Fuego y sangre

Ríndete

Katarina y Logan observaban desde el balcón. El salón estaba abarrotado: máscaras que ocultaban rostros, vestidos de gala que brillaban bajo las luces cálidas, copas que tintineaban en un vaivén constante. La música, escogida por Kat, marcaba un ritmo elegante, tejido con hilos de expectación.

En uno de los bordes, Rowe charlaba con Elaine, Malena y Charles. Este último, copa en mano, señalaba la stolla blanca que vestía Malena con gesto didáctico. Logan no necesitaba escuchar: podía adivinar el comentario exacto, como si Charles hubiese nacido para convertir cualquier prenda en un tema académico.

—Seguro está dando una lección sobre la simbología de las vestales —murmuró Logan, ladeando la boca en una media sonrisa.

Kat siguió su mirada y sonrió apenas. Estiró la mano hasta alisar la solapa de su saco, con una intimidad sencilla, y luego rodeó su cuello con los brazos.

—Disfruto más viéndolos desde aquí —dijo en voz baja—. Podría quedarme en este balcón hasta el final.

Logan arqueó una ceja.

—Yo ni siquiera quiero estar aquí —replicó, directo—. Preferiría estar en casa contigo.

Hubo un silencio breve, cargado. Ella lo miró con una chispa curiosa. Logan bajó la voz, como si el balcón pudiera volverse confesionario.

—Esta noche pensaba proponerte matrimonio. Fue la razón real de organizar la fiesta. —Suspiró, entre la culpa y la ironía—. Pero después de lo que pasó en Roma, y por mi estupidez, tuve que mentir a mis socios y decir que era un agasajo para ellos.

Kat lo besó. No con prisa ni teatralidad, sino con la certeza de que no había otra respuesta posible. Cuando se apartó apenas, sin soltarlo, clavó los ojos en los suyos.

—La única estupidez que te he visto hacer —dijo— fue comprometerte con otra.

La frase lo atravesó. Logan sostuvo su mirada sin pestañear, con el dolor apenas contenido en los ojos.

—¿Alguna vez me lo perdonarás?

—Ya lo hice. Pero nunca lo olvidaré.

El peso de la respuesta quedó suspendido entre ellos. Fue interrumpido por un hombre con camiseta negra y letras blancas que decían Staff, que se acercó con discreción.

—Ya es hora.

Logan extendió la mano. Kat puso la suya sobre la de él. El zafiro de su anillo brilló con un destello que no pasó desapercibido. Era un recordatorio: el verdadero motivo de la velada seguía intacto.

Ambos eran los únicos que no llevaban máscaras.

El murmullo se detuvo en cuanto comenzaron a descender por la escalera de mármol blanco. El contraste era absoluto: el terciopelo negro del vestido de Kat absorbía la luz a cada paso, mientras que el traje oscuro de Logan imponía sobriedad. El salón entero pareció inclinarse hacia ellos, aunque nadie se moviera.

Llegaron al centro. Kat avanzó hasta el estrado improvisado. Tomó el micrófono con la misma seguridad con la que otras veces había sostenido símbolos más antiguos y pesados.

—Quiero darles las gracias —dijo, proyectando la voz sobre el silencio expectante—. A cada uno de ustedes por estar aquí esta noche. A nuestras familias, a quienes confiaron en nosotros cuando todo era apenas una idea en la sala de Elaine Sharp, donde vendíamos fotos y noticias improvisadas, con más fe que recursos.

No nombró a nadie, pero su mirada se detuvo unos segundos hacia Malena. Bastó ese gesto para que el mensaje llegara donde debía.

—Hoy estamos aquí porque seguimos creyendo. Porque quienes apostaron por nosotros cuando éramos solo un proyecto siguen apostando todavía. Y eso es lo que más valor tiene.

Hubo aplausos. No estruendosos, pero sentidos. Kat devolvió el micrófono. Logan lo tomó con una sonrisa torcida.

—No voy a hacerles un discurso. Ese trabajo se lo dejo a Kat —dijo, arrancando un par de risas—. Yo solo diré que esta noche es para ustedes. Que comience el baile. Y que disfruten la velada.

El DJ, en su cabina, levantó la mano en señal de inicio. Un beat profundo encendió el aire. Las luces se atenuaron y las primeras notas pulsaron en los cuerpos de los invitados.

La pista se llenó de máscaras y vestidos que se movían como si obedecieran a un ritual antiguo. Catalina se mezcló entre ellos. Como anfitriona, no podía rechazar ninguna invitación, aunque sus ojos buscaran, cada tanto, la figura de Logan entre la multitud.

Entonces la música cambió. Un giro inesperado. Una nueva versión de Surrender to Me se deslizó por el salón como un veneno dulce. Catalina percibió la invitación silenciosa de un hombre enmascarado. Dudó. Su instinto gritaba que debía rehusarse. Pero el hábito de anfitriona —y algo más oscuro— movió su mano.

Él la guió al centro de la pista. Sus dedos se cerraron sobre los suyos. La otra mano descendió a su cintura, delimitando un territorio que ya no era suyo. Catalina sintió la respuesta de su propio cuerpo, un estremecimiento que no supo contener.

“So, baby, surrender to me…”

“Así que, nena, ríndete a mí…”

La canción marcaba cada roce. El pecho de él rozaba el suyo en cada giro lento. El calor de su mano se expandía por su cintura como una marca invisible. Catalina supo que debía apartarse, que no podía permitirse un segundo más. Pero había una fuerza superior, como un imán, que la mantenía en esa órbita peligrosa.

Él la miraba desde detrás de la máscara blanca. Y en esa mirada oculta había triunfo. Catalina era un muro sagrado, intocable, y ahora temblaba en sus brazos. Era la grieta que llevaba años esperando. La presa más fuerte, por fin desarmada.

“No habrá contención ahora…”

La respiración de él rozó su oído. Catalina cerró los ojos un instante, perdida en el filo entre el miedo y el deseo.

—Así que, nena, ríndete a mí —susurró, con la calma de un verdugo que disfruta cada segundo antes del golpe.

El pulso de Catalina estalló en sus sienes. No era una súplica: era una orden disfrazada de caricia. Y lo peor era que su cuerpo obedecía aunque su mente gritara lo contrario.




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