Fuego entre Enemigos

Capítulo 11: El teorema de la traición

El eco de la llave de Zúrich golpeando el pavimento, cientos de metros más abajo, fue el único funeral que Julian y Elena le concedieron al pasado. Pero en la cúspide del poder, el vacío que deja un secreto siempre es llenado por una amenaza nueva. La mañana siguiente al enfrentamiento con Víctor Castel no trajo la paz de los vencedores, sino la inquietud de los supervivientes.

Elena se encontraba en el gimnasio privado del ático, golpeando un saco de boxeo con una cadencia metódica y violenta. Cada impacto era un recordatorio de que, aunque habían recuperado su empresa, sus nombres seguían encadenados a una herencia de sangre. Julian la observaba desde el umbral, con una taza de café en la mano y la camisa impecablemente blanca, aunque sus ojos delataban que no había dormido más de tres horas.

—Si sigues así, vas a romper el saco o tus nudillos —dijo él, su voz grave rompiendo el ritmo del entrenamiento.

Elena se detuvo, el sudor brillando en su piel como una armadura líquida. Se quitó las vendas con los dientes, sin apartar la mirada de Julian.

—Víctor era un peón, Julian. Lo sabemos los dos. Alguien le dio el valor para entrar en nuestra sala de juntas. Alguien que no es tu madre. Madeline está jugando a largo plazo desde su celda, pero Víctor necesitaba logística inmediata. Necesitaba a alguien que le abriera las puertas de la SEC.

Julian dejó el café y se acercó a ella, rodeándole la cintura con sus brazos. El contraste entre su pulcritud y el calor eléctrico de Elena era una metáfora de su relación: orden y caos colisionando en un equilibrio precario.

—He estado rastreando las llamadas de Víctor antes de su "resurrección" —murmuró Julian contra su oído—. Todas conducen a un servidor en Ginebra, vinculado a una firma de capital riesgo llamada Lux Mundi.

Elena se tensó en sus brazos.

—Lux Mundi... es el grupo que intentó absorber la división de energía de mi padre hace quince años. Se supone que desaparecieron tras el escándalo de las cuentas en paraísos fiscales.

—No desaparecieron, Elena. Se transformaron. Y ahora parece que tienen un nuevo CEO. Alguien que firma sus correos con una sola inicial: S.

La cena de los buitres

Esa noche, el juego se trasladó a un escenario más civilizado pero no menos letal. Una invitación física, escrita en papel de hilo con bordes de oro, llegó al ático. No era una solicitud, era una citación en el restaurante más exclusivo de Manhattan, uno que cerraba sus puertas solo para aquellos que movían los hilos del mundo.

—Si no vamos, pensarán que tenemos miedo —dijo Elena, mientras Julian le cerraba la cremallera de un vestido de seda color medianoche que dejaba su espalda al descubierto.

—Si vamos, estamos entrando voluntariamente en la guarida del lobo —respondió él, besando la curva de su hombro—. Me gusta esa estrategia.

Al llegar al restaurante, la atmósfera era gélida. En la mesa central, rodeado de sombras, los esperaba un hombre que no aparentaba más de treinta y cinco años. Su rostro era de una belleza casi artificial, y su sonrisa, una línea perfectamente trazada que no llegaba a sus ojos glaucos.

—Julian Vane. Elena Castel. La pareja que quemó el mundo para poder reinar sobre sus cenizas —dijo el hombre, poniéndose en pie—. Soy Sebastian Vane. Vuestro primo... o al menos eso dicen los registros que mi padre intentó borrar.

El impacto fue silencioso pero devastador. Julian se quedó inmóvil, su mandíbula apretada hasta que el hueso se marcó bajo la piel. Sebastian era el hijo ilegítimo del tío de Julian, aquel que supuestamente se había perdido en un accidente de aviación en los Alpes.

—¿Sebastian? —Julian pronunció el nombre como si fuera un insulto—. Mi tío no tuvo hijos. Fue una de las condiciones de Madeline para dejarlo vivir en paz.

—Madeline no lo controla todo, aunque le guste creerlo —Sebastian hizo un gesto para que se sentaran—. Mi padre me escondió en Europa, financiando mi educación con el dinero que le robaba a los Vane. Ahora que él ha muerto y Madeline está en una jaula, he venido a reclamar lo que la biología me otorga: el cincuenta por ciento de Vane-Castel Holdings.

Guerra Fría en el Ático

Regresaron al ático con el sabor amargo de la traición familiar renovada. Sebastian no quería dinero; quería el trono. Tenía documentos legales, pruebas de ADN certificadas y, lo más peligroso de todo, el respaldo de los antiguos aliados de Madeline que veían en él una versión más manejable y menos volátil que Julian y Elena.

—No podemos pelear esto en los tribunales, Julian —dijo Elena, caminando descalza por el mármol del salón—. Él tiene la legitimidad que nosotros perdimos cuando quemamos los puentes con los accionistas tradicionales.

Julian estaba de pie frente al mueble bar, sirviéndose un whisky puro. Sus manos, normalmente firmes, tenían un ligero temblor de rabia contenida.

—Él no es un Vane. Es un parásito con un papel firmado —gruñó Julian—. Voy a destruirlo antes de que pueda convocar la primera junta de accionistas.

Elena se acercó a él, quitándole el vaso de la mano y obligándolo a mirarla. La tensión sexual entre ellos, siempre presente, se mezclaba ahora con la necesidad de supervivencia.

—No, Julian. No vamos a usar la fuerza bruta. Sebastian cree que somos predecibles. Cree que vamos a reaccionar como Madeline: con veneno y sombras. Vamos a darle exactamente lo que quiere, pero con un precio que no podrá pagar.

El Beso de la Conspiración




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.