El noticiero internacional mostraba las calles de Roma en llamas. Manifestantes, escudos, piedras volando contra los antidisturbios. Luca miraba la pantalla con los brazos cruzados, apoyado contra el borde del escritorio. En los últimos minutos, el periodista había enumerado las provincias donde el gobierno de Nigro había perdido el control, los distritos donde la policía ya no entraba, los senadores que empezaban a cambiar de bando.
Sus dedos tamborileaban suavemente sobre la madera, llevando el ritmo de una cuenta regresiva que solo él escuchaba.
“Crecen las tensiones en Roma: el gobierno de Nigro Visconti pierde apoyo entre la población”
A pocos meses de haber asumido el poder, el Princeps senatus enfrenta el período más crítico de su gestión. Las calles de Roma están sumidas en el desorden; los disturbios se han multiplicado en los principales distritos y los enfrentamientos entre las fuerzas de seguridad y los manifestantes se intensifican día tras día.
Los informes del Senado confirman que los focos de violencia se extienden a lo largo de toda la República, especialmente en las provincias del norte, donde los grupos disidentes reclaman la restitución de los beneficios económicos y subsidios que, durante el gobierno de Noctem, habían incrementado el flujo comercial y el empleo.
Las encuestas más recientes muestran una caída pronunciada en los índices de confianza. Analistas políticos afirman que el nuevo gobierno ha perdido el control sobre la narrativa pública, mientras las acusaciones de corrupción, nepotismo y uso indebido de fondos estatales comienzan a filtrarse en los medios internacionales.
En círculos cerrados del Senado se rumorea que varios miembros del consejo interior cuestionan abiertamente las decisiones del Princeps. La falta de cohesión en la cúpula amenaza con fracturar la estructura de poder que Nigro Visconti tardó años en construir.
Algunos observadores señalan que, tras el retiro forzado de Luca Visconti a Toscana, el equilibrio político que mantenía al bloque en pie se ha resquebrajado. La aparente calma con que Nigro había asumido el mando comienza a ceder ante una presión que crece desde dentro y desde fuera.
“El gobierno de Nigro Visconti atraviesa un punto de inflexión”, afirma un senador bajo condición de anonimato. “La población está cansada de promesas y discursos morales. Quiere resultados, no principios.”
La satisfacción de Luca se extendió por su rostro y dibujó una sonrisa. Todo le estaba saliendo como él quería. Cuando estaba seguro de que nada podría salir mal, un grito desgarrador rompió el silencio que segundos antes reinaba en la villa.
Luca salió de su despacho, desconcertado. Una criada se acercó corriendo.
—Es la señora —dijo agitada —. Ha perdido al niño.
Subió la escalera corriendo. Empujando a todo el que se atravesaba en su camino. Al entrar en la habitación vió a Catalina abrazando su vientre, y debajo de ella una gran mancha carmesí.
Por un momento tembló. Todo por lo que había luchado se desmoronaría si la criada tenía razón.
Aunque ella ya no era una guardiana del fuego, su sangre estaba cargada de simbolismo. Si alguien descubriera lo ocurrido esa noche, todos sus esfuerzos habrían sido en vano.
Tomó a Catalina en sus brazos, la sacó de la cama y la llevó a uno de los autos que estaban estacionados en la puerta. Le hizo señas a un guardia para que condujera. El guardia ocupó el asiento del conductor mientras Luca sostenía a Catalina en su regazo en el asiento trasero. No tuvo que decir que debía llevarlos al hospital más cercano.
Al llegar a la puerta de emergencias, un grupo de médicos y enfermeros ya los esperaban. Luego de varias horas de espera, un médico salió del quirófano con una expresión indescifrable.
—Senador, su esposa está fuera de peligro por ahora.
—¿Por ahora? ¿Qué hay del niño?
El médico suspiró profundo y miró al suelo.
—Hemos hecho todo para salvar a ambos, ahora solo queda rezar para que el embarazo continúe. Si pasa esta noche… es probable que la madre tenga que permanecer un tiempo internada.
Luca soltó el aire que parecía haber contenido desde que escuchó el grito en la villa. Sus dos bienes más preciados aún no los había perdido.
—¿Cuándo podré verla? —preguntó poniendo una mano en el hombro del médico.
—Creemos que este episodio fue desencadenado por estrés. Hemos sedado a su esposa. Ella podrá recibir visitas mañana, así que le recomiendo que vaya a su casa, descanse y luego regrese.
Luca miró al médico estudiando su lenguaje corporal. Si evidenciaba algún tipo de engaño haría lo necesario para deshacerse de él.
El médico sostuvo la mirada con serenidad. No había titubeo, ni señales de manipulación. Luca asintió sin decir palabra.
Salió del hospital acompañado por dos de sus hombres.
—Quédense aquí —ordenó al llegar al estacionamiento—. Quiero vigilancia las veinticuatro horas. Nadie entra sin autorización. Nadie.
Uno de los guardias asintió. El otro ya estaba revisando el perímetro.
Luca subió al auto. El silencio lo envolvía. No encendió la radio ni el teléfono. Miraba fijo el camino de regreso mientras procesaba cada detalle. La pérdida, aunque parcial, había sido una advertencia.
En la villa, ordenó que todo el personal médico permaneciera disponible. Dio instrucciones precisas sobre la seguridad y restringió las visitas. No quería que nadie, salvo él, se acercara a Catalina sin su consentimiento.
Luego cerró la puerta de su despacho y encendió la pantalla del ordenador. Reprodujo por tercera vez el video del noticiero internacional que hablaba del caos en Roma. La imagen de Nigro apareció, visiblemente agotado, flanqueado por sus asesores.
Luca tomó una copa de vino y observó cada gesto de su primo.
—Caes más rápido de lo que pensé —murmuró.
Apoyó la copa sobre el escritorio. La superficie vibró por un mensaje entrante en el teléfono. Era un número extranjero, uno de los contactos que había mantenido en reserva desde su retiro. Respondió sin vacilar.