El silencio que siguió a la caída de Sebastian no fue el de la paz, sino el de una tregua armada. Nueva York, bajo el manto de un invierno que se negaba a ceder, parecía una maqueta de cristal y acero esperando ser quebrada. En el piso sesenta de la torre Vane-Castel, el aire estaba tan cargado de electricidad estática que cada roce con las superficies de mármol provocaba una chispa.
Elena Castel estaba de pie frente al ventanal, observando cómo la nieve empezaba a empañar los bordes del cristal. Llevaba un vestido de punto color crema que contrastaba con la dureza de su expresión. En su mano derecha sostenía un informe impreso, un objeto físico en un mundo digital, porque sabía que lo que contenía era demasiado peligroso para que tocara cualquier red inalámbrica.
—Sebastian era el ruido, Julian —dijo ella, sin girarse—. Pero el silencio que ha dejado es lo que me preocupa.
Julian estaba sentado en su escritorio de obsidiana, con la luz de tres monitores reflejándose en sus pupilas. Se había quitado la chaqueta y la corbata; los primeros botones de su camisa estaban desabrochados, revelando la tensión en los músculos de su cuello.
—El silencio significa que los que lo financiaron están recalculando —respondió él, su voz era un barítono bajo que vibraba en el espacio vacío—. Lux Mundi no es una firma de capital riesgo, Elena. Es un consorcio de familias de la vieja Europa que consideran que nuestro apellido es una mancha en su historial de inversiones. Para ellos, no somos empresarios; somos usurpadores.
Julian se levantó y caminó hacia ella. Se detuvo a su espalda, pero no la tocó. No todavía. El respeto mutuo que se profesaban ahora incluía una comprensión táctica de sus espacios de pensamiento.
—¿Qué hay en el informe? —preguntó él.
—La autopsia financiera de la madre de Sebastian —Elena se giró, entregándole los papeles—. Ella no murió de causas naturales en Ginebra. Fue silenciada seis meses antes de que Sebastian apareciera en Nueva York. Y el que autorizó el pago de la clínica fue el mismo bufete de abogados que gestiona las cuentas de fideicomiso de los Castel en el extranjero.
Julian frunció el ceño, hojeando las páginas.
—Eso implicaría que alguien de tu familia, alguien con más peso que Víctor, ha estado moviendo los hilos desde el principio.
—Alguien que sabe que nuestra unión no es solo una fusión de empresas, sino una amenaza para el orden establecido —Elena se acercó a él, acortando la distancia—. Alguien que nos quiere muertos antes de que la junta de accionistas de primavera ratifique nuestra soberanía total.
El pacto de la medianoche
La cena de esa noche fue una farsa de normalidad. Se sentaron en el comedor formal, rodeados de obras de arte que valían más que la mayoría de los países pequeños, pero solo comieron por inercia. La tensión sexual, ese hilo invisible que siempre los mantenía unidos y al mismo tiempo en vilo, tiraba de ellos con una fuerza renovada por el peligro.
—Si no podemos confiar en los registros de los Castel y los Vane —dijo Julian, dejando los cubiertos con un tintineo seco—, tenemos que crear nuestra propia base de datos. Una que no dependa de la herencia, sino de la inteligencia pura.
—Ya he empezado —Elena sonrió con esa malicia que Julian encontraba irresistible—. He movido nuestros servidores principales a una plataforma offshore en aguas internacionales. Ni siquiera la Interpol puede tocarnos ahora. Estamos fuera de la red, Julian. Somos los fantasmas de nuestro propio imperio.
Julian la miró, y por un momento, el hombre de negocios desapareció para dejar paso al hombre que la amaba con una ferocidad que lo asustaba. Se levantó, rodeó la mesa y la tomó por las manos, obligándola a ponerse de pie.
—Eres una mujer peligrosa, Elena Castel.
—Y tú eres el único hombre lo suficientemente loco como para querer dormir a mi lado —replicó ella, rodeando su cuello con sus brazos.
El beso fue una colisión de urgencias. Había hambre en sus labios, una necesidad de reafirmar que estaban vivos frente a la conspiración que los rodeaba. Julian la alzó, sentándola sobre la mesa de caoba, apartando los platos de porcelana con un movimiento brusco. El sonido de la vajilla rompiéndose contra el suelo fue el disparo de salida.
Se amaron allí mismo, entre los restos de una cena aristocrática y la frialdad del mármol, en una ceremonia de posesión y entrega que no entendía de contratos ni de apellidos. En ese momento, no eran Vane o Castel; eran fuego y deseo, una unidad indivisible que desafiaba a los fantasmas de sus padres.
La danza del invierno
A las tres de la mañana, la nieve cubría por completo la ciudad. Elena estaba envuelta en una manta de lana, sentada en el suelo del salón frente a la chimenea apagada. Julian estaba a su lado, con un portátil sobre las rodillas, rastreando una serie de transferencias que acababan de aparecer en su radar.
—Lo tengo —dijo él, su voz cargada de una satisfacción gélida—. La firma digital. No es un Castel, ni un Vane. Es un código que mi padre usaba en los años ochenta cuando hacía negocios con el bloque del Este.
—¿Qué significa? —preguntó Elena, acercándose para ver la pantalla.
—Significa que hay una tercera familia involucrada. Una que se mantuvo en las sombras mientras los Castel y los Vane se despedazaban entre sí. Los Romanov-Sloan. Ellos compraron la deuda de tu padre cuando fue a la cárcel y luego se la vendieron a Madeline a cambio de los derechos de explotación minera en los Urales.