El estruendo del jarrón de la dinastía Ming al hacerse añicos contra la puerta principal del ático fue el disparo de salida. Los fragmentos de porcelana saltaron como metralla, incrustándose en la madera noble, justo en el momento en que los ascensores se abrían para dejar paso al servicio de seguridad y a dos analistas de riesgos que palidecieron al unísono.
—¡Fuera de mi vista, Julian! —el grito de Elena desgarró el aire cargado de la mañana—. ¡No voy a permitir que tu arrogancia hunda lo único que mi padre construyó con sangre!
Julian Vane salió al pasillo, ajustándose los puños de una camisa que estaba visiblemente arrugada, con una expresión de desprecio tan pura que incluso a Elena, que conocía la coreografía, le dio un vuelco el corazón.
—¿Tu padre? —se mofó él, su voz era un trueno gélido—. Tu padre fue un peón que se dejó devorar por sus propios sentimientos. Si este imperio se mantiene en pie, es porque mis manos están en el volante. Si quieres jugar a las casitas, vete a uno de tus áticos en París. Aquí se hace lo que yo digo.
—¡Este matrimonio fue el peor error de mi carrera! —rugió ella, lanzándole una carpeta llena de documentos que se dispersaron como pájaros heridos por todo el vestíbulo—. ¡Considera nuestra alianza terminada!
Julian se acercó a ella, invadiendo su espacio personal hasta que sus narices casi se rozaron. La tensión eléctrica que emanaba de ambos no era fingida; era la energía acumulada de años de rivalidad, ahora canalizada hacia una mentira necesaria.
—No me obligues a destruirte, Elena. Porque sabes que, si lo intento, no quedará ni el recuerdo de tu apellido.
Él se giró bruscamente, ignorando a los testigos que grababan la escena con sus teléfonos y dispositivos ocultos, y entró en el ascensor. Cuando las puertas de metal se cerraron, Elena se dejó caer en un sillón de terciopelo, cubriéndose la cara con las manos. Los sollozos que emitía eran lo suficientemente convincentes para que, en menos de diez minutos, la noticia del "Colapso Final Vane-Castel" fuera la tendencia número uno en los terminales de Bloomberg.
La danza en el abismo
Mientras el mundo financiero se convulsionaba ante la noticia de la ruptura, la realidad se tejía en un canal de comunicación que no existía para los radares de Alexandra Romanov-Sloan.
Elena, ya en su despacho privado y bajo un bloqueo de señales absoluto, activó una pantalla táctil oculta en el fondo de su caja fuerte. Un segundo después, la imagen granulada de Julian apareció. Estaba en el asiento trasero de su coche, y su rostro ya no mostraba odio, sino una concentración letal.
—¿Cómo ha estado mi actuación? —preguntó ella, limpiándose una lágrima inexistente.
—Un poco melodramática con el jarrón Ming, pero efectiva —respondió Julian, y una sombra de sonrisa cruzó sus labios—. El mercado de valores ha reaccionado exactamente como predijiste. Las acciones de la fusión están cayendo un 12% por hora. Alexandra empezará a comprar en breve.
—Deja que compre, Julian. Deja que se llene las manos de lo que ella cree que son restos —Elena se inclinó hacia la cámara—. He activado el protocolo "Espejo". Todas las acciones que ella adquiera a través de sus empresas pantalla están vinculadas secretamente a la deuda tóxica que Sebastian dejó en Suiza. Ella no está comprando nuestro imperio; está comprando nuestra quiebra programada.
—¿Y qué hay de la anulación? —la voz de Julian se volvió seria—. Si la fiscalía recibe esos papeles antes de que terminemos la maniobra, perdemos la inmunidad conyugal. Podrían obligarme a testificar contra ti sobre los movimientos de capital de tu tío Víctor.
Elena guardó silencio un momento. La línea entre la farsa y el miedo real se volvía borrosa cada vez que mencionaban la posibilidad de ser legalmente separados.
—No lo harán —dijo finalmente—. Porque antes de que el sobre llegue a la fiscalía, Alexandra tendrá que dar la cara para firmar la toma de control. Y ahí es donde el fuego entre enemigos dejará de ser una actuación.
El Santuario de los lobos
La estrategia requería que se mantuvieran físicamente alejados durante setenta y dos horas. Setenta y dos horas en las que Elena tendría que soportar el asedio de la prensa y Julian tendría que negociar con los buitres de Lux Mundi que ya rodeaban el cadáver de su supuesta relación.
Para Elena, la soledad del ático se convirtió en una tortura. Cada rincón le recordaba a Julian: el aroma a cedro en las sábanas, la marca de su vaso de whisky en la mesa, el silencio donde antes había una disputa intelectual que siempre terminaba en una pasión abrasadora.
La segunda noche, el intercomunicador privado sonó. No era Julian. Era una videollamada de la prisión de Bedford Hills.
La imagen de Madeline Vane apareció en la pantalla. Se veía más delgada, pero sus ojos seguían siendo dos pozos de ambición insaciable.
—Has aprendido bien, Elena —dijo Madeline, sin preámbulos—. Esa escena en el vestíbulo fue digna de una reina del drama. Pero ten cuidado. Mi hijo tiene una tendencia natural a creerse sus propias mentiras. Si juegas a que lo odias demasiado tiempo, podrías despertar un día y descubrir que él ya no recuerda cómo amarte.
—Julian no es como tú, Madeline —respondió Elena con frialdad—. Él no necesita el odio para sobrevivir.
—Todos los Vane necesitan el odio, querida. Es lo que nos mantiene calientes cuando el mundo se congela. Solo te llamaba para decirte que Alexandra tiene un as bajo la manga que Julian ignora. Pregúntale por la "Cláusula de la Viuda".