El teléfono volvió a vibrar en la mano de Logan. En la pantalla brillaba un nombre familiar: Elaine. Su madre.
No contestó. No en ese momento. La dejó sonar hasta que la vibración cesó, guardándose el peso de esa llamada en el bolsillo junto con el aparato.
Desde cierta distancia, observó a Malena y Jonathan fundidos todavía en ese abrazo que parecía querer recuperar las semanas que les habían arrebatado. Logan carraspeó, lo justo para recordarles que él seguía allí, de pie, atento, presente.
Jonathan levantó la vista, aún con la emoción ardiéndole en los ojos. Sujetaba a Malena de la mano con una fuerza desesperada, como si temiera que al soltarla pudiera perderla otra vez.
Se acercó a Logan, y sin dudarlo lo abrazó. Fue un gesto firme, agradecido, cargado de la tensión de todo lo vivido.
—Gracias —dijo Jonathan, la voz ronca—. Gracias por cuidarla.
Logan respondió sin titubear, con la misma serenidad que lo caracterizaba:
—Lo había prometido. Y nunca falto a una promesa.
Jonathan asintió despacio, y Malena, aún tomada de su mano, lo miró como si esas palabras hubieran cerrado un círculo imposible de romper.
Jonathan todavía sostenía la mano de Malena con la misma fuerza con la que la había abrazado al descender del avión, como si soltarla significara volver a perderla.
Logan permanecía unos pasos más atrás, serio, con las manos en los bolsillos del saco. Por un instante, Malena se olvidó de que él seguía allí, hasta que un carraspeo breve recordó su presencia.
Ella se volvió hacia él, con un dejo de incomodidad en la mirada.
—Lamento que no puedas quedarte unos días más —dijo, con voz suave pero firme—. Después de todo lo que hiciste… sería bueno tenerte cerca, aunque sea un poco más.
Logan sostuvo su mirada antes de responder.
—Sabes que me encantaría —dijo con calma—. Pero no quiero estar lejos de Catalina más tiempo del necesario. Y también tengo negocios que atender. Mi vuelo sale en menos de una hora.
El gesto de Malena se endureció un poco, como quien comprende pero no puede evitar sentirse decepcionada.
Jonathan dio un paso hacia él, todavía con la emoción a flor de piel.
—No sé cómo agradecerte lo suficiente, Logan. Lo que hiciste por mí… no sé si estaría aquí de no ser por ti.
Logan extendió la mano. Jonathan la estrechó, firme, con el peso de una deuda imposible de pagar.
—No soy yo a quien debes agradecerle —dijo Logan con seriedad—. Dale las gracias a Noctem… y a Sebastián.
Jonathan lo miró con desconcierto.
—¿Noctem? Nunca había oído hablar de ella.
Logan sonrió apenas, con un matiz enigmático.
—No te preocupes. Hoy mismo la verás. Y cuando la conozcas, entenderás lo mucho que le debes.
Jonathan asintió en silencio, aunque la curiosidad seguía marcada en su rostro.
Entonces Logan giró hacia Malena. La abrazó con un gesto breve pero sincero, lo justo para transmitir lo que no podía ponerse en palabras: que había cumplido su promesa y que ahora ella debía cuidar de lo que había recuperado. Malena lo sostuvo un segundo más de lo esperado, con la certeza de que aquel hombre era un muro en medio del caos.
—Cuídense los dos —dijo Logan al soltarlos.
Se alejó con paso firme, el eco de sus zapatos resonando en el piso del hangar. Su figura erguida no se detuvo ni una vez, avanzando hacia la salida como si ya perteneciera a otro mundo.
Malena lo siguió con la mirada, inmóvil, con un nudo en la garganta. Dudó un instante en levantar la mano para despedirse, pero no lo hizo.
Lo último que vio fue la espalda de Logan perdiéndose entre las luces blancas del hangar. Recta, imponente, inalcanzable.
Jonathan apretó sus dedos para devolverla al presente. Ella tragó saliva, sin apartar los ojos de la puerta por donde él había desaparecido.
En su mente quedó grabada una certeza incómoda: algunos hombres, incluso cuando se van, parecen quedarse para siempre.
***
El teléfono vibró otra vez sobre la mesa de vidrio. Logan lo miró de reojo, fastidiado. El murmullo de la sala VIP apenas se mezclaba con el sonido distante de los anuncios en inglés y francés. Él había decidido ignorar cualquier llamada hasta subir al avión. Había hecho su parte, había cumplido su promesa, y todo lo demás podía esperar.
Pero esa punzada en el pecho lo obligó a girar la muñeca. No era una llamada. Era un mensaje de texto.
De Elaine.
Logan apretó la mandíbula. Durante unos segundos dudó en abrirlo, como si pudiera postergar lo inevitable con un simple gesto de indiferencia. Finalmente deslizó el dedo sobre la pantalla. El mensaje apareció en letras simples, directas.
"Catalina se ha ido. Solo dejó una carta y el anillo de compromiso."
Logan parpadeó. Una vez. Dos. Tres. Sintió cómo el mundo se encogía hasta esa única línea.
No.
Volvió a leer. Incrédulo.
No, no, no.
El murmullo de la sala se desvaneció. Los anuncios de vuelos se convirtieron en ruido blanco. El vaso de whisky que tenía al lado tembló cuando su mano se crispó sobre la mesa.
Un pasajero pasó a pocos metros, arrastrando una maleta con ruedas. Logan no lo vio. La azafata que ofrecía café en una bandeja tampoco existía. Todo se redujo a la imagen mental de Catalina, dejando atrás el anillo que él mismo había deslizado en su mano, y una carta que no había leído todavía.
Un sacrificio. El más cruel de todos.
Elaine no necesitaba decir más. Logan entendía. Catalina había hecho lo que siempre hacía: entregarse para que otros respiraran. Se había arrancado a sí misma de su vida para que Malena recuperara a Jonathan.
La respiración de Logan se volvió irregular. El control que lo había definido desde niño se resquebrajaba en silencio. No golpeó la mesa. No gritó. Su manera de romperse era otra: quedarse inmóvil, con el rostro endurecido, mientras por dentro algo ardía y colapsaba.
Se levantó de golpe. El asiento de cuero crujió. Varias miradas se volvieron hacia él, pero no le importó. Caminó hacia los ventanales, los ojos clavados en la pista iluminada. Los aviones rodaban como bestias mecánicas listas para devorar distancias. Vancouver estaba a menos de diez horas. Catalina… ya no estaba en ninguna parte a la que él pudiera llegar.