La mañana en Nueva York se arrastraba gris sobre los ventanales del piso alto. El despacho que había sido de Jonathan Rowe todavía olía a su perfume. Malena ocupaba la silla principal, un lugar que no terminaba de hacer suyo, con la custodia apostada fuera de la puerta. Logan se mantenía de pie junto al ventanal, los brazos cruzados, atento a cada ruido del pasillo.
La recepcionista, Sonia, asomó la cabeza.
—Lena… tu padre ha llegado.
Malena parpadeó, sorprendida, y asintió.
—Hazlo pasar.
El sonido de pasos firmes anunció la entrada de Sebastián Fabius. Apenas cruzó el umbral, no se detuvo. Fue directo a su hija. Malena se levantó, y el abrazo los envolvió como si las semanas de distancia se disolvieran en un solo gesto.
Logan observaba en silencio. La escena no lo sorprendía, pero removía más de un recuerdo. Había conocido a Sebastián en Roma, aunque pocas veces habían cruzado palabras cuando Catalina, después del atentado, necesitó de su sangre para seguir viviendo. Sabía bien quién era Sebastián Fabius, un antiguo guardia Vestal, un hombre que había servido en la misma élite militar que él mismo había jurado proteger. Y también sabía lo que había quedado grabado en los archivos del senado, de la curia; Sebastián había intentado fugarse con Isabella Cornelia, la madre de Malena y Catalina. Una traición imperdonable a la ley sagrada de las vestales.
Ese intento lo había marcado de por vida. En Roma, la condena hubiera sido la ejecución. El exilio fue la única alternativa. Y ahora estaba allí, en el despacho de su yerno secuestrado, abrazando a su hija con la fuerza de quien carga tanto amor como culpas.
Logan apretó la mandíbula. El pasado parecía no dar respiro. Catalina en Vancouver, Malena en Nueva York, y frente a él, el hombre que había encendido aquella huida que había cambiado el destino de todos.
Sebastián se apartó apenas lo suficiente para mirar a su hija.
—No estás sola, Malena.
Ella bajó la vista, con un temblor en la voz que no alcanzó a salir. Logan los observaba, sin intervenir. Las palabras de Sebastián, le recordaron a él mismo diciéndole a Catalina. En su mente, la historia encajaba con una claridad, cada uno de ellos, marcado por Roma, condenado a huir y, aun así, arrastrado una y otra vez a su sombra.
Sebastián se apartó de Malena y giró hacia Logan. Lo miró con seriedad antes de tenderle la mano.
—Sharp.
Logan asintió y le devolvió el gesto. El apretón fue firme, breve, suficiente para marcar respeto sin caer en solemnidades.
—Gracias por estar aquí —dijo Sebastián—. Sé que mi hija no lo estaría sobrellevando si no fuera por tu apoyo.
—No podía dejarla sola en este momento —respondió Logan con calma—. Mi participación en la empresa de Rowe me dio la excusa perfecta para estar a su lado.
El silencio se cargó de un reconocimiento implícito. Sebastián inclinó apenas la cabeza, aceptando la respuesta, antes de preguntar:
—¿Hay alguna novedad del secuestro de Jonathan?
Malena los interrumpió con suavidad, como quien quiere sostener el orden de la conversación.
—Vengan, siéntense.
Los tres ocuparon los sillones de cuero blanco, enfrentados en torno a la mesa baja. El perfume persistente de Jonathan parecía vigilar desde cada rincón.
Logan tomó la palabra.
—Lo único que la policía canadiense tiene son grabaciones de cámaras de seguridad. Ninguna da más que rostros encapuchados y vehículos sin placas. —Se inclinó hacia adelante—. Pero Kat y yo coincidimos en lo mismo. Esto no se planeó aquí. El secuestro se organizó en Roma. Y creo saber quién está detrás.
El gesto de Sebastián cambió de inmediato. La tensión se le marcó en la mandíbula y en la mirada.
—Roma… —escupió la palabra como si le quemara—. Creí que al exiliarme nunca volvería a saber de ellos. Pero parece que nos han seguido hasta el otro lado del mundo.
Logan apoyó los antebrazos sobre las rodillas y habló con un tono bajo, cargado de certeza.
—Es imposible salir del radar de Roma, aunque estés a miles de kilómetros. Siempre encuentran la forma de alcanzarte.
Sebastián lo miró fijo.
—¿Tienes algún contacto que pueda ayudarnos ahora?
Logan pensó en Marcella Aetius. La frumentarii le había ayudado en una ocasión, pero también sabía que Marcella jugaba en varios tableros al mismo tiempo y no estaba seguro de poder contar con ella sin arriesgar demasiado.
—He estado fuera varios años, pero puedo hacer algunas averiguaciones. No prometo nada. No sé si servirá de utilidad.
Sebastián apretó con suavidad la mano de Malena, que lo miraba con ojos enrojecidos.
—¿Es posible que lo hayan sacado ya de Canadá?
—Lo dudo —respondió Logan—. El operativo de seguridad se activó rápido. Lo más probable es que aún lo mantengan cautivo en algún punto dentro del país.
Logan se reclinó en el sillón, pensativo, y luego dejó escapar un resuello corto.
—Solo hay una persona a la que puedo recurrir. Pero es complicado. Incluso en Roma era difícil llegar a ella. Noctem ha estado en la cúspide del poder durante ocho años y, aunque dejara el gobierno, su influencia nunca se diluyó. Tendría que haber pensado en eso antes, pero la urgencia me nubló el razonamiento.
Sebastián entrecerró los ojos.
—Si esa tal Noctem es tu único recurso, lo lógico es intentar contactarla.
Logan sacó el teléfono del bolsillo. Tecleó un mensaje rápido, sin explicar demasiado. Apenas lo envió, la pantalla vibró con una respuesta inmediata: una nota de voz. La reconoció al instante. Marco. Su antiguo compañero, ahora jefe de la guardia.
Reprodujo el audio con el altavoz cerca de su oído. La voz de Marco llegó cargada de familiaridad.
—Flaminio… —usó el nombre que Logan había llevado en la guardia—. Sabes que la ubicación de Noctem es confidencial. Nadie la tiene, al menos oficialmente. Pero te diré algo, creo que está más cerca de ti que de Roma.