El médico cerró la puerta del dormitorio con un clic suave, dejando a Catalina envuelta en un silencio que parecía gritar. Se vistió con manos temblorosas, los dedos torpes con los botones de su blusa, intentando reconstruir una armadura después de la violación clínica. Cada prenda era una barrera simbólica contra lo que sabía que se avecinaba.
Abajo, en su despacho, Luca escuchó el informe con la expresión serena de un general que recibe la confirmación de una victoria anunciada.
—Físicamente, es perfecta —dijo el médico, guardando su tablet—. Joven, fuerte. No habrá impedimentos. He ordenado unos análisis de sangre de rutina, pero los resultados, que llegarán mañana, solo confirmarán lo obvio. Está en óptimas condiciones para concebir.
Una sonrisa, delgada y satisfecha, se dibujó en los labios de Luca.
—Excelente.Le agradezco su discreción y eficiencia, doctor.
Un apretón de manos firme, un gesto de complicidad entre hombres de mundo, y el médico se fue. Luca no perdió un segundo. Subió las escaleras con una calma aterradora, cada paso un redoble de tambor que anunciaba su llegada. No llamó. Simplemente abrió la puerta del dormitorio y entró.
Catalina, que acababa de anudar el cinturón de su vestido, se sobresaltó y giró sobre sus talones. El corazón le galopaba en el pecho.
—¡Sal de aquí! —su voz sonó más aguda de lo que pretendía, cargada de un pánico que no pudo disimular—. ¡No te he dado permiso para entrar!
Luca cerró la puerta a sus espaldas. Su mirada era una lenta caricia de propiedad que recorrió la habitación, los muebles, y finalmente se clavó en ella.
—¿Permiso? —repitió, con un deje de genuina diversión—. Catalina, querida, estás en mi casa. Eres mi esposa. —Dio un paso adelante, y ella, instintivamente, retrocedió—. Entro donde me da la gana.
Luca se detuvo justo frente a ella, lo suficientemente cerca para que Catalina pudiera sentir el calor de su cuerpo y oler su colonia, una fragancia amaderada y cara que ahora le resultaba nauseabunda.
—No… no puedes hacerme esto. —Su voz era un susurro, pero estaba cargada de determinación—. No soy tuya. No lo seré nunca.
Luca se inclinó, acercando su rostro al de ella. Catalina podía sentir su aliento en su piel, cálido y desagradable.
—Eres mía, Catalina. Mía para siempre. Y pronto, cuando lleves a mi hijo, lo sabrás. Lo sentirás en cada célula de tu cuerpo. —Sus palabras eran una promesa, una amenaza velada.
Catalina sintió una oleada de náuseas. La idea de llevar el hijo de Luca, de estar atada a él para siempre, era insoportable. Pero sabía que no tenía elección. Estaba a su merced, prisionera en su propia casa, en su propio cuerpo.
Con un esfuerzo sobrehumano, Catalina reunió toda su fuerza y empujó a Luca, sorprendida por su propia audacia. Él tropezó, recuperando el equilibrio rápidamente, pero la sorpresa en su rostro era evidente.
—Maldita seas, Catalina. —Su voz era un siseo, llena de ira contenida—. Pagarás por esto.
Catalina se preparó para el impacto, esperando el golpe que sabía que vendría. Pero en lugar de eso, Luca la agarró por los hombros, sus dedos clavándose en su carne con una fuerza brutal.
—No te atrevas a desafiarme. —Su voz era un gruñido, lleno de una ferocidad primitiva—. Eres mía, y lo serás para siempre. Ahora, y en el futuro. Y si te resistes, haré de tu vida un infierno.
Catalina sintió las lágrimas quemar sus ojos, pero se negó a dejarlas caer. No le daría a Luca la satisfacción de verla débil. En su mente, gritó el nombre de Logan, rogando en silencio por su rescate, por una salida de esta pesadilla.
Luca, sin soltarla, la empujó hacia la cama, obligándola a sentarse. Se colocó sobre ella, su peso aplastante, su presencia dominante. Catalina luchó, pataleando y golpeando, pero Luca era demasiado fuerte. La sujetó con facilidad, inmovilizándola contra el colchón.
—Luca, por favor… —suplicó, su voz ahogada por las lágrimas—. No hagas esto. No me hagas esto.
Luca ignoró sus súplicas, sus manos explorando su cuerpo con una intimidad forzada. Catalina se sintió profanada, mientras Luca se tomaba lo que consideraba suyo por derecho.
—Shh, querida. —Su voz era un susurro en su oído, lleno de una satisfacción perversa—. Todo estará bien. Pronto llevarás a mi hijo, y entonces todo será perfecto.
Catalina cerró los ojos con fuerza, intentando bloquear la realidad, intentando escapar a un lugar donde nada de esto estuviera sucediendo. Pero el peso de Luca sobre ella, sus manos recorriendo su cuerpo, eran demasiado reales, demasiado dolorosos.
Finalmente, Luca se apartó, dejando a Catalina temblando y sollozando en la cama. Se levantó, abrochándose la ropa con una calma aterradora, como si nada hubiera pasado.
—Recuerda, Catalina —dijo, su voz fría y distante—. Eres mía. Y siempre lo serás.
Con eso, se dio la vuelta y salió de la habitación, dejando a Catalina sola con su humillación y su dolor.
Luca salió del dormitorio acomodando los gemelos de la camisa, deslizando los dedos por las solapas de su saco hasta que cada pliegue quedó en su lugar. Se estiró el cuello, como quien se ajusta después de un esfuerzo bien consumado. La sonrisa permanecía en su boca, lenta, insolente, la de un hombre que no admite derrotas. Caminó por el pasillo alfombrado con paso firme, dueño de cada centímetro de esa casa.
La empleada lo esperaba unos metros más adelante, junto a la pared, con las manos entrelazadas al frente y la mirada baja. Sus hombros tensos delataban el miedo. Cuando él se acercó, apenas se atrevió a levantar el rostro.
—Señor Visconti… acaba de llamar el Princeps. Nigro solicita su presencia de inmediato en Roma.
Las palabras se clavaron como un hierro al rojo vivo. La sonrisa de Luca desapareció de golpe, sustituida por un rictus de fastidio. Los ojos se le entornaron con desprecio. Nigro. El eterno recordatorio de que, aunque él tejiera su red de poder, el título más alto todavía no le pertenecía. Pero no por mucho tiempo.