El comedor estaba dispuesto como todas las mañanas, el mantel impecable, vajilla de plata, una escenografía de lujo y orden. Una empleada depositó frente a Catalina un plato cuidadosamente preparado. Ella lo miró, sin interés, y lo empujó hacia adelante con un movimiento lento. La cuchara tintineó contra la loza y quedó suspendida en el aire un segundo antes de caer.
Luca, sentado frente a ella, levantó la taza de café y bebió con parsimonia. La observaba sin prisa, como quien analiza una pieza en un tablero.
—Hoy recibiremos al nuevo jardinero y paisajista en la villa.Es uno de los más prestigiosos en Europa. Durante años rechazó cada una de nuestras propuestas, pero esta vez aceptó.
Catalina no reaccionó. Tenía la vista fija en el plato vacío, los dedos entrelazados sobre el regazo. Solo asintió de manera vaga, como si no hubiera escuchado.
Luca dejó la taza sobre el platillo; el sonido seco resonó en la mesa.
—No estás comiendo bien. —Se inclinó hacia ella, con voz más baja—. Haré que venga el médico. Quiero que se asegure de que tu falta de apetito no esconda algo más.
Catalina levantó los ojos y lo sostuvo con firmeza.
—No llames a ningún médico.No estoy enferma. Lo que pasa es que no puedo ser feliz estando casada contigo. No puedes esperar que me siente aquí cada mañana fingiendo normalidad, después de haberme obligado a un matrimonio sin amor.
Luca arqueó una ceja. Su sonrisa era casi imperceptible, cargada de desdén.
—El amor está sobrevalorado. Lo único real es la conveniencia de lo que hemos construido. Eso basta.
Catalina apretó los labios, con la respuesta formándose en su garganta. No llegó a pronunciarla. La puerta se abrió y la empleada que había servido el desayuno volvió a entrar.
—Señor,el nuevo paisajista ya los espera en la sala.
Luca asintió sin dejar de mirar a Catalina.
—Gracias.
Se puso de pie, rodeó la mesa con pasos lentos, letales, y se detuvo junto a ella. Extendió la mano, con un gesto calculado que no admitía rechazo.
La mano de Luca encontró la de Catalina con una suavidad que habría parecido tierna, de no ser por la presión firme que ejercían sus dedos. No era una invitación, era una conducción. Un recordatorio de que, en aquel teatro de apariencias, cada movimiento estaba coreografiado por él.
Al entrar en la sala, la figura de Jean Leloir, de pie junto al ventanal, se recortaba contra la luz del amanecer. Vestía con sencillez; pantalones de trabajo limpios, una camisa beige y una mochila práctica a sus pies. Pero su postura era la de un soldado.
—Jean Leloir —anunció Luca con una sonrisa amplia, liberando la mano de Catalina para extender la suya—. Es un honor tenerlo finalmente en nuestra nómina este año. Espero que pueda hacer maravillas con este paisaje toscano.
Jean aceptó el apretón con un gesto serio.
—El honor es mío,senador. Agradezco la oportunidad.
Su mirada se desvió entonces hacia Catalina. Ella, siguiendo el guión, ofreció una sonrisa cortés.
—Bienvenido a la villa, Monsieur Leloir.
Pero en sus ojos hubo un destello de reconocimiento fallido. ¿Dónde lo he visto? La pregunta le cruzó la mente como un relámpago. No en persona, tal vez... ¿en una fotografía? ¿En algún informe que Logan le había mostrado en otra vida? La memoria se negaba a materializarse, dejando solo una inquietud en su pecho.
—Lamento que sus compromisos le impidieran aceptar mi oferta en años anteriores —continuó Luca, con un deje de satisfacción por haber conseguido al fin al mejor.
—Los compromisos a veces son... inflexibles —respondió Jean, con una leve inclinación de cabeza que podía interpretarse como deferencia profesional, pero que en sus ojos fríos parecía una ironía—. Pero cuando las circunstancias cambian, uno debe adaptarse.
Luca asintió, disfrutando de lo que creía era un halago a su influencia creciente.
—Por supuesto. Permítame mostrarle la propiedad, para que pueda…
—No hará falta, senador —lo interrumpió Jean con suavidad, pero con una firmeza que hizo que Luca arqueara una ceja.
Se agachó, abrió su mochila y extrajo una carpeta de color gris.
—Antes de llegar,me tomé la libertad de realizar un estudio exhaustivo del lugar. Composición de la tierra, niveles de humedad, ciclos climáticos locales, historial de cultivos... —Fue colocando varios documentos sobre la mesa, incluyendo mapas topográficos y esquemas de rotación de cultivos—. Mi propuesta se centra en especies autóctonas de raíces profundas que no solo embellecerán el jardín, sino que potenciarán la producción de sus viñedos. Plantas que puedan prosperar en las condiciones... específicas de este terreno.
Catalina observó cómo los ojos de Luca recorrían los documentos. Vio cómo su escepticismo inicial se transformaba en genuino interés, y luego en abierta admiración. Jean Leloir no había venido a trabajar para ellos. Había venido a demostrarles que ya los tenía estudiados, analizados y cartografiados.
—Esto es... fantástico —concedió Luca, impresionado a pesar de sí mismo—. Usted es el mejor, Leloir, y se nota. —Señaló los sillones—. Siéntese, por favor. Estoy ansioso por escuchar su propuesta. Puede darlo por aceptada de antemano.
Jean asintió, pero su mirada, por una fracción de segundo, se cruzó con la de Catalina. No hubo un guiño, ni una sonrisa secreta. Solo la mirada impasible de un profesional haciendo su trabajo. Pero en ese instante, la inquietud en el pecho de Catalina se transformó en una certeza helada.
Este hombre no era un jardinero. Y su llegada no era una casualidad. Era un mensaje. Y ella, después de semanas de silencio y desesperación, estaba finalmente preparada para descifrarlo.
La tensión en la sala era tan fina como el cristal de la copa que Luca llenó con agua mineral para Jean. Él lo aceptó con un gesto de cabeza, agradecido pero distante.
—Catalina, ¿quieres beber algo? —preguntó Luca, volviéndose hacia ella con una cortesía que sonaba a propiedad.