El ático de Manhattan, recuperado de las garras de los administradores judiciales, se sentía como un mausoleo de lujo. Aunque las luces de la ciudad centelleaban a través de los ventanales reforzados, el aire dentro conservaba un rastro metálico, el eco de una guerra que no había terminado, sino que simplemente había cambiado de piel.
Elena Castel observaba su reflejo en el cristal. Llevaba una bata de seda negra, pero sus ojos seguían siendo los de la estratega que había desmantelado un sindicato financiero esa misma mañana. Detrás de ella, el silencio era absoluto hasta que escuchó el sordo golpe de una botella de cristal contra el mármol.
Julian estaba sentado en el sofá de cuero, con la camisa abierta y las mangas arremangadas, revisando informes en una tableta mientras sostenía un vaso de whisky. La luz azul de la pantalla acentuaba las líneas de cansancio en su rostro, pero también esa determinación depredadora que lo definía.
—El Sindicato de Hierro ha solicitado una tregua —dijo Julian sin levantar la vista—. Sus abogados están llamando a la puerta desde las seis de la tarde. Ofrecen una participación del quince por ciento en sus fondos de infraestructura si dejamos de atacar su posición en Singapur.
Elena se giró, cruzando los brazos.
—Un quince por ciento es el precio de la cobardía. Queremos el cincuenta y uno. Queremos que el nombre de Vane-Castel esté en la entrada de cada edificio que poseen. No estamos aquí para hacer las paces, Julian. Estamos aquí para absorberlos.
Julian dejó la tableta y la miró. Una chispa de admiración, mezclada con algo más oscuro y hambriento, bailó en sus ojos.
—A veces olvido que eres mucho más despiadada que yo, Elena. Yo busco la victoria; tú buscas la erradicación.
—Aprendí del mejor —replicó ella, acercándose a él—. O del peor, según se mire.
La sombra en el espejo
La calma era una ilusión técnica. A pesar de su reciente triunfo, ambos sabían que Madeline Vane, incluso tras las rejas, era una fuerza de la naturaleza. Esa tarde, un mensajero anónimo había dejado un sobre lacrado en la recepción del edificio. No contenía amenazas de muerte, sino algo mucho más insidioso: una serie de fotografías de los padres de Elena y Julian, veinte años atrás, sonriendo en un yate en el Mediterráneo.
Lo inquietante no era la imagen, sino lo que había escrito detrás con la caligrafía perfecta de Madeline: “La sangre no solo une, también contamina. Pregúntale a Julian por el 14 de mayo”.
Elena se sentó frente a él, quitándole el vaso de whisky.
—¿Qué pasó el 14 de mayo, Julian?
El cuerpo de Julian se tensó de una manera que ella reconoció de inmediato. Era la misma rigidez que mostraba antes de una ejecución corporativa. Suspiró, pasando una mano por su cabello castaño, despeinándolo por primera vez en el día.
—Es el día que mi padre firmó la orden de embargo contra el tuyo —respondió él, su voz bajando un tono—. Pero hay algo que nunca estuvo en los registros públicos. Algo que Madeline guardó como su póliza de seguro final.
—Dímelo —exigió Elena—. No más secretos. No después de lo que pasamos en esa fundición.
—Mi padre no quería destruir al tuyo, Elena. Eran amigos, o lo más parecido a eso que permite este mundo. El 14 de mayo, tu padre acudió al mío buscando ayuda porque Sterling lo estaba extorsionando. Mi padre le ofreció un trato para salvarlo, pero Madeline interceptó los fondos. Ella hizo que pareciera que mi padre le había robado el dinero, provocando el suicidio de tu madre y el encarcelamiento del tuyo.
Elena sintió un frío repentino que ninguna calefacción central podía mitigar. La historia que había alimentado su odio durante dos décadas era una construcción magistral de la mujer que ahora dormía en una celda.
—Entonces, ¿mi padre murió odiando al hombre equivocado? —su voz tembló ligeramente.
—Y yo crecí creyendo que mi padre era un genio del mal, cuando en realidad era solo un peón de mi madre —Julian se levantó y caminó hacia ella, tomándola por los hombros—. Ella nos dio el odio como herencia porque sabía que era el combustible más eficiente para hacernos crecer. Nos convirtió en monstruos para que pudiéramos heredar su reino.
Elena lo miró, y por un momento, la rivalidad desapareció por completo. Solo quedaban dos supervivientes de una masacre emocional que había durado veinte años.
—Ella sigue jugando, Julian. Incluso desde la cárcel, quiere que nos miremos y veamos la traición. Quiere que el 14 de mayo se interponga entre nosotros en esta cama.
Fuego en la sangre
La respuesta de Julian fue visceral. La atrajo hacia sí con una urgencia que no buscaba consuelo, sino reafirmación. Sus labios se encontraron en un beso que sabía a desesperación y a una verdad que quemaba. No era el beso de dos amantes románticos; era el sello de dos guerreros que decidían, una vez más, que el único bando en el que creían era el que formaban ellos dos.
La llevó hacia la habitación principal, donde las paredes de cristal mostraban el Empire State como un faro solitario. La ropa cayó al suelo como armaduras descartadas. En la penumbra, las cicatrices de las muñecas de Elena —esas marcas rosáceas del búnker— brillaban bajo la luz de la luna. Julian las besó una a una, un acto de contrición y devoción que hizo que Elena soltara un suspiro entrecortado.
—No vamos a dejar que nos destruya —susurró ella, enredando sus dedos en los hombros de él—. Vamos a usar su propio veneno para terminar el trabajo.