El Atlas no es solo una cordillera; es un laberinto de piedra y tiempo que devora a los que no tienen raíces. Para Julian Vane y Elena Castel, las primeras setenta y dos horas tras la aniquilación del Sector Zero fueron una lección de humildad biológica. Ya no eran los amos del capital, los estrategas que movían billones con un parpadeo; eran dos organismos compuestos de agua y voluntad, intentando que el desierto no reclamara sus restos.
Caminaban por un cauce seco, un wadi que serpenteaba entre desfiladeros de roca roja. Julian lideraba la marcha, su zancada todavía firme a pesar de la fiebre que empezaba a arder en su hombro herido. Elena lo seguía, manteniendo un ritmo constante, su mirada fija en el horizonte donde el cielo se fundía con la calima. No hablaban. El silencio era una medida de ahorro energético, una forma de preservar la poca humedad que quedaba en sus pulmones.
Cuando el sol alcanzó su cenit, el calor se volvió una presencia física, una mano pesada que los obligó a buscar refugio en la oquedad de una cornisa caliza. Elena ayudó a Julian a sentarse, notando con preocupación el rubor antinatural en sus mejillas.
—Estás ardiendo, Julian —dijo ella, su voz era una lija de seda.
—Es el precio por quemar el mundo, Elena —respondió él, con una sonrisa que apenas lograba ocultar el dolor—. La ironía es que ahora daría toda la red Ícaro por un antibiótico de diez dólares.
Elena se sentó a su lado, abriendo su pequeña mochila. Solo les quedaba un sorbo de agua y un puñado de dátiles secos que habían trocado en un asentamiento nómada antes de que los Romanov los interceptaran.
—No vamos a morir aquí —sentenció ella, tomando la cara de Julian entre sus manos sucias. Sus ojos se clavaron en los de él con una ferocidad que Manhattan nunca conoció—. Hemos sobrevivido a nuestras familias, a los mercenarios y a la tecnología más avanzada del planeta. No voy a dejar que una infección y un poco de arena terminen nuestra historia.
Julian cerró los ojos, disfrutando del contacto de las manos de ella.
—Nuestra historia... ¿Qué historia es esa, Elena? ¿La de dos depredadores que se quedaron sin presas? ¿O la de dos huérfanos que jugaron a ser dioses?
—Es la historia de los que aprendieron a verse en la oscuridad —respondió ella, inclinándose para besar su frente—. Descansa. Yo vigilaré.
La noche del juicio
La noche cayó como un telón de obsidiana, trayendo consigo un frío que calaba hasta los huesos. Elena alimentó una pequeña hoguera con raíces secas, manteniendo la llama lo suficientemente baja para no atraer miradas indiscretas, pero lo bastante viva para ahuyentar a los fantasmas.
Julian deliraba a intervalos. Hablaba en sueños de cifras, de nombres de bancos que ya no existían, de la voz de su madre en la catedral. En un momento dado, se incorporó bruscamente, con los ojos desorbitados.
—¡Elena! ¡La frecuencia! ¡Están triangulando el pulso! —gritó, agarrándola por los hombros con una fuerza desesperada.
—Shh, Julian. Ya no hay frecuencias. No hay satélites. No queda nada arriba —lo calmó ella, envolviéndolo en la manta térmica—. Estamos solos. Estamos a salvo.
Él se relajó contra ella, su respiración volviéndose más lenta.
—A salvo... —susurró—. Qué palabra tan extraña. Significa que ya no tenemos nada por lo que luchar, ¿verdad?
—Significa que ahora luchamos por nosotros —dijo Elena, mirando hacia las estrellas.
Esa noche, en la soledad del Atlas, la pasión regresó, pero despojada de la violencia y la urgencia de sus encuentros anteriores. Fue una comunión de piel contra piel, un intento de recordarse el uno al otro que seguían siendo de carne y hueso. Se amaron bajo la manta térmica, con el sonido del viento silbando entre las rocas como única música de fondo. En ese acto, no buscaban el dominio, sino la confirmación de su existencia. Eran Julian y Elena, reducidos a su esencia más pura: dos almas buscando refugio en el cuerpo del otro en mitad del vacío.
El encuentro en la frontera
Al cuarto día, cuando sus fuerzas estaban a punto de flaquear, el paisaje cambió. El ocre del desierto empezó a ceder ante el verde polvoriento de los olivos. Habían cruzado el corazón de la cordillera y se encontraban en las estribaciones que daban a la costa argelina.
En un camino de tierra, se toparon con un viejo camión de carga detenido por un pinchazo. El conductor, un hombre de rostro surcado por arrugas profundas y ojos que habían visto demasiadas fronteras, los observó con una mezcla de curiosidad y cautela.
Julian dio un paso adelante, usando el poco francés que le quedaba en su mente febril.
—Necesitamos transporte hacia la costa. Podemos pagar.
—¿Pagar con qué? —preguntó el hombre, mirando sus ropas desgarradas—. Parecen salidos de una tumba.
Elena se acercó, quitándose un pequeño pendiente de platino que había pasado desapercibido durante todo su calvario. Era una pieza minimalista, el último vestigio de su antigua riqueza.
—Con esto —dijo ella, poniéndolo en la palma callosa del conductor—. Vale lo suficiente para comprar diez camiones como este.
El hombre examinó la joya, luego los miró a ellos. En sus ojos no hubo codicia, sino una especie de respeto ancestral hacia los que han cruzado el infierno y han vuelto para contarlo.
—Suban —dijo, señalando la caja del camión, llena de sacos de harina—. La frontera es un lugar confuso estos días. Si guardan silencio, quizás el mar los reciba.