Fuego y sangre

A miles de kilómetros

La mañana siguiente se presentó despejada y fría. De pie en el balcón de su dormitorio, envuelta en una bata de seda que no lograba ahuyentar el escalofrío que llevaba dentro, Catalina observaba el movimiento abajo. Dos figuras, un hombre y una mujer de movimientos eficientes y silenciosos, descargaban cajas y equipos especializados de una furgoneta discreta. Jean Leloir los supervisaba con su mirada gélida, señalando hacia los invernaderos y luego hacia los límites de la propiedad con una precisión militar.

Eran Marcella y Cassian. Los "ayudantes". Catalina no necesitaba ver sus fichas para saberlo; la forma en que se movían, la economía de sus gestos, delataba una disciplina que no era la de simples jardineros. Eran soldados en su propio jardín. Una parte de ella, la que había aprendido a no confiar, se tensó. Pero otra, la que se aferraba a la esperanza desde la conversación de la víspera, sintió un alivio profundo. Ya no era solo Jean. La operación se expandía.

Oyó los pasos detrás de ella justo antes de que la voz de Luca rompiera el silencio.

—Leloir y su equipo han comenzado temprano. Buena señal —dijo, acercándose. Se detuvo a su lado, siguiendo su mirada hacia el patio. Su presencia era una invasión en su pequeño espacio de paz.

Catalina no se volvió.

—Parecen eficientes.

—Lo son. Por eso los elegí —respondió Luca, aunque ambos sabían que era una mentira a medias. Jean no había sido elegido; se había infiltrado. Luca continuó, su tono cambiando ligeramente, volviéndose más empresarial, más ominoso—. Por cierto, más tarde nos visitará el médico.

Catalina se giró entonces, una fría punzada de alarma atravesándola.

—¿El médico?¿Para qué? No recuerdo que estuviéramos enfermos.

Luca la miró, y una sonrisa pequeña y cruel jugueteó en sus labios.

—No es un médico para lo que se enferma, querida. Es un especialista. Vendrá para evaluarnos. En particular, para evaluar tus ciclos y tu estado general. Necesitamos un heredero, Catalina. Es el siguiente paso lógico.

El mundo se detuvo por un segundo. El aire le faltó en los pulmones.

—Eso no estaba en nuestros planes—logró decir, con una voz que apenas reconocía como propia.

Luca dio un paso, luego otro, rodeándola como había hecho alrededor de la mesa del desayuno. Era su danza de depredador, la que usaba para acorralar.

—Los planes cambian. Yo seré el próximo Princeps senatus. ¿Crees que puedo permitir que la unión de las gens Visconti y Cornelii muera con nosotros? Eso sería una negligencia histórica. Un fracaso. —Se detuvo frente a ella, tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo—. Necesito un hijo que consolide el legado.

Catalina sintió que una náusea le subía por la garganta, amarga y densa.

—Me das asco.

La sonrisa de Luca se ensanchó, como si hubiera estado esperando esa reacción. Se inclinó, y su aliento le acarició la oreja mientras sus palabras, susurradas, se le clavaron como puñales de hielo.

—Eso me tiene sin cuidado.

Antes de que ella pudiera reaccionar, sus labios se posaron en su mejilla en un beso suave, casi casto, que fue la mayor de las violaciones. Un sello de propiedad, un recordatorio de que su cuerpo ya no le pertenecía, sino que era un instrumento de Estado.

Él se separó, con la misma elegancia con la que había llegado.

—Espéralo para después del almuerzo. Y sé amable.

Salió del dormitorio, dejándola a solas con el fantasma de su tacto en la mejilla y la horrorosa certeza de lo que se avecinaba.

Catalina se dejó caer en el sillón, temblando. Miró hacia el balcón, hacia donde Jean y sus agentes trabajaban. La esperanza que había florecido el día anterior ahora se retorcía, envenenada por el ultimátum de Luca. Ya no se trataba solo de escapar de un matrimonio sin amor. Se trataba de escapar de una jaula que quería convertirla en una incubadora de su ambición.

Y su única esperanza estaba ahí fuera, cavando en la tierra, sin saber que el tiempo acababa de acelerarse.

A miles de kilómetros de distancia, en una ciudad envuelta en niebla, el tiempo para Logan Sharp se había detenido por completo. Yacía en el sofá, los ojos clavados en el techo, vencido por un cansancio que no era solo físico, sino de alma. El sueño era un desertor que se negaba a acudir a su llamada.

El timbre de la puerta sonó como un disparo en el silencio cargado de la casa. Logan se incorporó con un gruñido, arrastrando los pies hasta la entrada. Al abrir, se encontró con la figura serena pero preocupada de su madre, Elaine.

—Hijo —dijo ella, su mirada escrutándolo de arriba abajo—. Llevo días llamándote. Siempre me envía al contestador.

Sin esperar una invitación, entró, colgando su abrigo en el perchero junto a la puerta. Se dirigió directamente a la cocina, y Logan la siguió, sintiéndose como un adolescente regañado. Observó cómo sus ojos recorrían el desastre; tazas sucias, platos sin lavar, el aura de abandono total.

—Logan, ¿has comido siquiera? —preguntó, con esa voz que era a la vez un reproche y una preocupación profunda.

—No he tenido apetito, pero algo he comido —masculló él, desplomándose en una silla de la mesa.

—Si no te alimentas bien, no tendrás fuerzas para enfrentar lo que viene —declaró, con la pragmática ferocidad de una madre. Puso agua a hervir, lavó dos tazas y preparó dos cafés. Colocó una taza humeante frente a él—. Bebe.

—No quiero café.

—Lo necesitas. Te necesito despierto —replicó ella, sin dar lugar a réplicas—. Tenemos mucho de qué hablar.

Con un suspiro de fastidio, Logan añadió dos cucharadas de azúcar a la taza negra y se bebió el contenido de un trago, sintiendo el líquido dulce y caliente bajar por su garganta. Cuando dejó la taza vacía sobre la mesa, clavó sus ojos cansados en los de su madre.

—¿Contenta?

Ella deslizó su mano sobre la de él, un gesto inusualmente tierno que contrastaba con la dureza de su mirada.




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