El Sáhara no es una ausencia de vida, sino una presencia absoluta de indiferencia. Para Julian Vane y Elena Castel, el desembarco en la costa argelina fue el fin de la humedad y el inicio de una desecación del alma. El aire de El Marsa no soplaba; golpeaba. Era un viento cargado de partículas de sílice que se filtraban en los poros, en las costuras de sus ropas mojadas y en las fisuras de su resolución.
Caminaron durante tres horas por la falda de los acantilados, alejándose del lugar donde la balsa neumática se desinflaba como el pulmón de un gigante caído. Julian lideraba la marcha, su mano derecha aferrada a la empuñadura de la Beretta, no por paranoia, sino por la necesidad de sentir algo sólido, frío y mecánico en un entorno que se volvía gaseoso debido al calor ascendente. Elena caminaba a su lado, con el rostro cubierto por un retal de lino que había rescatado de la barcaza. Sus ojos, rojos por la salitre y el cansancio, escrutaban el horizonte con la precisión de un halcón que ha olvidado cómo volar pero no cómo cazar.
—Estamos cruzando el paralelo 36 —dijo Elena, su voz era un hilo seco que se perdía en el rugido del viento—. Según el mapa de Aqueronte, el contacto en El Marsa debería estar en una antigua estación de telégrafos francesa, tres kilómetros al interior. Si no está allí, Julian, solo somos dos turistas con un testamento de cenizas en mitad de una guerra civil larvada.
Julian no respondió de inmediato. Se detuvo en la cresta de una duna de piedra y miró hacia atrás. En el mar, la columna de humo de la Sainte-Marie era ya solo un borrón gris contra el azul cobalto.
—El contacto estará allí, Elena. Madeline no dejaba cabos sueltos. Si este lugar fue diseñado como su ruta de escape, la logística estará operativa. El problema no es el contacto. El problema es lo que viene después.
—El Atlas —susurró ella.
—El Atlas —confirmó él—. El Panteón. Si logramos llegar a esa estación de retransmisión, el mundo que conocimos dejará de existir antes de que termine la semana.
El santuario de la estática
La estación de telégrafos era una ruina de adobe y hormigón que parecía haber sido escupida por la montaña. Rodeada de alambre de espino oxidado y nidos de ametralladoras vacíos, la estructura conservaba un aire de autoridad colonial que el desierto aún no había logrado digerir.
Al acercarse, una figura emergió de las sombras del porche. Era un hombre bajo, vestido con un uniforme militar descolorido y una cheche que ocultaba casi todo su rostro. Sostenía un rifle de asalto con la familiaridad de quien lleva una prótesis.
—¿Buscáis el eco o la voz? —preguntó el hombre en un francés con un acento cerrado del Magreb.
Julian dio un paso al frente, bajando su arma pero sin guardarla.
—Buscamos el silencio que viene después del trueno —respondió, recitando el santo y seña grabado en la carpeta de cuero.
El hombre asintió y bajó el rifle.
—Soy Omar. Vuestra madre pagó mi jubilación hace quince años, señor Vane. Dijo que algún día el hijo del hierro vendría buscando la llave del aire. No esperaba que trajera a una Castel con él.
Elena se adelantó, quitándose el velo. Su rostro, cubierto de polvo blanco, conservaba una belleza feroz que hizo que Omar retrocediera un paso.
—Los tiempos cambian, Omar. A veces las deudas de sangre se pagan con la misma moneda.
La liturgia del refugio
Dentro de la estación, el aire era fresco y olía a aceite de motor, té a la menta y papel viejo. Omar los llevó a una habitación trasera donde un ventilador de techo giraba con un chirrido rítmico que recordaba el latido de un corazón cansado. Había comida: dátiles, pan plano y agua fría en vasijas de barro.
Julian se desplomó en una silla de madera. El agotamiento, que había sido mantenido a raya por la adrenalina del naufragio, lo golpeó con la fuerza de un derrumbe. Elena, sin embargo, se acercó a una mesa llena de equipos de radio antiguos que, milagrosamente, parecían estar operativos.
—Némesis ha perdido nuestro rastro térmico tras la explosión en el mar —dijo ella, ajustando un dial. La estática llenó la habitación, un siseo que para ella era música—. Pero Alistair Thorne no es estúpido. Estará moviendo activos terrestres hacia los puertos de Orán y Argel. Estamos en una burbuja de tiempo, Julian. Y la burbuja se está haciendo más fina.
Julian la observó. Había algo en la forma en que Elena se movía entre la tecnología, incluso la obsoleta, que le recordaba por qué había sido su rival más temida. Ella no veía cables ni transistores; veía flujos de poder, debilidades estructurales, oportunidades de demolición.
—Ven aquí, Elena —dijo él suavemente.
Ella se detuvo y lo miró. La luz de una lámpara de aceite proyectaba sombras danzantes en las paredes. Se acercó a él y se sentó en su regazo, una posición que en Nueva York habría sido un escándalo y que aquí era una necesidad biológica. Julian la rodeó con sus brazos, hundiendo el rostro en su cuello. Ella olía a sal, a miedo y a una determinación inquebrantable.
—¿Crees que podemos hacerlo? —susurró ella—. ¿Realmente podemos apagar el mundo?
—No vamos a apagar el mundo, Elena —respondió Julian, apretándola contra sí—. Vamos a quitarle el micrófono a los que gritan para que los que susurran puedan ser escuchados. Alexander y Madeline querían el caos para reconstruirlo a su imagen. Nosotros... nosotros solo queremos el caos para poder desaparecer en él.
Se amaron en aquella habitación, sobre un jergón de paja, bajo el giro hipnótico del ventilador. Fue un encuentro despojado de toda la sofisticación de sus vidas pasadas. No había estrategias, ni susurros de adquisiciones, ni la sombra de sus padres observando desde los marcos de oro. En el corazón de Argelia, en una estación de telégrafos que el tiempo había olvidado, Julian Vane y Elena Castel se convirtieron en el origen y el fin de su propio universo. Sus cuerpos, marcados por la travesía, se reconocieron con una urgencia que era a la vez un adiós al pasado y un bautismo en la ceniza.