Fuera De Guion

Capítulo2: Activación

El hombre apoyó el dedo sobre la tecla y no la presionó enseguida.

La pantalla del equipo esperaba una sola confirmación. Al lado, en el otro monitor, la aventura seguía detenida en el mismo cuadro de siempre: un héroe a mitad de un salto, suspendido sobre una ciudad que no existía.

Presionó la tecla.

No ocurrió nada.

El ventilador siguió girando. Un vehículo pasó por la calle. El hombre se dio cuenta de que estaba conteniendo la respiración y la soltó despacio, sin apartar la vista de la mesa.

Entonces, en el pecho del sintesoide, algo hizo clic.

Fue un sonido pequeño, casi tímido. Le siguió un zumbido grave que recorrió el cuerpo desde el cuello hasta los tobillos. Las placas de los codos se ajustaron un milímetro. Los dedos de la mano derecha se cerraron y volvieron a abrirse, como si probaran el aire.

Y abrió los ojos.

Primero hubo luz. Una luz blanca, demasiado intensa, que poco a poco se dividió en formas. Un círculo brillante sobre su cabeza: una lámpara. Líneas negras que colgaban del techo: cables. Superficies grises, objetos alargados, brillos metálicos ordenados sobre un tablero.

El sintesoide giró la cabeza con lentitud.

Registró el taller pieza por pieza. Las herramientas. Los planos clavados en la pared, con sus bordes curvados por el tiempo. Una taza con un círculo oscuro en el fondo. Una silla con polvo en el asiento. Una pantalla donde alguien, quieto en el aire, parecía a punto de caer sin caer nunca.

Guardó cada cosa. Todavía no sabía para qué.

Al fondo, junto a la puerta, había algo que no se parecía a lo demás.

Tenía forma de persona. No brillaba como el metal ni estaba quieto como los objetos. Respiraba. Las manos le colgaban a los lados del cuerpo y tenía los ojos muy abiertos, fijos en él.

El hombre no se movió. Había retrocedido sin darse cuenta, como si tuviera miedo de que un paso en falso deshiciera todo.

Se miraron durante un largo rato.

El sintesoide se incorporó sobre los codos. El movimiento le salió brusco, desmedido: el torso se levantó de golpe y casi resbaló hacia un lado. Se quedó sentado en el borde de la mesa, observando sus propias piernas como si fueran de otro.

Quería acercarse. No sabía todavía por qué. Solo sabía que aquella figura era lo único en la habitación que lo miraba de vuelta.

Apoyó un pie en el suelo. Luego el otro.

Se puso de pie.

Durante un segundo, todo funcionó. Después la rodilla izquierda cedió, la derecha se trabó, y el suelo vino hacia él más rápido de lo que podía calcular.

No llegó a tocarlo.

El hombre había cruzado el taller de tres zancadas. Lo sujetó por debajo de los brazos y aguantó el peso con un gruñido. Era más pesado de lo que parecía. Mucho más.

«Te tengo», dijo, sin aliento. «Te tengo».

El sintesoide levantó la cara. Tan cerca, aquella figura tenía arrugas junto a los ojos, una sombra de barba y una gota de sudor en la sien. La voz le había llegado como una vibración en el pecho antes que como un sonido.

La guardó también.

«¿Por qué…», empezó. Su propia voz lo sorprendió y se detuvo. Lo intentó otra vez. «¿Por qué me caigo?»

El hombre soltó una risa breve, nerviosa, que le quebró la voz.

«Porque es la primera vez».

Lo ayudó a enderezarse sin soltarle los antebrazos. Las articulaciones metálicas zumbaban bajo sus dedos, buscando el equilibrio.

«No pienses en todo el cuerpo a la vez», le dijo. «Primero los pies. Siente el suelo».

El sintesoide bajó la vista. El suelo era frío. Tenía una grieta fina que iba de una baldosa a otra.

«Lo siento», dijo. «Está frío».

«Eso. Ahora carga el peso aquí». El hombre le dio un golpecito suave en la rodilla derecha. «Despacio. Un pie. Después el otro».

Un paso. El cuerpo se inclinó demasiado y el hombre lo corrigió.

Otro paso. Mejor.

Al tercero, el sintesoide ya no miraba sus pies. Miraba al hombre, que caminaba hacia atrás delante de él con las manos extendidas, igual que alguien que enseña a un niño a dar sus primeros pasos.

«¿Así?», preguntó.

«Así».

Cruzaron juntos el taller. En la puerta, el hombre dudó un instante, como si saliera de allí por primera vez en mucho tiempo. Luego guio al sintesoide por el pasillo hasta la sala.

La sala era más grande y más clara. Había un sofá con una manta doblada sobre el respaldo, una mesa baja, una estantería llena de cómics y figuras, y un televisor apagado. Por la ventana entraba la luz de la tarde. Nada en aquel lugar olía a soldadura.

El hombre lo ayudó a sentarse en el sofá. El cojín se hundió bajo el peso y el sintesoide se quedó muy quieto, estudiando la sensación.

El hombre arrastró una silla y se sentó frente a él. Se frotó las manos. Las abrió. Las volvió a cerrar.

Había ensayado aquella conversación muchas veces, en el taller, de madrugada. Ninguno de esos ensayos empezaba así.

«Seguro que tienes muchas preguntas», dijo al fin. «Yo también. Así que voy a empezar por lo que sí sé».

El sintesoide lo miró sin parpadear.

«No te hice para hacerme compañía», dijo el hombre. «No te hice para que limpiaras la casa ni para que obedecieras órdenes. Te hice por un sueño».

Se levantó y fue hasta la estantería. Pasó los dedos por los lomos de los cómics, sacó uno con la portada gastada y se lo enseñó. Luego señaló el televisor apagado, y más allá, la puerta del taller, donde la aventura seguía en pausa.

«Ahí dentro hay mundos enteros. Historias de héroes, de guerreros, de magos, de máquinas. Toda mi vida quise entrar en ellas. No mirarlas: estar allí». Volvió a sentarse. «Tú eres la forma que encontré de intentarlo. Fuiste diseñado para cruzar a esos mundos, entenderlos y traer contigo lo que hay en ellos. Conocimientos. Habilidades. Quizá poderes».

El sintesoide recibió cada palabra. Mundos. Cruzar. Poderes. Las ordenó una detrás de otra, sin saber todavía qué forma tenían juntas.




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