Fuego entre Enemigos

Capítulo 37: La geografía de la amnesia

El Panteón, tras el estallido del Reinicio Maestro, se sumió en un silencio que no era de este mundo. No era la ausencia de ruido, sino la presencia de un vacío sónico absoluto. Las máquinas, que durante treinta años habían mantenido un zumbido de baja frecuencia casi biológico, ahora eran solo carcasas de metal frío y plástico inerte. El resplandor ámbar de las luces de emergencia había dado paso a una oscuridad cavernosa, rota únicamente por el fulgor moribundo del núcleo geotérmico que se filtraba a través de las rejillas del suelo como la sangre de un titán herido.

Julian Vane permanecía de rodillas, con el rifle de pulsos humeando a su lado. Sentía el sabor a cobre en la boca y un pitido agudo en los oídos que le recordaba que su sistema nervioso acababa de ser atravesado por la mayor descarga electromagnética de la historia. Elena lo sostenía por los hombros, su cuerpo temblando por la descarga de adrenalina y el peso de la decisión que acababan de tomar.

Frente a ellos, los cuatro Liquidadores que habían logrado irrumpir en la sala central parecían estatuas de sal. Sus movimientos eran torpes, casi cómicos. Uno de ellos se arrancó el casco táctico, cuya pantalla interna se había fundido sobre su ojo derecho, emitiendo un grito de frustración y dolor. Sin el apoyo del enlace satelital, sin la corrección de tiro por infrarrojos y sin las órdenes directas de Alistair Thorne resonando en sus cráneos, no eran más que hombres asustados en una cueva en mitad de Argelia.

—¡Fuego! —gritó el líder de los mercenarios, pero su voz sonó pequeña, despojada de la autoridad que otorga la omnisciencia tecnológica.

Los disparos resonaron en la cámara con un estruendo ensordecedor. Julian reaccionó por puro instinto de supervivencia, arrastrando a Elena tras la base de la consola central de mármol y acero. Las balas rebotaban contra el blindaje del equipo, arrancando chispas que iluminaban fugazmente sus rostros demacrados.

—Ya no tienen ventaja, Julian —susurró Elena, su mano buscando la Beretta que Julian llevaba en el cinturón—. Son analógicos. Igual que nosotros.

La anatomía del combate ciego

Julian le entregó el arma. Él apenas podía mover el brazo izquierdo, entumecido por la retroalimentación del rifle de pulsos.

—El Panteón tiene un sistema de supresión de incendios por halón. Si logramos activarlo manualmente, el aire se volverá demasiado denso para que puedan apuntar con claridad. Y nosotros conocemos la salida trasera. Ellos no.

—La palanca de purga está junto al nodo sur —dijo Elena, señalando hacia la oscuridad a su derecha—. Yo te cubro.

Julian se lanzó hacia el suelo, arrastrándose entre las sombras. Elena se asomó por el borde de la consola y disparó tres ráfagas cortas y precisas. No buscaba matar, sino fijarlos en sus posiciones, obligarlos a recordar que en la oscuridad, el miedo es un multiplicador de fuerzas.

Los Liquidadores respondieron con fuego de cobertura, pero sus ráfagas eran erráticas. Estaban acostumbrados a la guerra de precisión, al combate donde el enemigo es una mancha térmica en una pantalla. Aquí, en el vientre del Atlas, solo tenían el destello de los fogonazos y el eco engañoso de las paredes de roca.

Julian alcanzó la palanca de purga. Con un gruñido de esfuerzo que le desgarró los pulmones, tiró de ella.

Un siseo masivo llenó la sala. El gas halón inundó el ambiente, creando una niebla blanca y pesada que se arrastraba por el suelo y enturbiaba la visión. Los mercenarios empezaron a toser; el halón desplazaba el oxígeno, y aunque no era letal en dosis bajas, provocaba una desorientación inmediata en hombres que ya estaban al borde del colapso psicológico.

—¡Ahora! —gritó Julian.

Se encontraron en mitad de la niebla. Julian tomó la mano de Elena y la guió hacia el corredor de servicio que Omar le había mencionado antes de morir. Era una abertura estrecha, apenas un tajo en la roca viva que conducía hacia los niveles superiores del monasterio bizantino.

La liturgia de la huida

Subieron por una escalera de caracol excavada en la piedra, con los pulmones ardiendo y los sentidos embotados. Cada escalón era una victoria sobre la gravedad y sobre el pasado. Al llegar a la superficie, el aire frío de la noche argelina los golpeó como una bendición. Estaban en el patio interior del monasterio en ruinas. El silencio exterior era tan absoluto como el del Panteón, pero este era un silencio natural, sagrado.

Julian se detuvo para recuperar el aliento, apoyándose en una columna de mármol erosionada. Miró hacia el cielo. Las estrellas brillaban con una intensidad inusual.

—Mira —dijo Elena, señalando hacia arriba.

En el firmamento, no solo estaban las estrellas. Una serie de puntos brillantes se movían de forma errática antes de desvanecerse en un destello de luz.

—Son los satélites de baja órbita —susurró Julian—. El pulso ha corrompido sus sistemas de posicionamiento. Se están quemando en la atmósfera.

—El cielo se está cayendo, Julian. Literalmente.

Era el espectáculo más hermoso y aterrador que habían visto jamás. La red Némesis, el gran ojo de Argos que Alistair Thorne había utilizado para pastorear a la humanidad, se estaba desintegrando. Millones de dólares en tecnología, décadas de espionaje y control, convertidos en chatarra espacial cayendo sobre el océano.

—Tenemos que movernos —dijo Julian, recobrando la compostura—. Los Liquidadores no tardarán en salir. Y si Thorne ha perdido sus satélites, enviará activos locales por tierra. Argelia está a punto de convertirse en un avispero.




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