Sebastián se levantó del sillón con un movimiento brusco, rodeando la mesa baja hasta quedar frente a ella. Noctem también se puso de pie, el velo negro cubriendo la mitad de su rostro, la espalda erguida como si la disciplina de los años aún la sostuviera.
Sebastián la tomó por los brazos, con fuerza contenida, los ojos ardiendo de preguntas que ya no podían esperar.
—¿Por qué? —su voz salió quebrada, áspera—. Si estabas viva… ¿por qué no me buscaste?
El velo permaneció inmóvil, pero la respiración de Noctem se agitó.
—Lo hice por el bien de todos. —Su tono era bajo, casi un murmullo—. Por nuestras hijas… por ti… por lo que quedaba de nuestra familia. Si me quedaba, los habrían destruido a todos.
Sebastián dio un paso más, reduciendo la distancia hasta sentir el calor de su aliento atravesar la tela. Su mano subió con temblor contenido, intentando apartar el velo. Noctem lo detuvo, apoyando la palma contra su pecho, un gesto más de súplica que de defensa.
—No —susurró.
Pero Sebastián insistió. Su mano volvió a subir, firme, hasta sujetar el velo. Ella no se movió esta vez, y la tela descendió despacio, revelando la verdad oculta durante quince años.
Las cicatrices surcaban la piel de Isabella, desde la mejilla hasta el cuello, líneas irregulares que hablaban de fuego, dolor y supervivencia. Ella bajó la mirada de inmediato, avergonzada, como si mostrarse así fuera una nueva condena.
El silencio pesó unos segundos. Entonces, Sebastián alzó la mano y rodeó con cuidado el rostro de ella. Isabella cerró los ojos. Hacía veintiocho años que no sentía ese tacto, pero lo reconoció como si nunca hubiera desaparecido.
—Eres tan hermosa, Dómina… —murmuró Sebastián, con un hilo de voz cargado de emoción—. Más hermosa que antes.
Noctem mantuvo los ojos cerrados, atrapada en el roce de aquellos dedos que le devolvían la vida misma. Su voz tembló, rota y sincera.
—Siempre quise volver a sentir tu piel, Sebastián.
Él acercó la frente a la suya, con un murmullo ardiente.
—Si me lo permites… nunca más volverás a desear mi toque. Estaré contigo. Siempre.
La respiración de ambos se mezcló. Sebastián la sostuvo con firmeza, como si temiera que al soltarla todo se desvaneciera.
—Nunca he dejado de amarte, Isabella. Ni un solo día.
El velo resbaló aún más, apenas sostenido en un pliegue. Isabella lo miró entonces, y por primera vez en años la dureza de sus ojos cedió.
—Yo tampoco he dejado de amarte. Nunca.
Las palabras quedaron suspendidas, más poderosas que cualquier juramento. Sebastián acarició con el pulgar la línea marcada de una cicatriz, no como una herida, sino como un testimonio de que había sobrevivido. Isabella contuvo el aliento, pero ya no apartó la vista.
Él la acercó despacio, sin urgencias, como si ambos necesitaran saborear la certeza de ese reencuentro. Sus labios se rozaron primero con timidez, como una pregunta. Isabella respondió con un suspiro, y la pregunta se transformó en respuesta.
El beso creció con lentitud, profundo, sellando años de ausencia, de dolor, de memorias enterradas. Todo lo que había quedado suspendido en el tiempo volvió a fluir en ese instante: la pasión contenida, el deseo nunca apagado, la ternura que la vida les había negado durante décadas.
El mundo se redujo al calor de ese contacto. El murmullo lejano del hotel desapareció. Para ellos, solo existía ese beso, detenido en el tiempo, un puente entre lo que fueron y lo que aún podían ser.
Cuando se apartaron apenas, Isabella apoyó la frente en la de Sebastián. Su respiración era entrecortada, pero su voz salió clara.
—Si esto es un sueño, no me despiertes.
Sebastián sonrió apenas, con los labios aún rozando los de ella.
—No es un sueño, Dómina. Es lo único real que nos queda.
Sebastián aún la tenía cerca, sus manos sobre los brazos de Isabella como si temiera perderla otra vez. El beso todavía ardía entre ellos, pero su voz se quebró con el peso de la realidad.
—Nuestra hija nos necesita, Isabella. —Su tono fue grave, urgente—. Malena está sola. Su esposo ha sido secuestrado. Y todo indica que alguien en Roma está detrás de esto.
Isabella respiró hondo, y con un gesto lento volvió a colocarse el velo sobre el rostro. La tela cubrió las cicatrices, devolviéndole la máscara que había aprendido a usar durante años.
—Una sola persona puede estar detrás de esto —dijo con voz tensa—. Luca Visconti.
Sebastián entrecerró los ojos, con la certeza de quien ya había escuchado ese nombre antes.
—Es el mismo que nombró Logan. El prometido de Catalina lo reconoció como sospechoso.
El velo tembló con la exhalación de Isabella.
—Es mi culpa… —susurró—. Acepté su ayuda cuando intentaba cambiar las leyes en Roma. Pensé que podría usar su influencia, que podría controlar hasta dónde llegaba. Pero nadie controla a un Visconti.
Sebastián negó con fuerza, sujetándola de los hombros.
—No cargues con esa culpa. Si no hubieras sido tú, alguien más habría aceptado. Luca siempre encuentra la forma de meterse en las grietas del poder.
Los dedos de Isabella apretaron el borde de la tela, como si necesitara sostenerse de algo para no desmoronarse.
—Sé que ha intentado por todos los medios casarse con Catalina. Lo ha perseguido como una obsesión. Y temo que este secuestro… —su voz se quebró apenas— sea otra forma de manipularla.
Sebastián la miró en silencio, sintiendo la punzada amarga de esa verdad. Isabella bajó la cabeza, el velo ocultando su rostro, pero no la desesperación en su tono.
—Catalina lleva mi apellido, Cornelii. No descansará hasta llevarlo y legitimarse.