa blanca, que ahora estaba arrugada y sucia. Se detuvo a un paso de distancia, tan cerca que Elena podía sentir el calor irradiando de su pecho.
—Tu seguridad es excelente contra ladrones y espías corporativos, Elena. Pero no contra alguien que lleva décadas dentro de nuestras familias. Alguien que conoce los códigos, las debilidades y los pasadizos —él bajó la voz—. Sterling murió porque iba a hablar. La nota decía que el siguiente pago es tu corazón. ¿Crees que lo dicen en sentido figurado?
—En nuestro mundo, el corazón es solo un músculo que bombea sangre para que el cerebro pueda seguir conspirando —replicó ella, aunque un escalofrío le recorrió la nuca.
—No para ellos —Julian alargó la mano y, con una suavidad que la desarmó, le apartó un mechón de pelo de la cara—. Saben que bajo esa armadura de hielo, hay algo que ha empezado a arder. Saben que este matrimonio, por muy falso que sea, ha creado una debilidad. Y van a usarme para destruirte, o a ti para destruirme a mí.
La colisión inevitable
La tensión que habían estado acumulando durante años, exacerbada por la adrenalina de la muerte y la huida, se volvió insoportable. En ese salón oscuro, rodeados por el silencio del bosque, la rivalidad se transformó en una necesidad física.
Elena lo agarró por las solapas de la camisa, tirando de él hacia abajo.
—Si voy a morir, Julian Vane, no será esperando a que un asesino me encuentre. Será viviendo bajo mis propios términos.
Él no necesitó más invitación. Sus labios chocaron con una violencia que buscaba borrar el horror de la noche. Julian la levantó en vilo, y ella envolvió sus piernas alrededor de su cintura, sus dedos enterrándose en su cabello castaño. El beso sabía a desesperación, a una verdad que ninguno de los dos se atrevía a pronunciar en voz alta: se necesitaban más de lo que se odiaban.
La llevó contra la pared de piedra, sus cuerpos presionados en una lucha de poder donde la rendición era la única victoria posible. Cada roce de sus pieles era una traición a sus apellidos, una profanación de la guerra que sus padres habían iniciado.
—Dime que me odias —gruñó Julian contra su cuello, su respiración errática mientras sus manos buscaban la piel bajo la seda del vestido.