Fuego entre Enemigos

Capítulo 36: La resonancia de los espectros

El aire dentro del Panteón no era simplemente aire; era una sustancia densa, ionizada, que sabía a estática y a siglos de polvo mineral procesado por filtros de carbón que Madeline Vane había mandado a fabricar en una fundición clandestina en los Urales. El zumbido de baja frecuencia que emitía la consola central no era un sonido auditivo, sino una vibración que se instalaba en la base del cráneo, una percusión electromagnética que parecía sincronizar el pulso de los presentes con el latido de la propia montaña.

Julian Vane mantenía la mano derecha firme sobre la maleta de comunicaciones. Sus ojos estaban fijos en la pantalla de cristal líquido que parpadeaba con el progreso de la carga. 45%... 48%... El Reinicio Maestro no era un comando de software común; era la liberación de un virus lógico diseñado para propagarse a través de la infraestructura física del mundo, utilizando los mismos cables submarinos y repetidores de microondas que Julian y Elena habían ayudado a financiar en su vida anterior.

Elena Castel estaba arrodillada junto a la terminal secundaria, sus dedos volando sobre una superficie táctil que reaccionaba al calor de su piel con la agilidad de un organismo vivo. Su rostro, bañado por el resplandor ámbar de las luces de emergencia, mostraba una concentración casi mística.

—Están forzando la esclusa exterior, Julian —dijo ella, sin apartar la vista de los flujos de datos—. Los Liquidadores de Thorne tienen un decodificador de pulsos térmicos. Han sacrificado a Omar. El sensor de la entrada acaba de registrar una firma de calor que no es humana. Un robot de demolición de grado táctico.

Julian apretó los dientes. La muerte de Omar, el hombre que había guardado el secreto de su madre durante quince años, se sumaba a la lista de deudas que el sistema nunca podría pagar.

—¿Cuánto tiempo, Elena?

—Necesito que el búfer de salida llegue al 60% para que el pulso sea irreversible. Si cortan la energía antes de eso, la señal se disipará en la corteza terrestre y solo habremos logrado encender una bombilla en mitad del desierto.

Julian miró hacia el túnel de acceso. Las sombras se alargaban, proyectadas por las linternas de los hombres que avanzaban por el corredor de roca. El Panteón, diseñado para ser un santuario, se estaba convirtiendo en una ratonera de alta tecnología.

La anatomía del sacrificio

Julian se separó de la consola y caminó hacia un armario de acero empotrado en la roca, cuya existencia solo conocía por los susurros de su madre en las noches de insomnio. Lo abrió con un código manual. Dentro, descansaba una pieza de ingeniería que parecía fuera de lugar en una instalación de comunicaciones: un rifle de pulsos electromagnéticos de corto alcance, una de las pocas unidades experimentales que la Fundación Vane desarrolló antes de que el Pentágono cancelara el contrato.

—Voy a ganar esos doce puntos porcentuales, Elena —dijo Julian, comprobando la carga de la batería del arma—. Quédate en la terminal. Pase lo que pase, no detengas la secuencia.

Elena se detuvo y lo miró. Por un segundo, la estratega implacable, la mujer que había hundido divisas enteras con un clic, desapareció. En su lugar, solo quedó Elena, la mujer que había cruzado un océano y un desierto de la mano del hombre que se suponía debía destruir.

—Julian... si el pulso se activa mientras estás en el corredor, tu sistema nervioso podría entrar en colapso. El rifle de pulsos crea una retroalimentación en este entorno cerrado.

—Nuestros padres diseñaron este lugar para que nosotros lo activáramos juntos —respondió Julian, con una sonrisa triste que no llegó a sus ojos—. Quizás este sea el último acto de obediencia que les debemos. O el primero de nuestra libertad.

Se besaron en mitad del zumbido, un choque de labios que sabía a polvo y a una verdad que ya no necesitaba palabras. Julian se dio la vuelta y se adentró en la penumbra del corredor, dejando a Elena sola con la maquinaria de la anarquía global.

El choque de eras

El corredor de acceso al Panteón era una garganta de piedra y metal donde cada sonido se multiplicaba por diez. Julian se agazapó tras una columna de refuerzo, sintiendo el frío de la roca atravesar su ropa sudada. Al final del túnel, el resplandor de las linternas tácticas se hacía más brillante. Escuchó el sonido metálico de las orugas de un dron de asalto y el paso rítmico de botas militares sobre el polímero.

—¡Vane! —la voz de Alistair Thorne retumbó en las paredes, distorsionada por un comunicador—. Sabemos que estás ahí. Sabemos lo que intentas. No seas un mártir por un mundo que no te lo agradecerá. Entrega el protocolo Aqueronte y te daremos una salida. Una vida nueva en las Seychelles. Borraremos tu nombre de la red. Serás invisible, como siempre quisiste.

Julian no respondió. El silencio era su único aliado. Sabía que Thorne no estaba allí físicamente; estaba hablando desde un búnker en Londres o un centro de mando en la base de Rota, transmitiendo su voz a través de los hombres que acababan de asesinar a Omar.

—La invisibilidad no es un regalo que tú puedas dar, Thorne —susurró Julian para sí mismo, ajustando la mira del rifle—. La invisibilidad es un derecho que nos habéis robado.

El dron de asalto dobló la esquina, un pequeño tanque negro con cámaras infrarrojas que giraban buscando calor humano. Julian esperó a que la máquina estuviera a menos de diez metros. Apretó el gatillo.

No hubo una explosión sonora, sino un restallido azulado, un arco voltaico que iluminó el túnel como un relámpago en una cueva. El dron se detuvo en seco, emitiendo un chirrido de metal torturado mientras sus circuitos se freían en su propio aceite. Julian no se detuvo. Salió de su cobertura y disparó de nuevo contra el primer grupo de Liquidadores que aparecía tras la máquina caída. El pulso EMP inutilizó sus visores nocturnos y sus sistemas de puntería inteligente, dejándolos ciegos en la oscuridad total del Panteón.




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