La oscuridad no era absoluta, pero el frío sí lo era. Elena despertó con el sabor amargo del cloroformo quemándole la garganta y la sensación de que sus venas estaban llenas de plomo. Intentó mover las manos, pero el roce del metal contra sus muñecas le devolvió una realidad brutal: estaba encadenada.
No eran las esposas de seda de un juego erótico ni las ataduras improvisadas de un secuestro común. Eran grilletes industriales, anclados a una silla de hierro que parecía formar parte de la estructura misma del lugar. Elena abrió los ojos con esfuerzo, parpadeando contra la luz mortecina de un foco que oscilaba sobre su cabeza, emitiendo un zumbido eléctrico que le taladraba el cráneo.
El escenario era el reverso tenebroso del lujo en el que siempre había vivido. Ya no estaba en la Catedral de San Patricio ni en la suite del Plaza. Se encontraba en una especie de búnker subterráneo, una reliquia de la Guerra Fría o quizás los cimientos olvidados de una de las antiguas fábricas de la familia Vane. Las paredes de hormigón estaban desconchadas y el aire olía a humedad, aceite rancio y algo más... algo que Elena reconoció con un escalofrío: el aroma del perfume de Julian.
—¿Julian? —intentó decir, pero su voz no fue más que un graznido seco.
—Estoy aquí, Elena. No te muevas.
La voz de Julian vino de la penumbra, a unos tres metros a su derecha. Elena forzó la vista y lo vio. Él también estaba encadenado a una silla similar, pero su estado era peor. Su camisa de esmoquin estaba desgarrada, revelando un hematoma violento que le cruzaba el pecho, y un hilo de sangre seca le bajaba desde la sien hasta la mandíbula. Sin embargo, sus ojos... sus ojos ardían con una intensidad que ni el cautiverio podía apagar.
—¿Estás herida? —preguntó él, su voz era un susurro ronco cargado de una angustia que Julian Vane nunca se permitía mostrar.
—Solo mi orgullo —logró decir ella, recuperando poco a poco la firmeza—. ¿Dónde estamos?
—En el sótano de la vieja fundición de los Vane en Queens. Mi madre siempre tuvo un sentido poético para la crueldad. Aquí es donde empezó la fortuna de mi abuelo, y aquí es donde ella planea terminar con nosotros.
La danza de la psicópata
Unos pasos rítmicos y elegantes resonaron en el pasillo exterior, el sonido de tacones de aguja golpeando el cemento como una cuenta atrás. La puerta de acero se abrió con un gemido agónico y entró Madeline Vane.
Ya no llevaba el velo negro de la catedral. Lucía un traje sastre de color crema, impecable, como si acabara de salir de una reunión de directorio y no de orquestar un secuestro masivo. Se movía con una gracia depredadora, observando a sus "hijos" con una mezcla de curiosidad científica y desprecio maternal.
—Qué decepción, Julian —dijo Madeline, deteniéndose frente a él. Le tomó la mandíbula con una mano enguantada, obligándolo a mirarla—. Realmente pensé que habías heredado mi capacidad para anticipar el desastre. Pero te dejaste cegar por... esto.
Señaló a Elena con un gesto vago de la mano.
—Ella no es "esto" —gruñó Julian, intentando abalanzarse hacia adelante, haciendo que las cadenas chirriaran violentamente—. Ella es lo único que no pudiste corromper, madre.
Madeline soltó una carcajada cristalina que heló la sangre de Elena.
—Oh, querido. Elena es exactamente como yo. Solo que ella todavía cree en esa tontería romántica de la "lealtad". Cree que puede destruirme y conservar su alma. Pero miren a su alrededor. Están en el fango. Han vaciado mis cuentas, sí. Un movimiento brillante, lo admito. Pero se olvidaron de que yo no guardo mi verdadero poder en servidores bancarios.
Se acercó a Elena y la observó con una fijeza perturbadora.
—Tu padre era un hombre débil, Elena. Se dejó hundir porque amaba a tu madre más que a sus acciones. Y tú estás cometiendo el mismo error con mi hijo.
—Yo no amo a Julian —espetó Elena, aunque sus ojos traicionaron sus palabras al buscar los de él por un milisegundo—. Lo uso para llegar a ti. Y parece que ha funcionado.
—Mentira —sonrió Madeline—. El modo en que lo miraste cuando las luces se apagaron en la iglesia... fue patético. Fue humano. Y lo humano no sobrevive en la cima.
El ultimátum de sangre
Madeline sacó un pequeño control remoto de su bolsillo y presionó un botón. En la pared frente a ellos, una pantalla de televisión se encendió. Mostraba un cronómetro en cuenta regresiva desde los diez minutos, y al lado, una transmisión en directo de la Bolsa de Nueva York, que abriría en breve.
—He preparado una orden de venta masiva automatizada bajo sus nombres —explicó Madeline, sentándose en una silla plegable como si fuera a ver una obra de teatro—. Si ese cronómetro llega a cero, todas las acciones de Vane-Castel se venderán a precio de saldo. Sus empresas serán desmanteladas por fondos buitre en cuestión de segundos. El legado de sus padres, sus nombres, sus fortunas... todo desaparecerá.
—Ya contábamos con eso —dijo Elena, desafiante—. Ya te dije que prefiero las cenizas.
—Pero no he terminado —continuó Madeline con una voz melosa—. Solo uno de ustedes puede detener la orden. Hay un escáner biométrico en esa consola de ahí. Solo requiere una huella dactilar. Pero, en el momento en que uno de ustedes sea liberado para poner su huella, el sistema activará una carga explosiva bajo la silla del otro.
El silencio que siguió fue asfixiante. El zumbido del foco parecía ahora el latido de una bomba.