La luz dorada de una pequeña lámpara de mesa se extendía sobre la superficie del escritorio, iluminando documentos, un par de libros abiertos y un objeto pequeño que Catalina no dejaba de girar entre los dedos. El anillo. El brillaba como un fragmento de cielo nocturno atrapado en un aro de metal.
Catalina lo observaba con la mirada fija, absorta, como si aquel destello tuviera el poder de mostrarle escenas enteras de su vida. Veía el rostro de Logan, su voz segura, el instante en que ese anillo fue deslizado en su mano con una promesa que parecía imposible de quebrar. Y aun así, todo lo que había pasado desde entonces se le agolpaba en la garganta como una píldora difícil de tragar.
Apoyó los codos sobre el escritorio y sostuvo el anillo entre el índice y el pulgar. Lo hacía girar, una y otra vez, hasta que la piel le quedó roja por la fricción. Una lágrima se deslizó sin aviso, se descendió lenta por la mejilla y cayó sobre el dorso de su mano. No la limpió. La dejó secarse.
“Todo es por mí, por mi culpa.”, pensó.
No era un reproche vago. Jonathan secuestrado, Malena atrapada en un tablero de poder que no había elegido, Logan siendo siempre su caballero de reluciente armadura, enfrentándose a lo que fuera por ella… y Roma. Siempre Roma. Un eco constante que la perseguía sin importar el continente en el que intentara ser alguien distinto.
Giró el anillo una última vez, y lo dejó caer sobre la carta que había escrito horas antes. El zafiro golpeó tímidamente el papel, a Catalina le pareció que el sonido fue como la detonación de un arma. El anillo quedó allí, sobre las palabras escritas con tinta aún fresca, un sello que la apartaba de todo lo que había sostenido hasta entonces.
Se inclinó hacia adelante, contemplando la escena como si ya no perteneciera a ese lugar. La hoja blanca, la caligrafía inclinada, la mancha pequeña de tinta en el margen, el brillo frío del zafiro. Era la imagen de una renuncia. La suya.
Tomó aire, profundo, y buscó el bolso a un costado del escritorio. Lo abrió, revisó sin cuidado su contenido —la billetera, sus documentos, unas llaves—, y lo cerró de nuevo. Colgó la correa sobre su hombro. El peso era mínimo, pero en su mente representaba un equipaje demasiado pesado.
Se puso de pie despacio. Los músculos de las piernas parecían protestar, como si también ellos entendieran que dar un paso significaba no volver atrás. Apoyó la mano sobre la lámpara y dudó unos segundos antes de apagarla. Finalmente lo hizo.
El cuarto quedó sumido en sombras, solo el contorno del anillo brillaba débilmente bajo la luz que se filtraba desde el pasillo. Catalina miró la superficie iluminada por ese reflejo y sintió que el corazón se le comprimía en el pecho.
“Si lo dejo, es el final”, se dijo.
Pero no retiró la mano, no encendió la lámpara de nuevo.
Se dirigió hacia la puerta con pasos lentos. El sonido de sus zapatos contra la alfombra era casi inexistente. Cada paso era un recordatorio de lo que dejaba, Logan, el anillo, la promesa, la ilusión de una vida normal. Todo lo que había tocado terminaba en tragedia, y al fin lo reconocía.
Cuando llegó al umbral, se detuvo. El pomo frío bajo la mano, su mirada se dirigió al escritorio a lo lejos. El anillo seguía allí, sobre la carta. El zafiro parecía brillar más que nunca en la oscuridad.
Una segunda lágrima resbaló, y esta vez Catalina mordió los labios hasta sentir el sabor metálico de la sangre en la boca. No quería sollozar, no quería hacer ruido. Si alguien la escuchaba, si Logan regresaba antes de lo previsto, si la veía ahí… todo se derrumbaría.
“Lo hago por ti”, pensó en silencio, como si pudiera hablarle al hombre que dormía en otra parte del mundo. “Lo hago porque no hay otra forma de protegerte.”
Giró el pomo y abrió la puerta apenas lo suficiente para cruzar. Se dio vuelta una última vez. El escritorio la esperaba en penumbra, cargado con esa carta que nadie más que él debía leer.
Cerró la puerta detrás de ella. El eco de la madera cerrándose. Un sonido que recordaría para siempre.
Se apoyó un instante contra ella, con el bolso colgado del hombro y el pecho agitado. Había cruzado un límite invisible. A partir de ese momento, ya no era la mujer que giraba el anillo entre los dedos. Era otra. Una que se alejaba, derrotada, con la certeza de que nunca regresaría a ese lugar.
Caminó hacia la salida, cada sombra del pasillo le recordaba algo de su vida allí; las risas de Elaine, la discusiones con Logan que siempre terminaban con él cediendo, el eco de la música que los sábados por la mañana sonaba a todo volúmen. Todo parecía desdibujarse a medida que avanzaba, como si cada recuerdo se borrara con la misma facilidad con la que el viento desparrama las hojas en el otoño.
Al llegar al recibidor, se detuvo. Respiró hondo. Se miró las manos vacías. No llevaba anillo. No tenía hogar.
Giró el picaporte de la puerta principal y salió. La noche la recibió y la cubrió como si se tratara de una mortaja. Caminó hacia la calle. Era hora de pagar a Roma por sus pecados.
Pecado Sagrado
Las sombras danzan a la luz de las antorchas,
susurros se alzan, la noche reclama.
Un pecado sagrado, un deleite maldito.
El halo se quiebra, el fuego llama,
los ecos rompen muros consagrados.
Pecado sagrado, que todo empiece.
La luz se extingue, la oscuridad vence.
Pecado sagrado, pecado sagrado,
rompe las cadenas, respíralo hondo.
Lenguas de plata pronuncian mentiras,
cenizas caen donde hubo plegarias,
los ángeles lloran: la batalla ha terminado.
La cruz se dobla, las estrellas arden,
el sabor prohibido se vuelve divino.
Pecado sagrado, que todo empiece.
La luz se extingue, la oscuridad vence.
Pecado sagrado, pecado sagrado,
rompe las cadenas, respira el pecado.