Jean Leloir se sacudió la tierra de los guantes de jardinería y luego se los quitó, los dobló antes de dejarlos sobre la mesa de trabajo. Alzó la vista hacia el portón y distinguió la figura de Logan Sharp, erguido frente a la entrada. Logan no dijo nada. Jean tampoco. El saludo llegó cuando se encontraron frente a frente.
—Bienvenido a Savoie, señor Sharp —dijo Jean, tendiéndole la mano.
Logan correspondió al gesto con firmeza.
—Gracias. Han pasado semanas desde que hablamos.
—Lo recuerdo —respondió Jean con un asentimiento breve. Luego abrió la puerta y lo invitó a entrar—. Pase.
El interior de la casa no tenía nada de particular. Un salón con muebles de madera clara, cortinas simples y algunas herramientas de jardinería apoyadas contra una pared. No había lujos, ni rastros de una vida militar. Cualquiera pensaría que era la vivienda corriente de un trabajador común, no la de un frumentarii con historial letal.
Jean se giró hacia Logan.
—¿Quiere beber algo?
—Un poco de agua estaría bien. Este calor es insoportable. —Logan bajó la vista hacia su camisa, arrugada y pegajosa por el viaje—. Disculpe la informalidad.
Jean llenó un vaso con agua fría de una jarra que había en la nevera.
—Podría estar en traje de baño y no sería un problema. Lo único que me interesa es que nadie preste atención a quién entra o sale de aquí.
Le entregó el vaso. Logan bebió despacio, como si necesitara el agua para enfriar la tensión que traía encima.
Cuando dejó el vaso en la mesa, intentó hablar.
—Jean, estoy aquí porque…
Jean lo interrumpió levantando una mano.
—No hace falta que lo diga. Sé perfectamente por qué vino.
Logan entrecerró los ojos.
—¿Entonces ya investigó?
Jean asintió con calma. Caminó hasta un pequeño aparador, abrió un cajón y sacó un sobre manila. Lo apoyó sobre la mesa, pero no lo abrió.
—He hecho mis averiguaciones. Revisé movimientos, contactos, registros de viajes. Todo apunta en una misma dirección.
Logan se inclinó hacia adelante, esperando.
Jean sostuvo su mirada sin pestañear.
—Catalina está en Toscana.
Logan se tensó, los nudillos golpearon con fuerza la mesa.
—¿Está seguro?
Jean lo observó unos segundos, pensando cada palabra.
—Lo estoy. Pero escúcheme bien, Sharp. No le va a gustar lo que voy a decirle.
Logan dejó el vaso vacío sobre la mesa con un golpe seco.
—Lo que sea que tenga para decir, dígalo ahora.
Jean lo sostuvo con la mirada unos segundos antes de abrir el sobre y deslizar un par de papeles sobre la mesa.
—Catalina se ha casado con Luca. Hace apenas una semana. Fue una ceremonia íntima, con solo dos testigos.
El rostro de Logan se endureció al instante.
—Eso no puede ser.
Jean no desvió la vista.
—Le dije que no le iba a gustar lo que tenía para decirle.
Logan se puso de pie, como si la silla ya no pudiera contenerlo. Caminó un par de pasos, con las manos crispadas.
—No… Catalina jamás…
Jean lo interrumpió con calma.
—Y eso no es lo peor.
Logan giró, con la respiración entrecortada.
—¿Qué demonios quiere decir?
Jean tomó uno de los papeles, lo señaló con el dedo.
—Por los movimientos que he rastreado alrededor de la familia Visconti, todo indica que Luca ha decidido deshacerse de Nigro. Su primo está acabado. Luca tomará el poder. Y ahora, legitimado por el apellido de Catalina, se ha convertido en un Cornelii. Luca será el próximo Princeps senatus.
Logan sintió la garganta arder. El golpe era tan claro que no necesitaba más explicaciones.
—Esto siempre ha sido un juego de ajedrez y Catalina una pieza.
Jean no respondió. Solo guardó silencio, dándole espacio a Logan para procesar la herida recién abierta. Dejó el sobre sobre la mesa sin abrirlo. Había hablado con calma todo ese tiempo, pero en su mirada no había concesiones. Logan permanecía frente a él, todavía con la respiración cargada de rabia contenida.
—No me interesa tu opinión sobre Luca ni tus dudas sobre Catalina —dijo Logan al fin—. Lo que quiero es un acuerdo.
Jean alzó una ceja, expectante.
—Estoy dispuesto a financiar lo que necesites para moverte contra Luca. Hombres, armas, logística, contactos. Lo que haga falta. A cambio, me informas de todo lo que pase con Catalina. Si respira, lo sabré por ti. Si la mueve de Toscana, lo sabré por ti. Si Luca siquiera pronuncia su nombre en una cena, lo sabré por ti.
El silencio se prolongó unos segundos. Jean se inclinó apenas hacia atrás, como si evaluara la solidez de la propuesta.
—Eso no será un problema —respondió con voz neutra—. Luca es calculador. Catalina hoy le sirve, mañana será un estorbo. Cuando la Dómina deje de tener valor político, la apartará sin miramientos.
Los nudillos de Logan se crisparon, pero no retrocedió. Dio un paso hacia adelante y apoyó la mano sobre la mesa.
—Y cuando eso pase, yo estaré ahí.
Jean sostuvo su mirada sin pestañear.
—No confundas mi disposición con lealtad hacia ti. No me gusta Nigro, porque no es romano de cuna patricia. Y tampoco me gusta Luca, porque es un mercenario de poder disfrazado de noble. Si acepto tu dinero es porque sirve a mi causa: impedir que un Visconti se siente donde no le corresponde.
Logan no titubeó.
—Perfecto. Yo no busco tu lealtad. Busco resultados.
Jean abrió la palma sobre la mesa, clara invitación a cerrar el trato. Logan la cubrió con la suya. El apretón fue breve, seco, sin palabras.
***
La cena transcurría con un aire festivo. Los senadores reían, sus esposas comentaban sobre la decoración y el vino corría sin pausa. Catalina mantenía el control de la velada, servía los platos con elegancia, sonreía en el momento exacto y se encargaba de que todos se sintieran atendidos. Ella bebía únicamente agua, como siempre, aunque nadie parecía notarlo.