La penumbra en la villa era apenas rota por las luces del jardín que se colaban a través de las cortinas. Catalina intentaba dormir, pero el comunicado de Luca a una criada más temprano, anunciando que llegaría la mañana siguiente, la tenía inquieta. También el haber oido que esa noche habría tormenta.
¿Qué nueva tortura le esperaba cuando su marido llegara? Se preguntó.
No estaba segura de la hora porque al llegar a la villa, Luca le había quitado su teléfono y cualquier forma de comunicación con el exterior. Sin embargo, estaba casi segura de que ya había pasado la medianoche. Luego de que la ronda de los guardias pasó por segunda vez bajo su balcón, escuchó que la puerta de su dormitorio se abría. Catalina intentó mantenerse calmada, pretender que estaba dormida, cuando unos pasos se acercaron a su cama. El colchón cedió bajo el peso de otro cuerpo que se tendió detrás de ella e inmediatamente una mano rodeó su cintura.
—Mi preciosa esposa —dijo Luca cerca del oído de Catalina. El aliento de él olía a alcohol—. No podía dejarte otra noche sola.
Catalina tragó la dolorosa bola de saliva que se formó en su garganta. Si permanecía inmóvil, tal vez Luca se dormiría y atrasaría la tortura unas horas.
Luca acarició el cabello de Catalina. Luego sus dedos alcanzaron la mejilla.
—Eras tan hermosa cuando te conocí, y ahora lo eres mucho más.
Un trueno resonó por toda la habitación. El cuerpo de Catalina se tensó involuntariamente. La tormenta empezaba a azotar la villa.
Luca abrazó con más fuerza a Catalina, rodeándola con sus brazos. Un gesto que podría haber sido tierno estando con Logan, con Luca se convertía en un calvario.
Las horas se arrastraron lentamente. El amanecer parecía no llegar nunca. Catalina, con los ojos cerrados, intentaba bloquear la realidad, imaginar que estaba en otro lugar, con alguien que realmente la amara. Pero la presencia de Luca, el aliento de él en su cuello, su cuerpo pegado al de ella, era un constante recordatorio de su prisión.
Finalmente, la claridad del amanecer atravesó las cortinas. Catalina, agotada y temblorosa, abrió los ojos, encontrando la realidad de su situación. Luca, aún detrás de ella, la abrazaba con una ternura que le resultaba extraña y perturbadora.
—Buenos días, mi amor —susurró, su voz sonaba suave y casi cariñosa—. Es un nuevo día, y juntos lo enfrentaremos.
Catalina, con esfuerzo, giró su cabeza para enfrentar esa mirada. Sus ojos, aunque cansados, mostraban una determinación que no había estado allí antes. Sabía que debía mantener la calma, jugar el juego de Luca, al menos por ahora. Pero en su interior, el odio hacia él ardía con una intensidad que la sorprendía.
—Gracias, Luca —respondió, forzada por la necesidad de sobrevivir.
Luca sonrió, pero supo que estaba fingiendo, porque aunque lo intentara no lograba transmitir calidez.
—Así me gusta, mi preciosa esposa. Juntos haremos grandes cosas.
En ese momento, un relámpago iluminó la habitación, seguido de un trueno ensordecedor. La tormenta, aunque había amainando, seguía presente, reflejando la tormenta interna de Catalina. Sabía que debía ser fuerte, que debía encontrar una manera de escapar, no solo por ella, sino también por el bebé que llevaba en su vientre. Con Logan y sus aliados trabajando para liberarla, Catalina se aferró a la esperanza de que pronto, muy pronto, sería libre.
Pero mientras Luca la abrazaba, Catalina se prometió a sí misma que nunca, nunca, le daría a ese hombre la satisfacción de verla débil o agradecida. Luca era un psicópata, y ella lo odiaba con cada fibra de su ser. Era un objeto para él, una posesión, y Catalina sabía que debía encontrar la fuerza para luchar contra él, por su libertad y por la vida de su hijo.
Luca, sin soltarla, se movió ligeramente, cambiando de posición para mirarla a la cara. Sus ojos, fríos y calculadores, la observaban con una intensidad que la hizo estremecer.
—Catalina —dijo, su voz ahora más firme, más autoritaria—, necesito que sepas que estoy aquí para ti. Siempre estaré aquí para ti.
Catalina asintió, incapaz de hablar, mientras las lágrimas se acumulaban en sus ojos. Luca, interpretando mal su silencio, se inclinó y la besó, un beso que comenzó como una promesa de ternura pero rápidamente se convirtió en algo más oscuro, más exigente.
Se quedó rígida, su mente gritando en silencio mientras Luca la exploraba. Sus manos recorrían su cuerpo, posesivas y dominantes, mientras la tormenta afuera rugía en sincronía con su tormento interno. Luca, ajeno a su dolor, continuó su asalto, decidido a dejar su marca en ella, a asegurarse de que nunca olvidaría esa mañana.
Finalmente, Luca se apartó, pero en lugar de levantarse de la cama, se quedó, abrazándola con fuerza. Su respiración se volvió más lenta, más profunda, mientras caía en un sueño profundo. Catalina, atrapada en sus brazos, se quedó despierta, su mente corriendo con planes de escape y esperanzas de libertad.
Y mientras yacía allí, en los brazos de su captor, soñaba con el día en que finalmente sería libre.
La luz del día, ahora plena, no lograba calentar el frío que habitaba en Catalina.
Al mediodía caminó por el pasillo hacia el despacho de Luca. Más temprano una criada le avisó que él la esperaba en ese lugar para hablar. Con la lentitud de un condenado hacia el patíbulo, se ahogó en un mar de preguntas. Cada latido de su corazón era un eco en sus oídos: Él lo sabe. Lo sabe.
La puerta del despacho estaba entreabierta. Al empujarla, vio a Luca de pie junto a la ventana, con una carpeta médica en las manos. No se volvió.
—Cierra la puerta —dijo, con una calma aterradora.
Catalina obedeció, sintiendo cómo el sonido de la puerta al cerrarse sellaba su encierro. Se quedó quieta en el centro de la habitación, esperando. El silencio se extendió, roto solo por el leve crujido del papel cuando Luca pasó una página.