Túnez no era un refugio; era un sudario de polvo y especias que cubría las identidades que Julian y Elena habían decidido asesinar. El calor del norte de África no se parecía en nada al aire acondicionado filtrado de los rascacielos de Manhattan. Aquí, el aire pesaba, olía a gasóleo, a salitre y a la angustia sorda de quienes viven en los márgenes del mundo.
Caminaban por las callejuelas de la medina de Bizerta, un laberinto donde las sombras eran lo suficientemente largas como para ocultar a dos fantasmas. Julian, con el brazo izquierdo inmovilizado bajo una chilaba de algodón tosco y el rostro cubierto por una barba de varios días, parecía un mercenario europeo que había visto demasiadas guerras. Elena, con un pañuelo de seda oscuro que ocultaba su cabello y gran parte de su rostro, mantenía la barbilla alta, pero sus ojos escrutaban cada rincón con la paranoia de un depredador herido.
—No podemos quedarnos aquí más de cuarenta y ocho horas —murmuró Julian, su voz apenas un susurro que se perdía en el bullicio de los mercaderes—. El pulso electromagnético del Lázaro habrá dejado una huella térmica que los satélites de vigilancia de baja órbita acabarán por triangular. Si los Romanov tienen a alguien en la base de Sigonella, sabrán que un "evento anómalo" ocurrió en este cuadrante.
Elena asintió, sintiendo el peso de la pequeña bolsa de lona que llevaba al hombro. No contenía joyas, sino lo que Julian llamaba "el kit de resurrección": un par de pasaportes de alta calidad emitidos por una nación que ya no existía, y una serie de microchips que contenían las llaves de acceso a las últimas cuentas de "dinero muerto" que Madeline nunca llegó a descubrir.
—Necesitamos un transporte que no use combustible inyectado —dijo ella, señalando un viejo camión Bedford que cargaba cajas de naranjas—. Cualquier cosa fabricada después de 2010 tiene un transpondedor pasivo que puede ser activado remotamente. Si queremos desaparecer de verdad, tenemos que retroceder cincuenta años en tecnología.
La subasta del alma
Se detuvieron en un café de mala muerte en las afueras del puerto, un lugar donde el suelo era de tierra batida y los hombres jugaban al dominó como si la vida les fuera en cada ficha. Julian se sentó de espaldas a la pared, con la mano derecha apoyada en la mesa, cerca de la empuñadura de su cuchillo. Elena se sentó frente a él, su rodilla rozando la suya bajo la mesa. Ese contacto era su único ancla, el recordatorio de que no eran solo dos extraños huyendo en el desierto.
—¿Sientes eso? —preguntó Julian, sus ojos fijos en la entrada.
—¿El qué?
—La resonancia. Estamos fuera del sistema, Elena. No tenemos una junta de accionistas, no tenemos una red Ícaro, no tenemos un nombre que haga temblar a la gente. Y sin embargo, nos tienen más miedo ahora que cuando teníamos los miles de millones.
Elena sonrió, una sonrisa gélida que cortaba el aire como una cuchilla.
—Tienen miedo porque somos la única variable que no pueden comprar. Alexandra Romanov-Sloan entendía el dinero. Entendía el poder. Pero no entiende a dos personas que prefieren ser "nadie" a ser sus siervos. Somos el fallo en su matriz.
Un hombre bajo, con un parche en el ojo y una cicatriz que le recorría el cuello, se acercó a su mesa. Se llamaba Malek, un contrabandista que Julian había contactado a través de una frecuencia analógica antes de destruir el velero.
—El transporte hacia Argelia está listo —dijo Malek en un francés tosco—. Pero el precio ha subido. Dicen que hay gente en el puerto de Túnez preguntando por un hombre con tu descripción. Americano. Pálido. Con ojos de asesino.
Julian no parpadeó. Sacó una pequeña moneda de oro de un bolsillo oculto y la deslizó sobre la mesa. No era una moneda de curso legal; era un Krugerrand sudafricano, el oro físico que Madeline siempre decía que era el único seguro contra el colapso de la civilización.
—No te pago por tu información, Malek. Te pago por tu silencio —dijo Julian, su voz era puro hielo—. Si vuelves a mencionar mis ojos o mi descripción a alguien que no sea tu esposa antes de morir, me aseguraré de que no necesites ese parche para nada, porque no te quedará rostro.
Malek tomó la moneda y desapareció en las sombras.
El desierto del deseo
Esa noche, se escondieron en un almacén de lana en las afueras de la ciudad, esperando la señal para partir hacia la frontera. El olor a animal y a polvo era asfixiante, pero era seguro. En la penumbra, Julian se quitó la chilaba y Elena examinó la sutura de su hombro.
—Está aguantando —dijo ella, sus dedos trazando la línea de los puntos con una delicadeza que la sorprendió a sí misma—. Pero vas a tener una cicatriz de por vida.
—Otra más —respondió Julian, mirándola a los ojos—. Cada marca en mi cuerpo cuenta la historia de un enfrentamiento contigo. Esta es la primera que cuenta la historia de cómo me salvaste.
Julian la atrajo hacia sí, su mano derecha hundiéndose en el pañuelo que cubría su cabeza hasta que este cayó al suelo, dejando libre su cabello oscuro. En ese almacén miserable, rodeados de sacos de lana y el sonido lejano de los perros aullando a la luna, la pasión volvió a estallar con la misma fuerza que en el bático de Manhattan. Pero esta vez, no era una lucha por el dominio. Era una lucha por la pertenencia.
—No quiero volver a ser Elena Castel —susurró ella, sus labios rozando los de él—. Quiero ser la mujer que te vio sangrar en mitad del océano y decidió que tu vida valía más que todos los imperios del mundo.