El silencio tras el envío del paquete a Madeline fue una victoria táctica, pero en el mundo de los Vane y los Castel, la paz era simplemente el intervalo entre dos explosiones. Elena despertó antes de que el sol lograra perforar la bruma de Manhattan. Se quedó quieta, escuchando la respiración acompasada de Julian a su lado. Por primera vez en años, el hombre que dormía junto a ella no era un objetivo que derribar, sino el ancla que evitaba que ella se perdiera en su propia oscuridad.
Sin embargo, al encender la pantalla de su terminal privada, el mundo exterior le recordó que el poder es una bestia que nunca duerme.
—Julian —susurró, moviendo el hombro de su marido con urgencia.
Él despertó al instante, con la alerta de quien ha pasado años esperando un ataque en mitad de la noche. Sus ojos se enfocaron en la pantalla que Elena sostenía frente a él.
—¿Qué es eso? —preguntó Julian, incorporándose.
—Es un movimiento sísmico en el mercado de criptoactivos —explicó Elena, sus dedos volando sobre el teclado—. Alguien está liquidando posiciones masivas en "BlackCoin", la moneda que Madeline usaba para sus operaciones fuera del radar. Pero no es ella. La firma digital de la liquidación pertenece a un fondo fiduciario que supuestamente expiró hace diez años.
Julian se frotó el rostro, tratando de despejar la bruma del sueño.
—El fondo "Aqueronte". Era la reserva de emergencia de mi padre. Él me dijo que Madeline lo había vaciado antes de su muerte.
—Pues parece que tu padre tenía secretos dentro de los secretos —Elena señaló un gráfico que caía en picado—. Alguien acaba de activar una cláusula de "hombre muerto". Si Madeline entra en prisión o queda inhabilitada, el fondo se libera para ser absorbido por un tercero. Y ese tercero acaba de aparecer en el registro de la SEC.
Julian se acercó a la pantalla, su rostro endureciéndose.
—No puede ser.
El nombre que aparecía como beneficiario del fondo Aqueronte no era el de una corporación o un banco. Era un nombre que Elena conocía muy bien, pero que creía enterrado en el pasado de su propia familia.
—Víctor Castel —leyó ella en voz alta, y su voz sonó como un eco en una tumba—. Mi tío. El hombre que todos creían que se había suicidado en el exilio tras la caída de mi padre.
Fantasmas en la junta
A las diez de la mañana, la sede de Vane-Castel Holdings era un hervidero. Los empleados, acostumbrados a la volatilidad de sus jefes, percibían que esta vez el peligro no venía de una opa hostil, sino de algo mucho más visceral.
Julian y Elena entraron en la sala de juntas, donde los restos de la reunión de ayer todavía estaban sobre la mesa. Pero no estaban solos. Sentado en la cabecera, en el asiento que Julian solía ocupar, se encontraba un hombre de unos sesenta años, con un traje de lino gris y un bastón con empuñadura de plata. Su parecido con el padre de Elena era escalofriante, pero sus ojos tenían una crueldad que el padre de ella nunca poseyó.
—Elena, querida. Julian. Siento la intrusión, pero el derecho de sangre es una cosa curiosa, ¿no creen? —dijo Víctor Castel, su voz era un terciopelo gastado.
—Estás muerto, Víctor —dijo Elena, permaneciendo de pie, su presencia irradiando una autoridad que hacía que el aire en la sala vibrara—. Te vimos desaparecer en las costas de Brasil hace una década.
—Desaparecer es una forma de arte, sobrina. Especialmente cuando Madeline Vane te paga para que seas el fantasma que mantenga a tu hermano, mi querido y débil hermano, bajo control —Víctor se levantó, apoyándose en su bastón—. Pero Madeline está fuera de juego ahora. Y resulta que el fondo Aqueronte, ese pequeño tesoro que el padre de Julian escondió de su esposa, requiere la firma de un Castel y un Vane para ser ejecutado... o la ausencia total de ambos.
Julian dio un paso hacia adelante, sus manos apretadas en puños.
—No tienes nada aquí, Víctor. Hemos consolidado los activos. Somos los dueños legales de esta firma.
—Oh, Julian. Siempre tan lineal, como tu padre —Víctor soltó una risita seca—. El fondo Aqueronte posee el treinta por ciento de los derechos sobre el terreno donde se levanta este rascacielos. Y también posee las patentes de la tecnología de encriptación que sustenta toda su red de operaciones. Si yo decido retirar mi parte, Vane-Castel Holdings se convierte en un castillo de naipes en una tormenta de arena.
El dilema de la traición
Víctor les ofreció un trato que era una soga de seda: él mantendría el fondo intacto si le cedían el control total de la división internacional, la que manejaba las operaciones en los mercados emergentes. Era el lugar perfecto para lavar dinero a una escala que haría palidecer a Madeline.
—Tienen veinticuatro horas —dijo Víctor, caminando hacia la puerta—. No busquen a mis abogados; ellos ya poseen a los suyos. El apellido Castel está volviendo a casa, Elena. Solo que esta vez, yo soy el que lleva la corona.
Cuando la puerta se cerró, el silencio en la sala fue tan pesado que Elena sintió que el techo se le venía encima. Miró a Julian, esperando ver la furia habitual, pero lo que encontró fue una calma analítica que la inquietó.
—Él tiene razón sobre el terreno, Elena —dijo Julian, sentándose y abriendo su ordenador—. Mi padre compró estos derechos a través de Aqueronte para asegurarse de que Madeline nunca pudiera vender el edificio sin su permiso. Pero Víctor no debería tener acceso a esos códigos.
—Alguien se los dio —Elena sintió la sospecha reptando por su columna—. Alguien que sabía que íbamos a ganar a Madeline y quería un seguro de vida.