En nuestro mundo, los héroes vivían dentro de las pantallas.
Podían levantar montañas, atravesar el cielo y sobrevivir a lo imposible. Pero al terminar el episodio, cerrar el cómic o apagar la consola, todo volvía a su sitio. La habitación seguía siendo una habitación. La ventana daba a la misma calle.
Aquí no había magia. Nadie despertaba con poderes. Las aventuras extraordinarias eran historias que otros habían imaginado.
Para un hombre, eso nunca había sido suficiente.
A sus cuarenta y cinco años, todavía conservaba aquella inquietud que lo acompañaba desde niño. No le bastaba con saber qué había detrás de la siguiente página. Quería estar allí. Escuchar aquellas voces sin un altavoz de por medio. Caminar por los lugares que solo conocía a través de dibujos y píxeles.
No quería conocer al actor que interpretaba a un héroe.
Quería conocer al héroe.
Durante años, ese deseo había ocupado los márgenes de sus cuadernos. Después empezó a ocupar su mesa: bocetos, cables, piezas, pruebas que no funcionaban. Los cómics compartían espacio con las herramientas. Una pantalla detenida en mitad de una escena iluminaba los planos de algo que aún no existía.
Con el tiempo, su idea había tomado una forma concreta.
Si él no encontraba la manera de entrar, intentaría crear a alguien que pudiera hacerlo.
No una máquina hecha únicamente para obedecer. Tampoco una imitación perfecta de una persona. Quería unir ambas cosas: la capacidad de una máquina para procesar aquellas historias y algo humano capaz de vivirlas.
Sobre la mesa de trabajo, ese propósito ya tenía cuerpo.
Era delgado, de hombros apenas más anchos que el torso. Las superficies humanas se encontraban con el metal sin ocultarlo. En los codos, las rodillas y otras articulaciones quedaban a la vista las piezas que permitirían el movimiento. Su rostro parecía el de un muchacho de unos diecisiete años, con el cabello corto y alborotado y las patillas discretas.
El hombre permaneció frente a él.
Había imaginado tantas veces aquel momento que ahora no encontraba nada que decir. Revisó una conexión. Apartó una herramienta. Volvió a mirar el rostro inmóvil.
En la pantalla cercana, una aventura aguardaba en pausa.
Hasta entonces, todas aquellas historias habían tenido algo en común: solo se podían mirar desde fuera.
Y allí estaba él, frente a su creación, intentando que eso dejara de ser cierto.