La autorización llegó más rápido de lo esperado. El mismo oficial que había tomado la declaración de Malena fue quien le informó que podía salir de Canadá. Logan decidió acompañarla. Poseía el quince por ciento de las acciones de la empresa de Rowe y tenía derecho a estar en la junta de emergencia. Catalina se quedó en Vancouver, encargándose de lo que quedaba en pie de la rutina.
El embarque se hizo en un hangar privado. Un chofer los dejó al pie de la escalerilla. El avión esperaba con el fuselaje blanco bajo un cielo gris. Malena se detuvo antes de subir. El aire helado, los escalones demasiado altos, la idea de dejar a Jonathan en tierra, todo se mezclaba en su pecho.
Dos filas de sillones enfrentados y una mesa abatible en el medio. Malena eligió la ventanilla y Logan se acomodó enfrente.
El avión comenzó a rodar hacia la pista. Ella cerró los ojos y contuvo la respiración. El impulso del despegue la empujó contra el asiento y un recuerdo la atravesó.
—La primera vez que subí a un avión fue con Jonathan —murmuró, apenas audible por encima de los motores—. Estaba aterrada. Él me tomó la mano y se quedó conmigo todo el tiempo. Solo así pude hacerlo.
Las lágrimas se deslizaron por sus mejillas.
Logan la observó y esbozó una sonrisa breve.
—A Kat también le costó la primera vez. No era el vuelo lo que la asustaba, era la idea de dejar atrás lo que conocía. Me apretó el brazo con tanta fuerza que casi me lo deja marcado.
Malena soltó una risa frágil, interrumpida por el llanto. El avión ganó altura y con ella la presión en el pecho se hizo más intensa.
Logan se inclinó hacia adelante y extendió la mano. Malena dudó un instante, luego la aceptó. Sus dedos se entrelazaron con fuerza.
—Pronto terminará —dijo él, con voz grave.
Ella asintió, mirando hacia la ventanilla. Las nubes se abrían como un mar blanco bajo ellos. El viaje no solo la alejaba de Canadá, también la llevaba directo al centro de una batalla que no había elegido, pero que debía enfrentar.
El avión descendió entre nubes bajas y un cielo gris que no dejaba ver la ciudad hasta el último momento. Cuando la pista apareció bajo las alas, Malena apretó los apoyabrazos y cerró los ojos. Logan no la soltó hasta que sintió el golpe suave de las ruedas contra el asfalto.
El recibimiento no tuvo nada de cálido. En el hangar esperaba un equipo de seguridad contratado por la empresa, hombres con trajes oscuros y auriculares en el oído. No había periodistas dentro, pero Logan sabía que afuera el cerco ya estaba desplegado.
Los escoltaron hasta una camioneta negra con vidrios polarizados. Apenas las puertas se cerraron, el vehículo se puso en marcha rumbo a Manhattan. Malena permaneció en silencio durante todo el trayecto, con la mirada fija en el celular apagado sobre sus rodillas.
Atravesaron calles bloqueadas por vallas metálicas y llegaron a la sede central de la compañía Rowe Global. El edificio de cristal se levantaba como un muro entre la multitud de reporteros que los esperaba y la vida ordenada que transcurría dentro. Gritos, flashes y carteles con titulares improvisados golpeaban contra las barreras mientras el convoy entraba por un acceso lateral.
En el lobby los esperaba el mismo representante legal que había hablado con Malena desde Canadá. Saludó con una inclinación breve y un gesto de prisa.
—El directorio está reunido en este momento. Les ruego que me acompañen.
El ascensor los llevó hasta el piso más alto. Allí, dos puertas dobles se abrieron para revelar la sala de juntas. Una mesa ovalada, de madera pulida, rodeada por directores que hablaban entre sí en voz baja hasta que Malena cruzó el umbral.
El murmullo se detuvo. Decenas de ojos se posaron sobre ella, no como sobre una víctima de un secuestro reciente, sino como sobre alguien que acababa de heredar una parte incómoda del poder. Logan caminó a su lado y ocupó el asiento reservado a los accionistas principales.
Malena se sentó con rigidez, consciente de que el juicio sobre ella ya había empezado antes de que abriera la boca.
La sala de juntas estaba llena cuando Malena y Logan entraron. La mesa ovalada, de madera oscura y pulida, se extendía bajo una luz blanca que no dejaba lugar a sombras. Decenas de ojos se volvieron hacia ella con una mezcla de sorpresa y desdén.
Los medios ya hablaban del matrimonio desde hacía días, pero en esa mesa nadie lo había tomado en serio. Lo habían tratado como una fakenews, un rumor más en la vorágine mediática que rodeaba el secuestro. Para los accionistas, hasta ese momento, Malena Fabius era apenas la secretaria extranjera de Jonathan, no su esposa legítima.
Mout Girgis presidía la cabecera. El aplomo con que mantenía las manos cruzadas sobre la mesa solo reforzaba la impresión de que había venido a cerrar un capítulo, no a abrir uno nuevo. A su derecha, Erea Rowe sonreía con suficiencia, convencida de que la designación caería sobre ella.
El abogado del directorio se puso de pie y desplegó el sobre lacrado que llevaba consigo.
—En nombre del señor Rowe, procederé a leer este documento de cesión de gestión.
El murmullo cesó de inmediato.
—“En pleno uso de mis facultades físicas y mentales, delego la administración de Rowe Global en la única persona idónea para continuar con mi labor: Malena Valentina Fabius, mi esposa.”
El eco de esas palabras fue más fuerte que cualquier grito. Algunos directores se inclinaron hacia adelante incrédulos. Otros giraron de golpe hacia Malena.
Erea se levantó de la silla con un golpe de rabia.
—Esto no puede ser legal. ¡No puede!
El abogado levantó otra hoja.
—El matrimonio fue registrado y legalizado en la oficina correspondiente. El señor Rowe dejó copias en varias cajas de seguridad. No hay dudas sobre su validez.
El nombre que más dolió escuchar en la sala fue el que vino después. Sybilla, la exnovia de Jonathan, se puso de pie desde un extremo de la mesa. Su rostro estaba encendido de furia.