Fuego entre Enemigos

Capítulo 6: El altar de los sacrificios

El silencio que siguió a la llamada de la madre de Julian no era el vacío de la ausencia, sino el peso de una sentencia de muerte. El "Santuario" ya no se sentía como un refugio, sino como una caja de cristal donde estaban siendo observados por una presencia invisible que conocía sus pecados antes incluso de que ellos los cometieran.

Elena se apartó de Julian, sintiendo que la sábana de lino negro que la envolvía pesaba como una armadura de plomo. Caminó hacia el ventanal. El Hudson, allá abajo, corría turbio y violento, indiferente a las dinastías que se desmoronaban en sus orillas.

—Tu madre —susurró Elena, y la palabra sonó como un insulto—. Todos estos años, mi padre se consumió en el odio hacia el tuyo, creyendo que él era el arquitecto de su ruina. Y mientras tanto, ella estaba en las sombras, alimentándose de la carroña de nuestras familias.

Julian no respondió de inmediato. Estaba de pie frente al monitor, con los hombros tensos y la mirada perdida en los códigos que revelaban la traición de su propia sangre. Cuando finalmente se giró, Elena vio algo en él que la asustó más que la amenaza de ejecución: una resolución gélida, una desconexión total de la empatía.

—Mi madre nunca fue una mujer de afectos, Elena. Era una mujer de activos —dijo Julian, su voz carente de emoción—. Fingir su muerte fue su mejor inversión. Cobró el seguro, vació las cuentas de contingencia de los Vane y usó el caos de la guerra con los Castel para desaparecer. Ahora que estamos uniendo los dos imperios, estamos creando un botín demasiado grande para que ella lo ignore.

—Ella no quiere que la fusión se detenga —comprendió Elena, uniendo las piezas con la rapidez mental que la había hecho la mujer más temida de Wall Street—. Ella quiere que nos casemos porque, bajo las leyes internacionales de sucesiones y los contratos que firmamos ayer, si uno de nosotros muere después de la boda, el sobreviviente hereda todo... y ella, a través de sus sociedades fantasma y sus deudas sobre nuestros activos, heredará al sobreviviente.

Julian asintió, caminando hacia ella. Se detuvo a centímetros, obligándola a mirarlo.

—Ella nos está criando como ganado para el matadero. Quiere que nos amemos o que nos odiemos, le da igual, siempre y cuando estemos en ese altar en cuarenta y ocho horas.

—No voy a ser el cordero de nadie, Julian —Elena le puso una mano en el pecho, sintiendo el latido errático de su corazón—. Tenemos cuarenta y ocho horas. Ella cree que estamos acorralados, pero se olvida de una cosa: nosotros somos los que manejamos el mercado ahora. Si ella quiere una boda, le daremos la boda más espectacular que el mundo haya visto. Pero el final del guion lo escribiremos nosotros.

El Juego de Sombras

Pasaron las siguientes doce horas en una actividad frenética. No hubo más espacio para la pasión de la noche anterior; la supervivencia había tomado el mando. Julian activó sus redes de inteligencia en Europa y las Islas Caimán, rastreando el rastro de "El Círculo de Ceniza". Elena, por su parte, utilizó sus contactos en el Departamento de Justicia y sus propios hackers para crear un cortafuegos financiero que congelaría todos sus activos en el momento en que se pronunciaran los votos, dejando a cualquier heredero externo con una montaña de deudas en lugar de una fortuna.

Era un movimiento suicida. Si ganaban, quedarían arruinados pero libres. Si perdían, estarían muertos.

—Es una estrategia de tierra quemada, Elena —advirtió Julian mientras revisaba los documentos legales—. Si activas esto, los Castel y los Vane dejarán de existir como potencias económicas para el lunes.

—Prefiero reinar en las cenizas que ser un títere en su palacio —respondió ella, sin apartar la vista de su tableta—. Además, Julian, ¿desde cuándo te importa el dinero más que el control?

Él la miró fijamente, y por un segundo, la máscara de hierro se suavizó.

—Desde que me di cuenta de que el control no sirve de nada si no tengo a alguien que me desafíe a mantenerlo.

El regreso a la ciudad de los lobos

El regreso a Nueva York fue una operación militar. Julian contrató a un equipo de seguridad privada ajeno a la empresa, hombres que no tenían lealtad a los apellidos, solo al dinero. Se instalaron en el hotel Plaza, convirtiendo la suite presidencial en un búnker de alta tecnología.

La prensa estaba en un estado de histeria colectiva. El asesinato de Sterling había sido calificado como un "atentado de la competencia", y el compromiso de Julian y Elena se vendía ahora como un acto de valentía y unidad frente a la adversidad. La narrativa era perfecta. Demasiado perfecta.

Esa noche, mientras Elena se probaba el vestido de novia —una pieza de seda blanca que se sentía como una mortaja—, Julian entró en el vestidor. La vio reflejada en el espejo: pálida, hermosa y letal.

—El servicio secreto me ha confirmado que hay movimientos en los puertos de Long Island —dijo él, colocándose detrás de ella. Sus manos se posaron en sus hombros, pero esta vez no había deseo, solo una alianza sombría—. Ella está aquí, Elena. Mi madre ha llegado para ver su obra maestra.

—¿Crees que vendrá a la iglesia? —preguntó ella, mirando el collar de esmeraldas de los Vane que ahora descansaba sobre la mesa, esperando ser usado.

—No. Ella estará en algún lugar alto, mirando a través de una lente. Le gusta la distancia. Le gusta ver cómo se rompen las cosas sin mancharse las manos.

Elena se giró, quedando atrapada entre el espejo y el cuerpo de Julian. La tensión sexual que habían intentado enterrar bajo planes de contingencia y transferencias bancarias volvió a surgir, alimentada por el miedo y la inminencia del final.




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