Fuera De Guion

Capítulo 1: El silencio de la casa

El tornillo giró apenas un cuarto de vuelta.

El hombre retiró la herramienta y flexionó con cuidado el brazo del sintesoide. Bajo las placas del codo, las piezas se deslizaron sin rozarse. Lo hizo otra vez, más despacio, atento a cualquier resistencia.

Nada.

Dejó el brazo sobre la mesa y miró la hora.

Había pasado la noche allí. En algún momento había dejado enfriar el café; en algún otro, había amanecido. La luz que se filtraba por la ventana le permitía distinguir el polvo sobre una silla que ya nadie utilizaba.

Apoyó la mano en el respaldo para acercarla.

La silla lo llevó de vuelta a los primeros años del proyecto, cuando su familia aún compartía aquella casa.

Mucho antes de que la mesa desapareciera bajo los planos, su esposa solía acompañarlo con las piernas recogidas y una taza entre las manos. Él trabajaba en un extremo; ella leía en el otro. A veces pasaba una hora sin que ninguno dijera nada.

Entonces el silencio era distinto.

«¿Y tú?», le había preguntado una noche.

Él levantó la vista de un cuaderno.

«¿Yo qué?»

«¿Qué harías si pudieras dedicarte a lo que de verdad quieres?»

Él sonrió, pero cerró el cuaderno.

«Te vas a reír».

«Probablemente. Igual quiero saber».

Había intentado explicárselo con palabras pequeñas, casi disculpándose. Los mundos de las historias. La posibilidad de entrar en ellos. Un ser capaz de comprenderlos de una manera que él todavía no sabía describir.

Ella lo escuchó hasta el final.

«¿Como esos dibujos que haces?»

Él volvió a abrir el cuaderno. Entre anotaciones y esquemas había una figura humana rodeada de flechas.

«Algo así. Pero no quiero que solo repita lo que ve. Quiero que pueda vivirlo».

Su esposa pasó una página.

«No entiendo la mitad», admitió. «Pero si puedes construir algo de todo esto, aunque sea una parte… podría abrirte muchas puertas».

Él se inclinó hacia ella, animado.

«No hablo solo de trabajo».

«Ya sé».

Ella le apretó la mano por encima del cuaderno.

«Empieza por una parte. Después ves hasta dónde llegas».

Durante años, él recordaría aquella frase como un permiso.

Ahora, de nuevo ante la silla vacía del taller, la recordó también como lo que había sido: alguien intentando acompañarlo.

Soltó el respaldo de la silla.

No se sentó.

Buscó unas pinzas y acercó la lámpara al cuello del sintesoide. Faltaba asegurar un conector. Lo sostuvo entre los dedos y tuvo que esperar a que dejaran de temblarle.

Mientras sostenía el conector, recordó otra escena de aquellos primeros años. El proyecto ya empezaba a tomar forma y su hijo todavía era pequeño.

Unas manos mucho más pequeñas habían querido ayudarlo.

Su hijo apenas alcanzaba a ver la superficie de la mesa. Se ponía de puntillas y preguntaba para qué servía cada cosa. Él apartaba las herramientas peligrosas y le daba alguna pieza sin importancia para que la examinara.

«¿Va a caminar?»

«Si lo hago bien».

«¿Y hablar?»

«También».

El niño había observado durante un buen rato una mano todavía incompleta.

«¿Y va a jugar conmigo?»

Él dejó el destornillador.

«Seguro que sí».

El niño salió corriendo a contárselo a su madre.

Al principio, los dibujos del proyecto convivían con dibujos de la escuela en la puerta del refrigerador. Su esposa le preguntaba cómo iban las pruebas. Su hijo inventaba nombres para aquella figura que cambiaba de forma en los cuadernos.

Con el paso del tiempo, aquella curiosidad familiar fue dejando sitio a la espera. Llegaron las primeras comidas recalentadas.

Las salidas a las que él prometía alcanzarles más tarde.

El «ya voy» dicho desde el taller, sin mirar hacia la puerta.

Había aprendido a decirlo con tanta naturalidad que a veces no recordaba haberlo dicho.

El chasquido del conector al encajar lo devolvió al taller, a aquella mañana en que trabajaba solo.

Un pequeño indicador se encendió junto a la mesa. El hombre comprobó la lectura y anotó un valor en el cuaderno.

Al moverlo, dejó al descubierto un sobre viejo.

Guardaba allí comprobantes de piezas difíciles de conseguir. Reconoció uno antes de leerlo. Papel arrugado, una mancha en una esquina, la fecha que ya no necesitaba consultar.

El comprobante lo llevó a un recuerdo posterior: el día en que su hijo cumplió diez años. Para entonces, las ausencias del padre ya se habían vuelto frecuentes.

El material había aparecido justo aquel día.

Llevaba meses buscándolo. El vendedor no podía reservárselo y se marchaba esa misma tarde. Si perdía la oportunidad, quién sabía cuándo tendría otra.

Había pensado que le daría tiempo.

Eso fue lo que se dijo al salir.

Que le daría tiempo.

Cuando abrió la puerta de casa, todavía venía preparando una explicación sobre lo que acababa de conseguir.

«No sabes la suerte que…»

Se detuvo.

Había globos sujetos al respaldo de las sillas. Vasos de plástico apilados en una esquina. Sobre la mesa, un pastel cortado conservaba diez velas apagadas, algunas inclinadas hacia el hueco de las porciones que faltaban.

Su hijo estaba sentado delante.

No lloraba. Tenía una servilleta doblada entre los dedos y la deshacía poco a poco.

Su esposa recogía los platos.

Él miró el pastel, luego al niño.

«Diablos…»

Bajó la bolsa que llevaba en la mano.

«Me olvidé».

Ella siguió recogiendo.

Él se acercó a su hijo y se agachó junto a la silla.

«Perdón. De verdad. Tenía que recoger una cosa y pensé que…»

El niño lo miró.

Él dejó la explicación a medias.

«Lo puedo compensar, te lo prometo. Podemos salir mañana. Ir adonde tú quieras».

Su hijo volvió a mirar la servilleta.

La madre dejó el último plato sobre los demás y se acercó.

«Vamos, mi amor. Es hora de dormir».




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