El procedimiento habitual habría sido trasladar a Malena al departamento de policía. Pero ese día nada era habitual.
Por instrucción de sus superiores —y a pedido expreso de Logan Sharp—, el interrogatorio se llevó a cabo en la casa. El secuestro de Jonathan Rowe ya era noticia: a esas horas los medios olfateaban la primicia y arrojarla a la calle hubiera sido entregarla en bandeja.
En el estudio, el oficial de policía escribía en una laptop cada palabra que Malena pronunciaba, con la precisión de quien sabe que todo puede ser usado más tarde en tribunales. Logan permanecía junto a la pared, con los brazos cruzados, la mandíbula tensa. Catalina, en un rincón, observaba en silencio.
Malena estaba sentada frente al escritorio. Se abrazaba a sí misma, frotándose los codos como si buscara espantar un frío que venía de dentro. Los ojos hinchados, la voz rota por el llanto.
—Una SUV negra se puso a la par del taxi… —comenzó con un hilo de voz—. Fue en un alto, en un cruce de calles.
El oficial levantó apenas la mirada, pero siguió escribiendo.
—De inmediato bajaron… hombres vestidos de negro. Encapuchados. Nos apuntaron con armas. Primero a mí, después a Jonathan.
Malena cerró los ojos, intentando reconstruir cada segundo.
—El conductor… al principio levantó las manos. Pero enseguida buscó algo debajo del asiento. Tal vez un arma. —Su respiración se entrecortó—. Uno de los encapuchados lo golpeó en la cabeza. Con tanta fuerza que pensé que lo había matado.
Las lágrimas comenzaron a rodar. El oficial dejó de teclear y, con tono profesional pero humano, preguntó:
—¿Quiere parar y continuar más tarde?
Malena negó con brusquedad.
—No. Debo contarlo todo.
Tomó aire, y continuó:
—Jonathan me abrazó, intentó cubrirme. Ellos abrieron la puerta de su lado. Lo tiraron… lo arrastraron fuera del taxi. —Abrió los ojos, pero la imagen seguía intacta, quemada en su memoria—. No pude hacer nada. Solo gritar.
Se llevó una mano a la boca, sofocando un sollozo. Luego prosiguió con un esfuerzo visible:
—Uno de ellos se inclinó hacia mí… y en perfecto latín me ordenó que pusiera la cabeza entre las piernas y contara hasta cien. Dijo que, si no lo hacía, jamás volvería a ver a Jonathan.
Logan bajó la vista. Catalina apretó los brazos contra el pecho.
—Obedecí… —la voz de Malena se quebró, cargada de culpa—. Lo hice como me dijo. Me quedé así… contando… hasta que ya no supe si lloraba o si respiraba.
El oficial asentía mientras tecleaba, con el mismo pulso imperturbable.
—Me pareció extraño —dijo ella entonces, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano—. Esa calle estaba vacía. Era de mañana, pero no había nadie. Y… el taxi tomó una ruta más larga. Yo la repasé antes de salir, como lo hice siempre durante estos cinco años. No era la correcta.
Las últimas palabras quedaron flotando en el aire. El oficial siguió escribiendo. Logan la miró en silencio, reconociendo en ella una mezcla de fragilidad y lucidez que lo conmovió. Catalina, desde el rincón, veía a su hermana como nunca antes: quebrada, pero decidida a no callar nada.
El relato había transformado la sala en algo más que un simple estudio.
El oficial levantó la vista de la laptop.
—Señora Rowe… —su tono fue pausado—, ¿cómo llegó aquí, a la casa del señor Sharp, después del suceso?
Malena tragó saliva, las manos entrelazadas sobre su regazo.
—Cuando llegué a cien… —dijo, con un murmullo quebrado—, bajé del taxi. Caminé sin rumbo, con la mente en blanco. No recuerdo cuánto tiempo. Solo seguí andando hasta que llegué a una avenida. Allí levanté la mano al primer taxi que pasó.
Su voz temblaba, pero era clara.
—Los hombres… no me quitaron nada. Conservaba mis documentos, mi bolso, todo. Y lo único que pude recordar fue la dirección de esta casa. Se la di al conductor y le pedí que me trajera hasta aquí.
El oficial se quitó los lentes, los sostuvo un segundo entre los dedos y llevó un dedo a los labios, como si calibrara cada palabra.
—¿Está completamente segura de que el hombre que le habló lo hizo en latín?
Malena levantó la vista, con los ojos húmedos pero firmes.
—Estoy segura. Es el idioma que se habla en la tierra de donde vengo.
Un silencio denso llenó el estudio. Logan y Catalina se miraron de reojo, sin necesidad de palabras: ambos comprendían lo que implicaba. Esa pista no era un detalle aislado. Señalaba de dónde venía el ataque.
El oficial retomó su tono metódico.
—Eso será todo por ahora. Cuando salga de este estudio, un equipo médico la examinará para dejar asentado que se encuentra bien físicamente. También recibirá la asistencia de un psicólogo.
Hizo una breve pausa.
—¿Desea agregar algo más a su declaración?
Malena respiró hondo. Las manos se apretaron en su regazo, y sus labios temblaron antes de pronunciar la frase:
—Solo que espero… que encuentren pronto a mi esposo. Quiero regresar a mi país con él.
La sala quedó en silencio. El oficial cerró la laptop, mientras Logan y Catalina, cada uno desde su lugar, contenían la misma certeza, la declaración de Malena era apenas el comienzo de algo más grande.
Más tarde, un roce extraño arriba alertó a Logan. Subió con pasos firmes hasta el cuarto de huéspedes. Al abrir, descubrió a un hombre colgado a medias desde el balcón, cámara al cuello, intentando enfocar la cama donde Malena intentaba dormir.
Ella se encogió bajo la manta, con el corazón desbocado.
Logan lo sujetó por la capucha y lo arrastró dentro. El intruso forcejeó, pero no tuvo oportunidad. La cámara quedó en manos de Logan, que la apagó antes de tirar de él con fuerza hacia el pasillo.
Bajó las escaleras sin detenerse. El hombre patinaba, mascullando protestas, pero Logan no lo soltó hasta llegar a la puerta principal. La abrió y lo empujó a la calle, frente al enjambre de reporteros que no tardaron en rodearlo.