Fuego y sangre

No lo eligió a él

El rostro de Harlan C. Taylor estaba iluminado por el resplandor azul de la pantalla. La sonrisa se dibujaba lenta, satisfecha, como la de un jugador que sabe que acaba de mover la ficha decisiva en un tablero demasiado grande para que otros lo comprendan. Cerró la computadora con un golpe seco y se levantó del sillón de cuero. El despacho de su mansión quedó en penumbra, con apenas el eco de sus pasos contra el piso de madera encerada.

Atravesó el pasillo central y subió por la escalera de mármol, apoyándose apenas en la baranda. Cada peldaño era un ascenso hacia la escena que más anhelaba: la prueba de que había ganado.

Se detuvo frente a una puerta de madera blanca. Golpeó suavemente. El sonido fue casi cariñoso, impropio de la tensión que cargaba. Una enfermera abrió apenas, asomó el rostro y, al reconocerlo, bajó la mirada y se hizo a un lado.

—Puede pasar, señor Taylor.

Harlan entró sin decir palabra. El dormitorio estaba en penumbra, con las cortinas cerradas y el murmullo de una máquina de control cardíaco como único ruido. Dos enfermeras permanecían sentadas en una esquina, vigilando en silencio. Un médico revisaba una carpeta con reportes. Todo el personal sabía que esa habitación no era solo un espacio de reposo: era la fortaleza personal de Harlan para mantener bajo llave lo que más le importaba.

En la cama, cubierta por sábanas claras, estaba Brandt. Acurrucada, inmóvil, con los ojos abiertos fijos en un punto invisible del suelo. El cabello le caía desordenado sobre la frente, recordándole a Harlan a la niña que alguna vez corrió por esa misma casa, antes de que la vida y un hombre llamado Logan Sharp la convirtieran en esta sombra de sí misma.

Se acercó despacio. Se sentó en el borde de la cama y le apartó un mechón de la cara. La mano de Harlan, que en los negocios era un martillo, aquí se movía con la delicadeza de un padre que acaricia lo único que no está dispuesto a perder.

—Lo he logrado, Brandt —dijo en voz baja, como si le confesara un secreto—. Esa pequeña zorra romana no volverá a molestarte.

El silencio fue absoluto. El doctor no se movió. Las enfermeras evitaron mirarlo. Brandt parpadeó una sola vez. Una lágrima rodó por la comisura de su ojo y se perdió en la almohada. No dijo nada. Ni un reproche, ni un agradecimiento. Solo esa lágrima.

Harlan la observó unos segundos más. Su sonrisa volvió, tensa, casi cruel. Le acarició el cabello otra vez, inclinándose sobre ella.

—Ya pasó. Te lo prometí, ¿recuerdas? Nadie te volverá a arrebatar lo que es tuyo.

Brandt siguió en silencio, la respiración acompasada, perdida en un vacío que ni siquiera su padre podía llenar.

Harlan se puso de pie. Miró a las enfermeras, luego al médico. Todos evitaron su mirada. La autoridad del banquero era absoluta en esa casa.

Salió del cuarto con la misma calma con la que había entrado. Para él, la partida estaba en marcha. Y esta vez no pensaba perder.

***

El reloj de pared marcaba casi la medianoche. Logan estaba sentado en el sillón, inclinado hacia adelante, con los codos sobre las rodillas. Llevaba tres días sin afeitarse; la barba crecida le daba un aire más áspero del habitual. La camisa blanca estaba arrugada, los dos primeros botones abiertos, y un vaso vacío descansaba en la mesa baja frente a él.

Esperaba.

El timbre sonó. Logan se puso de pie y abrió sin dudar.

Marco estaba allí, vestido de civil, con un abrigo oscuro y una mochila colgada al hombro. Lo miró de arriba abajo, frunció el ceño y al cruzar el umbral soltó sin filtro:

—Amigo… apestas.

Logan lo ignoró y cerró la puerta detrás de él.

—Pasa.

Marco dejó la mochila sobre la mesa de la sala. Logan lo observaba de pie, con los brazos cruzados, mientras el jefe de la Guardia Vestal sacaba una carpeta gruesa. El sonido del cartón al deslizarse fue lo único que se escuchó durante unos segundos.

—Sabes que estoy arriesgando mi puesto al estar aquí —dijo Marco mientras tomaba asiento. Su voz era grave, cargada de cautela—. Roma está ardiendo, y si alguien descubre que colaboro contigo, no solo yo perderé el cargo.

Logan asintió. La tensión en su mandíbula era evidente.

—Lo sé. Y por eso lo valoro. Pero no puedo confiar en nadie más.

Marco lo miró fijo, midiendo cada palabra, antes de abrir la carpeta. Pasó las primeras páginas con calma, y extendió varias fotos sobre la mesa. Logan se inclinó hacia adelante.

—Estas son las propiedades de los Visconti en Roma —señaló Marco con un dedo firme—. Aquí en Milán… —cambió la página, mostrando otra serie de imágenes—. Y finalmente… —pasó hasta el final de la carpeta—, la villa en Toscana.

Logan fijó la vista en la foto. Una construcción enorme, rodeada de campos verdes y hileras interminables de viñedos. No parecía una residencia, sino un imperio amurallado en medio de la calma rural.

—Es la propiedad que más usa Luca —continuó Marco—. Allí organiza recepciones privadas, cierra acuerdos, se esconde de las miradas incómodas. Últimamente pasa más tiempo en ese lugar que en Roma.

Logan rozó la fotografía con la yema de los dedos, como si quisiera entrar en la imagen.

—Si la tiene a ella, debe estar ahí.

Marco negó despacio.

—No estoy tan seguro. La carta que dejó Catalina suena demasiado… voluntaria. No veo señales de que esté retenida. Si está en esa villa, puede que lo haya elegido ella misma.

La mirada de Logan se endureció.

—Catalina nunca elegiría a Luca.

Marco no lo contradijo. Simplemente lo dejó caer:

—Tal vez no lo eligió a él.

Logan seguía mirando la foto de la villa en Toscana, los dedos apretados sobre la mesa como si pudiera partirla en dos. El silencio se volvió más pesado, hasta que su voz rompió el aire.

—No me importa si Catalina cree que está bien irse con Luca. No estoy dispuesto a perderla. Ni ahora ni nunca. Quemaré todo si es necesario.




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