Fuego entre Enemigos

Capítulo 16: El protocolo de la ceniza

La paz de las Bahamas era un espejismo diseñado para hombres que buscaban el retiro; para Julian Vane y Elena Castel, era una sala de guerra con vistas al turquesa. El sol tropical, lejos de suavizar sus facciones, parecía tallar sus rostros en una determinación de diamante. El refugio de la fundación científica no era más que una cáscara para el centro de mando más avanzado que la tecnología cuántica podía sostener fuera de los radares gubernamentales.

Elena estaba de pie en la terraza de la villa, observando cómo un dron de vigilancia de largo alcance regresaba de patrullar el perímetro marítimo. Llevaba una túnica de lino blanco que se agitaba con la brisa salina, pero en su mano sostenía una tableta de titanio que mostraba el pulso sangrante de los mercados europeos.

—Alexandra ha mordido el anzuelo —dijo Elena sin girarse, escuchando los pasos descalzos de Julian sobre la madera de teca—. Ha movido sus fondos de reserva para intentar cubrir la brecha que dejamos en Luxemburgo. Cree que todavía estamos jugando a la defensa.

Julian se detuvo detrás de ella, colocando sus manos sobre los hombros de Elena. El contraste entre la calidez del sol y la frialdad de los datos en la pantalla era la atmósfera perfecta para ellos.

—Ella siempre subestimó tu capacidad para el caos, Elena —murmuró Julian, su voz vibrando cerca de su oído—. Cree que, porque nos quitó el rascacielos de Manhattan, nos quitó el suelo. No sabe que ahora somos el aire que respira.

La danza del colapso

La estrategia de Julian y Elena había pasado de la supervivencia a la aniquilación selectiva. No buscaban recuperar sus miles de millones; buscaban que el nombre Romanov-Sloan fuera sinónimo de toxicidad financiera. Desde su satélite privado, el "Ícaro", estaban inyectando micro-fluctuaciones en las cuentas de Alexandra, haciendo que sus algoritmos de trading se volvieran paranoicos.

—Si logramos que venda su participación en el gasoducto del Báltico antes del cierre de Frankfurt —explicó Elena, señalando una línea roja que oscilaba violentamente—, se quedará sin liquidez para pagar a los mercenarios que tiene buscándonos.

Julian la giró para que lo mirara. Sus ojos, antes llenos de la sombra de sus padres, ahora brillaban con una claridad absoluta.

—Ya no se trata solo de dinero, Elena. Se trata de justicia. La "Cláusula de la Viuda", el fondo Aqueronte... todo fue diseñado para que nos matáramos. Pero aquí estamos.

Él la atrajo hacia sí, y el beso que compartieron fue una mezcla de alivio y una pasión que se alimentaba del peligro. En esa isla aislada, cada vez que sus cuerpos se encontraban, era una reafirmación de que habían vencido al destino. Ya no había rivalidad, solo una sincronía letal.

El visitante inesperado

Sin embargo, el destino no se deja vencer tan fácilmente. A media tarde, el sistema de alerta temprana del satélite emitió un tono bajo y constante. Una embarcación se aproximaba, pero no era una lancha de asalto ni un guardacostas. Era un velero antiguo, de madera pulida y velas negras, que navegaba sin transpondedor.

—No está en nuestros registros —dijo Julian, sus dedos volando sobre el panel de control de la villa—. Y no responde a las señales de advertencia.

—Mira la proa, Julian —Elena amplió la imagen térmica—. El mascarón es un águila bicéfala de plata.

Julian palideció.

—Es el barco personal de Silas Thorne. El abogado de mi madre.

Diez minutos después, el anciano desembarcaba en el muelle privado. No traía armas, solo un maletín de cuero desgastado y una expresión de derrota que no encajaba con el hombre que una vez manejó los secretos más oscuros de la élite de Nueva York.

—¿Cómo nos encontraste? —preguntó Julian, interceptándolo en la playa con una pistola oculta tras la espalda.

Thorne se detuvo, jadeando ligeramente por el esfuerzo.

—No los encontré yo, muchacho. Los encontró la sangre. Madeline está muerta.

El silencio que siguió fue más denso que la humedad del trópico. Elena se acercó, sus ojos escaneando el rostro de Thorne en busca de una mentira.

—Murió en la cárcel hace tres horas —continuó Thorne, con la voz quebrada—. Un ataque al corazón, según el informe oficial. Pero ella sabía que venía. Me dejó esto para ustedes.

El testamento del incendio

Dentro de la villa, Thorne abrió el maletín. No contenía dinero ni documentos legales, sino una serie de grabaciones en cinta de audio antigua y una llave de latón que parecía sacada de otro siglo.

—Madeline nunca fue una mujer de sentimientos, Elena —dijo Thorne, mirando a la pareja—, pero era una mujer de deudas. Ella sabía que los Romanov-Sloan nunca los dejarían en paz, ni siquiera después de que ustedes entregaran la información al FBI. Este es el "Protocolo de la Ceniza".

Julian activó el reproductor. La voz de Madeline, gélida y autoritaria incluso desde la tumba, llenó la sala.

"Julian, Elena... si están escuchando esto, es porque mi tiempo en el tablero ha terminado. Me odian, y tienen razón. Los crié para ser armas, y me alegra ver que han disparado contra el objetivo correcto. Alexandra no se detendrá hasta que Vane y Castel sean cenizas. Pero se olvidó de que yo guardé la cerilla. Esa llave abre una caja de seguridad en el Banco del Vaticano. Allí encontrarán las órdenes originales firmadas por la familia Romanov para el 14 de mayo. No son solo negocios, hijos míos. Es una confesión de asesinato estatal. Úsenla y quemen su mundo hasta los cimientos."
Elena sintió que el suelo temblaba. Madeline les estaba entregando la cabeza de Alexandra desde el más allá.




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