El amanecer sobre el Distrito Financiero tenía un color cobrizo, como si la atmósfera todavía estuviera impregnada por el incendio simbólico que Julian y Elena habían provocado en la junta extraordinaria. Alexandra Romanov-Sloan había sido expulsada, pero el vacío que dejó en el mercado era un agujero negro que amenazaba con succionar la estabilidad que tanto les había costado conseguir.
Elena estaba sentada en el borde de la inmensa cama de roble del ático, con las sábanas de seda negra enredadas en sus piernas. El silencio de la habitación era denso, interrumpido solo por el siseo del sistema de climatización y el eco de sus propios pensamientos. A su lado, el espacio estaba vacío; Julian se había levantado horas antes, incapaz de dejar que su mente descansara mientras el mundo exterior intentaba asimilar el golpe de Estado corporativo que acababan de ejecutar.
Se puso en pie y caminó hacia el ventanal. Nueva York parecía una maqueta de cristal esperando ser quebrada. Sus dedos rozaron la marca en su muñeca, la cicatriz del búnker que ahora servía como su recordatorio más constante: la seguridad era una mentira, y el amor, en su mundo, era la forma más alta de espionaje.
El Santuario de Papel
Encontró a Julian en la biblioteca, un espacio de paredes forradas de cuero y estanterías que albergaban manuscritos antiguos y secretos modernos. Estaba de pie frente a una pizarra de cristal, llenándola de ecuaciones financieras y nombres de bancos offshore. No llevaba camisa, y la luz de la mañana resaltaba la tensión en su espalda.
—Alexandra no se ha ido, Elena —dijo él sin girarse, como si pudiera sentir su presencia—. Sus abogados han solicitado una orden de restricción contra nuestra toma de control de la deuda. Dicen que el paquete de "activos de lujo" que les vendimos fue un fraude deliberado.
Elena se acercó y apoyó la cabeza en su hombro desnudo, sintiendo el calor de su piel y el pulso acelerado de su rabia.
—Por supuesto que fue un fraude. Ella quería devorarnos, nosotros le dimos veneno envuelto en seda. Lo que importa es cuánto tiempo tardará el juez en darse cuenta de que no hay un contrato firmado por ti que especifique la naturaleza de esos activos.
Julian se giró, tomándola por la cintura. Sus ojos estaban inyectados en sangre, pero su sonrisa era letal.
—No hay contrato. Solo hubo un acuerdo verbal grabado en una sala que legalmente estaba bajo un protocolo de confidencialidad absoluta. Ella no tiene nada, excepto el odio de los Romanov.
—Y eso es lo más peligroso —susurró ella, besando la curva de su cuello—. El odio sin recursos es una bomba de tiempo.
La invitación de las sombras
A mediodía, la burbuja de su victoria volvió a agrietarse. Un sobre de papel kraft, ordinario y sin remitente, fue deslizado bajo la puerta del ático. Dentro no había fotos ni amenazas, sino una llave de hotel de una cadena de bajo coste en los suburbios de Nueva Jersey y una nota escrita con una caligrafía temblorosa que Elena reconoció al instante.
“Vengan solos. Antes de que el 14 de mayo se repita por última vez. —V.”
—Víctor —dijo Elena, sintiendo un nudo de hielo en el estómago—. Pensé que lo habíamos expulsado de la ciudad.
—Un hombre como Víctor no se va de la ciudad hasta que ha quemado todos sus puentes —Julian tomó la llave—. Él sabe algo sobre el fondo Aqueronte que ni siquiera mi madre nos dijo. Algo que Alexandra está dispuesta a matar por conseguir.
—¿Y si es una trampa? —preguntó ella, cruzando los brazos—. Podría estar trabajando con Alexandra para atraernos fuera de nuestra zona de seguridad.
Julian la miró con esa intensidad que siempre la hacía sentir que él podía leer cada uno de sus miedos.
—Es una trampa, Elena. Siempre lo es. Pero si no vamos, pasaremos el resto de nuestras vidas mirando por encima del hombro, esperando que el fantasma de tu tío dispare desde la oscuridad.
El descenso al inframundo
El motel en Nueva Jersey era el reverso exacto de su vida de áticos y chóferes. Olía a tabaco rancio y a desesperación. Julian y Elena caminaron por el pasillo de alfombra desgastada, con las manos cerca de las armas ocultas que ahora eran parte de su vestimenta diaria.
Cuando la puerta de la habitación 214 se abrió, no encontraron al Víctor Castel arrogante que los había desafiado en la sala de juntas. En su lugar, había un hombre demacrado, con el traje de lino sucio y los ojos desorbitados por el pánico. Tenía una botella de ginebra barata en una mano y una pistola vieja en la otra.
—Han tardado demasiado —dijo Víctor, su voz era un hilo quebrado—. Ella viene. Alexandra no quiere el dinero, idiotas. El dinero es solo la excusa.
—¿De qué estás hablando, Víctor? —Elena dio un paso al frente, tratando de mantener la calma mientras Julian cubría el ángulo de la puerta—. Danos la información y te sacaremos del país.
Víctor soltó una carcajada que terminó en un ataque de tos.
—¿Sacarme? No hay lugar donde esconderse de lo que los Romanov-Sloan realmente son. Escuchen bien, porque es la única verdad que les queda. La fusión de 1995 no fue para unir los imperios. Fue para crear una base de datos biométrica de todos los accionistas mayoritarios. El fondo Aqueronte no es capital... es información.
Julian se tensó.
—¿Qué clase de información?
—Pruebas —susurró Víctor, acercándose a ellos con un olor fétido—. Pruebas de que el padre de Julian y el padre de Elena estaban involucrados en un proyecto de vigilancia gubernamental que salió mal. Los Romanov-Sloan lo financiaron. Si esa información sale a la luz, el gobierno de los Estados Unidos confiscará cada centavo, cada edificio y cada patente de Vane-Castel. No quedará nada. Ni siquiera vuestras vidas.