Logan había llamado varias veces a Catalina durante el día. Siempre la misma respuesta: silencio. Miraba la pantalla de su teléfono con el ceño fruncido, repasando mentalmente cada una de sus discusiones recientes. Aunque enfadada, ella nunca dejaba una llamada sin responder. Aquella ausencia era distinta. Inquietante.
Malena salió del dormitorio del departamento de Jonathan, ajustándose los botones de la camisa del uniforme que llevaba desde hacía cinco años. Acomodó el cuello con un gesto automático y se detuvo un instante al ver a Logan. Él vestía un traje oscuro, impecable, que bajo la tenue luz del pasillo le dio un aire imponente. Ella recordó, con un nudo en el estómago, las fotografías que Sebastián guardaba en su casa: retratos de otro tiempo, donde hombres semejantes a Logan posaban con la firmeza de quienes habían servido en la guardia.
—¿Estás bien? —preguntó, notando la tensión que se le marcaba en la mandíbula.
Logan guardó el teléfono en el bolsillo interior del saco antes de contestar.
—Sí. No pasa nada.
Malena lo observó unos segundos, queriendo creerle, y no insistió.
—Entonces estoy lista —dijo, conteniendo un suspiro.
Él se colocó unos anteojos oscuros y se acercó. Caminaron juntos hasta la entrada. La puerta se cerró detrás de ellos.
El lobby del edificio los recibió con un murmullo. La seguridad asignada a Malena los escoltaba en formación discreta, atentos a cada movimiento. Cruzaron el vestíbulo sin detenerse y salieron a la calle, donde un auto negro con vidrios polarizados los esperaba. El chofer abrió la puerta trasera.
El aire húmedo les rozó la piel. Afuera llovía con sol. Logan se detuvo un instante para mirar el cielo. Entre las nubes grises asomaban jirones de luz que brillaban de forma inquietante. Recordó una frase de su abuela: “La lluvia con sol es mal augurio”. Apretó la mandíbula y entró en el auto.
El teléfono seguía en su mano, pero en silencio. Ni un mensaje, ni una llamada de Catalina. Nada. Lo miraba de reojo cada pocos minutos, como si esperara un destello en la pantalla que lo sacara de esa incertidumbre.
El auto avanzó con suavidad entre calles encharcadas. Dentro, reinaba un silencio incómodo. Malena retorcía un papel entre los dedos, arrugándolo y estirándolo sin darse cuenta. Fue ella quien finalmente rompió la quietud.
—La entrega del vuelo debería llegar en media hora.
Logan asintió sin apartar la vista de la ventanilla. Apenas la había escuchado. Estaba atrapado en su propio laberinto de pensamientos, cada uno regresando siempre al mismo centro, Catalina.
El trayecto se extendió como una espera interminable, hasta que finalmente llegaron al aeropuerto. El vehículo no tomó el acceso principal, sino un camino lateral que los condujo a un hangar privado, aislado del bullicio de la terminal, la prensa y las miradas indiscretas.
Malena se acomodó en el asiento, con la espalda rígida. Apretaba aún más el papel, esta vez con los nudillos blancos.
—Ya debería arribar —dijo con un hilo de voz—. No falta más de diez minutos.
Logan se inclinó hacia adelante, apoyando los antebrazos sobre las rodillas, la mirada fija en el suelo del auto. No respondió.
Un rugido de las turbinas rompió el silencio tenso. El sonido grave de un avión descendiendo sobre la pista se coló por las paredes del hangar. Malena contuvo el aliento. El vehículo se detuvo. Logan levantó la vista justo cuando la aeronave privada cruzaba el portón abierto, rodando lentamente hasta quedar alineada frente a ellos.
Poco a poco fue apagándose, hasta que solo quedó un eco tímido rebotando en las paredes y el techo alto. La escalerilla descendió con un chirrido metálico.
Malena apretó el papel hasta casi romperlo. Sus labios se movían sin sonido, como si rezara. Logan la observó de reojo. Pocas veces había visto a alguien tan cerca de desmoronarse y, al mismo tiempo, tan empeñado en sostenerse.
La primera figura apareció en la puerta, un guardia vestido de negro, corpulento, de gesto impenetrable. Bajó despacio, examinando el entorno. Otro lo siguió. El corazón de Malena se aceleró, golpeándole las costillas como un tambor.
Y entonces, un tercero descendió. Más alto, de paso firme. La luz del hangar iluminó su rostro.
—Jonathan… —murmuró Malena, apenas audible.
El papel se le escapó de las manos. Corrió hacia la escalerilla sin esperar a que la seguridad confirmara nada.
Jonathan bajó el último peldaño y la atrapó entre sus brazos. El abrazo fue inmediato, desesperado. Malena lo rodeó con fuerza, ocultando el rostro en su pecho. Él inclinó la cabeza, besándola con una urgencia que mezclaba alivio y dolor.
Logan se quedó a unos metros, observando. Su teléfono vibró en el bolsillo. Lo sacó de inmediato, con un presentimiento helado.