Fuego y sangre

La prenda es Catalina

El despacho del hotel estaba sumido en penumbra, iluminado por la lámpara de pie junto al sofá donde Sebastián aguardaba de pie, inquieto. Isabella —Noctem para Roma, Isabella para él— permanecía sentada frente al escritorio, con la stolla negra ajustada sobre los hombros y el velo cubriéndole el rostro como si fuera parte inseparable de su piel. En sus manos, el teléfono fijo.

Marcó el número con calma. Cada tono en la línea era un recordatorio de lo que estaba en juego.

Finalmente, una voz respondió al otro lado. Masculina, seca, entrenada para sonar neutral.

—Oficina del senador Visconti. ¿Con quién hablo?

—Con quien puede decidir si conserva o no su cargo —replicó Isabella, sin elevar la voz—. Dile a tu señor que Noctem solicita una reunión inmediata.

Hubo un silencio breve, seguido de un carraspeo.

—El senador no se encuentra en Roma. Está de viaje por asuntos de la República. No podrá recibirla.

Isabella apoyó el codo en el escritorio, ladeando la cabeza con un gesto de impaciencia.

—¿A dónde fue?

—El destino es confidencial —contestó el asistente, con ese tono ensayado de quienes creen estar protegidos por un título.

Isabella dejó escapar un suspiro lento, casi compasivo.

—Escúchame bien. No tengo interés en repetir esta pregunta dos veces. Si no me dices ahora mismo dónde se encuentra tu senador, en menos de veinticuatro horas tu puesto será ocupado por alguien que sí entiende de jerarquías. ¿Quieres comprobar hasta dónde llega mi influencia, incluso retirada?

Del otro lado hubo un silencio más largo. Podía casi escuchar los engranajes del miedo funcionando en la mente del secretario. Una respiración contenida, un ligero tartamudeo.

—El senador… —dijo al fin, resignado— se encuentra en Manhattan. Atiende asuntos familiares.

Isabella sonrió por primera vez desde que marcó el número. Una sonrisa seca, sin alegría.

—Bien. Ya no me debes nada.

Colgó.

El silencio llenó el despacho. Sebastián, que la había observado todo el tiempo, dio un paso al frente.

—¿Manhattan? —preguntó, incrédulo.

Isabella asintió.

—Ahí está. Y ahí iremos.

Sebastián cruzó los brazos, endureciendo el gesto.

—¿Sabes lo que significa enfrentarlo fuera de Roma? No estará rodeado de senadores, ni de protocolo. Estará en su terreno.

—Y por eso mismo hablará más de lo que debe —replicó ella, con firmeza—. Sé lo que hizo, Sebastián. Jonathan no desapareció por azar. El secuestro fue una jugada de Luca.

Él apretó la mandíbula.

—No tienes pruebas.

—No las necesito —dijo Isabella, mirándolo a los ojos—. Conozco su estilo. Conozco sus métodos. Cuando no logra doblar voluntades en el Senado, las dobla con miedo. Jonathan es solo un instrumento. Lo único que quiere es forzar a Malena y, si no lo logra, a Catalina.

El nombre de su hija retumbó entre los dos como un eco imposible de ignorar. Sebastián se tensó aún más, el recuerdo de los años perdidos ardiendo en su pecho.

—Si eso es cierto —dijo con voz grave—, no esperes que me quede de brazos cruzados. No permitiré que las use. A ninguna de las dos.

Isabella bajó la vista un instante, el velo negro ocultando parte de su expresión. Luego, despacio, apoyó la mano sobre el brazo de Sebastián.

—Por eso te necesito conmigo. No como sombra, ni como escolta. Como padre. Como el único que puede estar a mi lado cuando lo enfrentemos.

Sebastián sostuvo la mirada de ella, firme.

—¿Y qué planeas hacer?

Isabella se incorporó despacio, como si la decisión ya estuviera tomada desde antes de la llamada.

—Primero, exigiré la liberación de Jonathan. Si Luca cree que puede manipular a mis hijas con amenazas, se equivocó de familia.

—¿Y si se niega? —preguntó Sebastián.

La respuesta llegó inmediata, cargada de acero.

—Entonces lo denuncio. Públicamente. No como Isabella, sino como Noctem. Nadie en Roma ignora lo que represento. Aun retirada, mi voz basta para incendiar el Senado. Y Luca no sobreviviría a un escándalo de ese tamaño, no ahora que todavía necesita cimentar sus alianzas.

Sebastián asintió, aunque la desconfianza no lo abandonó.

—Juegas con fuego, Isabella.

—Siempre lo he hecho —replicó ella con una leve sonrisa amarga—. Pero esta vez no lo hago por mí. Lo hago por ellas. Por nuestras hijas.

Hubo un silencio cargado entre los dos. Sebastián se inclinó apenas hacia ella, bajando la voz.

—Si Luca levanta una mano contra ti, no me dettengas. No me importa su título, ni su linaje. Lo mato ahí mismo.

Los ojos de Isabella brillaron bajo el velo. No era miedo lo que mostraban, sino algo mucho más íntimo, la certeza de que, a pesar de los años, Sebastián seguía siendo el mismo hombre que había estado dispuesto a arriesgarlo todo por ella.

—No dejaré que lo hagas —susurró, aunque su voz carecía de convicción—. Necesito que estés a mi lado, no quiero perderte de nuevo.

Sebastián cerró los puños, tragó saliva y finalmente asintió.

—Entonces vamos a Manhattan.

Isabella dio un último vistazo al teléfono sobre el escritorio, como si aún llevara la marca de la conversación recién terminada. Luego tomó su abrigo oscuro y ajustó el velo.

—Ya sabemos dónde encontrarlo —dijo.

***

Manhattan rugía detrás de los ventanales, con su tráfico constante y luces como agujas clavadas en la noche. Isabella —Noctem— se mantenía erguida, vestida de negro riguroso, la tela cayendo con la misma solemnidad que años antes había llevado el blanco de las vestales.

Frente a ella, Luca se sirvió un trago sin prisa. El hielo tintineó en el vaso, más elocuente que cualquier palabra.

—Ordenaste el secuestro de Jonathan Rowe —dijo Isabella sin rodeos. Su voz era baja, firme, de esas que no necesitaban elevarse para que el silencio obedeciera.

Luca arqueó apenas una ceja, como si la acusación le resultara aburrida.




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