Mi mano estaba bien sujeta entre los dedos de Logan. Sabía que no lo hacía por amor, que solamente era una actuación, de todos modos lo que sentí por él había desaparecido hace muchos meses, ahora mi corazón estaba en otro lugar.
—Tienes que ser fuerte —le dije apretando su mano. Él asintió—. No será fácil pero debes soportar este ridículo teatro o todo por lo que hemos trabajado será en vano.
Cuando llegó una mañana a mi departamento en compañía de otro hombre, uno que me hizo temblar de pies a cabeza, creí que me desmoronaría. Había fantaseado con la idea de Logan apareciendo de sorpresa para pedir perdón, había ensayado en mi mente muchas veces lo que le diría, sin embargo teniéndolo enfrente las palabras se derritieron como hielo al sol. En ese preciso momento me di cuenta de que ya no lo amaba, aunque al ver a aquel hombre destrozado por haber perdido a Catalina, tuve que escuchar lo que tenía para decir, al menos eso le debía.
Después de permitirle la entrada, nos sentamos a hablar. Supe que mi padre metió sus manos en asuntos que no eran de su incumbencia. No podía culparlo, en su lugar yo hubiera hecho cualquier cosa por un hijo que estuvo al borde de la muerte. Fui estúpida y cobarde, me importaba más lo que la gente pudiera decir, nuestros “amigos", la sociedad, que dejar ir a un hombre que no me amaba y que yo misma no amaba. Pero todos decían que éramos una gran pareja y eso bastaba.
Ese día fingí prestar atención a lo que Logan decía, pero de manera involuntaria mi atención y mi mirada se desviaban hacia Jean Leloir. Nunca reveló su verdadero rol en el plan de Logan para recuperar a Catalina, sin embargo me di cuenta de que no se trataba de un simple jardinero. Claramente era un hombre entrenado militarmente, frío, duro y metódico. No hablaba a menos que lo que tuviera que decir fuera relevante, el tono de su voz era siempre contenido. Era diferente de los hombres que se acercaban a mí.
Una tarde Jean se presentó solo en la villa que sugirió que arrendara cerca de Bari, trayendo una carpeta con lo que parecía ser un montón de jeroglíficos. Pretendí entender, pero hice el ridículo. No podía engañar a un hombre acostumbrado a desvelar mentiras. Un profesional. Por primera vez vi su sonrisa. Esa sonrisa me hizo sentir que estaba mirando directamente al sol.
Las siguientes semanas, con la excusa de diseñar un nuevo paisaje en mi villa, dejó la villa de Luca Visconti. Con suma paciencia se dió a la ardua tarea de explicarme paso por paso el plan que traería de vuelta a Catalina. Estaba extasiada. Cada palabra que salía de su boca sonaba como una canción. Cada roce accidental ponía mi mundo de cabeza. Tenía veintiocho años. Había enfrentado la muerte, el desprecio, la soledad. Pero frente a Jean, todo ese bagaje se desvanecía y solo quedaba la versión de mí que creía haber enterrado, la que se ruborizaba como una adolescente, la que esperaba una mirada, la que construía castillos en el aire con migas de atención.
Por momentos quería expresar lo que sentía. Pero me di cuenta de que Jean trataba de poner distancia. Cuando mi esperanza comenzaba a florecer, él ponía una barrera invisible entre nosotros. Para Jean era trabajo, para mí una excusa para estar cerca de él.
El día que la invitación al delirante acto de auto-coronación de Luca llegó, caí en la cuenta de que, fuera cual fuera el resultado de la misión, no volvería a ver a Jean. Con las manos temblorosas agarré el sobre. Un nudo en la garganta me estranguló hasta hacerme casi perder el sentido. Entonces hice lo más estúpido que podría haber hecho, beber hasta quedar inconsciente.
Era casi medianoche cuando Jean tuvo que ir a buscarme a un bar. Le llamé varias veces porque aunque sentía vergüenza del estado en el que estaba, él era el único al que conocía en esa ciudad.
Me cargó en sus brazos haciéndome sentir pequeña. Como lo imaginé usaba una colonia barata que en su camisa olía a gloria.
—¿Por qué no quieres mi amor? —le pregunté sollozando—. ¿Por qué no…?
—Brandt —dijo por primera vez en lugar de señorita Taylor—, apenas me conoces y estás confundida.
Me retorcí hasta que me bajó y mis pies tocaron el suelo.
—¡No estoy confundida! —grité —. ¡Sé lo que siento! Y no es nada que haya sentido con nadie más.
Jean me miró por unos segundos que parecieron eternos.
—Mira, aunque aceptara tener algo contigo, yo no encajo en tu mundo ni tú en el mío.
La verdad era aplastante. Éramos diferentes.
—Haré que funcione. —Bajé la mirada—. Dejaré todo si me lo pides. Si eso es lo que quieres.
Él se acercó. Agarró mi barbilla para que lo mirara. Otra vez era rechazada pero esta vez estaba segura de haberme enamorado. El dolor era tan fuerte que lo sentí en mi cuerpo.
—Eres joven y hermosa. Ya conocerás a alguien más y se enamorará de ti. Y no tendrás que dejar nada.
—No quiero a nadie más. Te quiero a ti.
—Estás siendo caprichosa.
Tal vez estaba en lo cierto, aunque no del todo. Darle la razón agrandaría la grieta que se había abierto entre nosotros.
—Debería volver a la villa —dije sin pensar.
Me saqué los tacones y tambaleando comencé a caminar. No me estaba rindiendo, me estaba replegando, un concepto que aprendí de él.
Al día siguiente desperté con el atronador sonido del silencio. El alcohol martillando en mi cabeza. La boca seca y la almohada húmeda. Me levanté de la cama, corrí al baño y dejé que todo el dolor contenido se fuera con el agua. Me miré al espejo. No vi a la chica de la tapa de revistas, la alocada heredera de una vasta fortuna. No. La imagen que me devolvió fue la de una mujer desgarrada por dentro. Me sentía avergonzada, pero al menos esta vez todo el mundo no había sido testigo de otro rechazo.
Bajé las escaleras sosteniendo mi cabeza. En el instante en que vi a Jean en la cocina deseé que la tierra me tragara. Estaba mirando algo por la ventana. La luz del sol recortaba su figura como si se tratara de un espejismo. Hasta ese momento no había reparado en su aspecto. En el pasado hubiera sido lo primero que hubiera notado, sin embargo, con él no lo había hecho. Se veía como un hombre normal; guapo pero no tanto que lo hiciera destacar. Vestía con prendas genéricas compradas en cualquier supermercado o tienda departamental, acordes a su personaje, un jardinero. Y aún así me parecía de una belleza inigualable. Y aún así imaginé una vida junto a él, siendo una sombra, lejos de la vista del mundo, criando a sus hijos.