Katarina abrió la puerta. Jonathan estaba en el umbral, de pie, con Malena dormida en sus brazos. Ella seguía vestida con la stolla, como si el sueño la hubiese sorprendido antes de poder despojarse de ese disfraz demasiado solemne para ella. El contraste era inquietante: una prenda concebida para templos, juramentos y ceremonias romanas, arrugada ahora en los brazos de un hombre que nada tenía que ver con ese mundo.
Jonathan no dijo nada al entrar. La sostuvo como si fuera lo más natural del mundo, con esa mezcla de firmeza y cuidado que Kat nunca le había visto a nadie más hacia su hermana. Ella indicó con un gesto la habitación donde debía dejarla. Jonathan cruzó el pasillo, abrió la puerta con el hombro y la depositó sobre la cama, apartando el cabello de Malena de su rostro con un movimiento tan íntimo que a Kat se le encogió el corazón en el pecho. Después, Rowe, alisó las sábanas con el dorso de la mano, asegurándose de que Malena quedara bien cubierta.
Kat lo observaba desde el marco de la puerta, inmóvil. La escena le resultaba extraña: Jonathan, un extranjero, un hombre sin lazos de sangre, se comportaba como si hubiera estado destinado a velar por Malena desde siempre, mientras que ella —la gemela, la que compartía la misma sangre con esa mujer— se sentía casi una intrusa en ese momento. Había algo incómodo en esa constatación, que él pareciera saber más de Malena que ella misma, su hermana.
Jonathan permaneció unos segundos más inclinado sobre ella. El silencio de la habitación era apenas roto por la respiración tranquila de Malena, regular, confiada, como si en ese lecho no hubiera peligro alguno. Cuando se enderezó, se quedó todavía sentado al borde de la cama, con las manos sobre las rodillas, como si le costara desprenderse de esa mujer. Al fin, se levantó despacio y cerró la puerta con extremo cuidado, como si incluso el más leve chasquido pudiera perturbar el sueño recién conseguido.
Al salir, la encontró frente a frente. Kat lo esperaba apoyada en la pared del pasillo, los brazos cruzados, la expresión tan neutra como cuando en el pasado aparecía en las noticias, un gesto de mármol aprendido. La dureza de esa mirada contrastaba con la ternura que acababa de presenciar.
—La conoces mejor que yo —dijo, sin rodeos.
Jonathan parpadeó, sorprendido por la franqueza.
—No lo creo. Solo… sé escucharla.
—Eso basta —replicó Kat—. Yo apenas compartí con ella unos años y no llegué a conocerla. Roma decidió por nosotras, a mí me llamó perfecta, a ella defectuosa. Y ahí se quebró todo.
Jonathan frunció el ceño.
—¿Defectuosa por qué?
—Porque no la eligieron a ella —contestó Katarina con frialdad—. Isabella entregó una de sus hijas para salvarse¹. Para salvar a un cobarde. Yo fui la que quedó en Roma. Malena se fue con Sebastián.
Hubo un silencio incómodo. Jonathan se apoyó contra la pared, procesando cada palabra.
—Entonces… tu madre. ¿Cómo era? Malena nunca habla de ella.
Kat ladeó apenas la cabeza, estudiando la pregunta. Eligiendo la mejor respuesta.
—Isabella Cornelia fue la vestal más amada de Roma. Tenía todo el respeto del pueblo, la admiración de la Curia, la gracia de los dioses… hasta que eligió el amor. En nuestra cultura la libertad no existe. Si perteneces a la aristocracia no se te permite amar. Isabella eligió a Sebastián, su escolta. Y Roma no perdona la rebeldía.
Jonathan se pasó una mano por el rostro.
—Y Malena creció bajo esa sombra. Explica muchas cosas.
—Aunque después viviera en tu país, ella lleva la marca de los Cornelii. El pueblo romano no olvida. Aunque la hayan llamado “defectuosa”, sigue siendo hija de Roma. Malena lo sabe.
Jonathan sostuvo su mirada, firme.
—Para mí no es una Cornelii ni una Fabius. Para mí es Malena. Cuando llegó a mi empresa, mintió en su currículum ¿Sabes?. Pudo haber sido el final, pero fue lo contrario; demostró que aprendía rápido, que podía adaptarse, que podía trabajar conmigo hombro con hombro. Durante cinco años me mostró que nada la detiene. Ni los obstáculos, ni los prejuicios.
Avanzó medio paso, bajando la voz.
—¿Quieres saber qué la hace especial? Que debajo de esa fachada torpe y frágil, hay una fuerza inquebrantable. Yo lo vi desde el primer día. Y desde entonces, nada me hizo dudar.
Kat lo observó con atención, como si intentara encontrar una grieta en su certeza. Pero no la encontró. Lo que Rowe decía no venía de Roma, ni de la sangre, ni de las genealogías que ella había aprendido a usar como armas. Venía de la convivencia, del roce cotidiano, de un mundo que no se regía por la Curia ni por los votos sagrados.
Por primera vez, Katarina comprendió que entre ella y su hermana había un muro más alto de lo que imaginaba. Y que el hombre que ahora la desafiaba con la mirada era quizá el único que había aprendido a escalarlo.
Para mí siempre será Malena Fabius, pensó, el centro de su universo. Y ese contraste la inquietaba, porque ella misma no había sido nunca el centro del suyo.
***
Jonathan despertó temprano, cuando apenas entraba un resplandor tímido por las cortinas. Lo primero que vio fue a Malena, dormida a su lado. Su respiración era tranquila, los labios entreabiertos, un mechón de cabello despeinado cubriéndole la frente. La stolla, aún puesta, se arrugaba en pliegues caóticos, transformando aquella prenda solemne en algo íntimo, vulnerable.
Las palabras de Katarina le golpearon de nuevo: “Defectuosa”. Ese juicio implacable, repetido durante años, había sido el sello que Roma le había impuesto a Malena. Jonathan apretó la mandíbula. ¿Cómo podía alguien verla así, con esa inocencia tan desarmante, y llamarla defectuosa? Para él no había nada más lejos de la verdad.
Se inclinó despacio, apartando con cuidado el mechón rebelde de su frente. El roce de sus dedos fue tan leve que parecía temer romper el momento.
—Eres perfecta… completamente perfecta —murmuró, con una ternura que lo sorprendió a sí mismo.